Contacto

×
  • +54 343 4178845

  • bcuadra@examedia.com.ar

  • Entre Ríos, Argentina

  • El día que la reina Victoria se enamoró de su sirviente 42 años menor y desató una guerra en la Corte

    » TN

    Fecha: 07/01/2026 06:05

    Cuando el planeta entero estuviera juzgando cada uno de tus movimientos, ¿existiría algo más urgente que sentir la mirada amable de un otro? Una atención genuina, como una caricia que abraza, simplemente enamora. Así fue la primera vez que Abdul Karim se encontró con la reina Victoria; no vio a la emperatriz más poderosa del mundo. Vio a una mujer cansada. Y sí, hay conexiones que nos ablandan y abren a ir a fondo en lo que somos. Leé también: Se conocieron en Brasil, estuvieron cinco años distanciados y el mar los volvió a unir El 22 de junio de 1887, Londres celebraba el Jubileo de Oro por los 50 años de reinado de Victoria, y el Imperio británico estaba en su apogeo: dominaba territorios en Asia, África y Oceanía. Ella tenía 68 años, llevaba 26 años viuda del príncipe Alberto muerto en 1861 y gobernaba desde 1837. Hacía décadas que vestía de negro. Victoria estaba rodeada de cortesanos, ministros, hijos y nietos, pero hacía tiempo que nadie la miraba a los ojos sin miedo, sin cálculo, sin reverencia. La observaban, pero nadie realmente la veía. Abdul tenía 24 años, había nacido en Lalitpur, India, entonces parte del Imperio británico. Era musulmán, alto, de rasgos finos, y trabajaba como empleado penitenciario en la prisión de Agra. Había sido elegido casi al azar, junto a otro joven indio, para viajar a Inglaterra y cumplir una función mínima durante las celebraciones: entregar una medalla conmemorativa a la reina y retirarse. Ese mínimo acto, que debió durar apenas unos segundos, cambió la vida de ambos. Victoria quedó intrigada de inmediato. ¿Quién era ese joven que la cautivó? Abdul no bajó la mirada. No se mostró intimidado por el trono, la corona ni el protocolo. Para una mujer que llevaba medio siglo siendo reina desde los 18 años, ese gesto fue una bocanada de aire. Alguien me ve como una mujer más. Días después, contra toda recomendación de la corte, Victoria pidió que Abdul permaneciera en Windsor Castle. Leé también: La amó desde el colegio, creyó que no estaba a su altura y todo cambio por un llamado 28 años después Lo que empezó como una curiosidad se transformó en una cercanía inesperada, un vínculo que nadie pudo controlar. Victoria quiso aprender urdu, el idioma del norte de la India. Abdul se convirtió en su maestro personal. Ella lo llamó Munshi, una palabra que significa maestro o guía. Le escribía cartas casi a diario. Lo invitaba a caminar por los jardines reales. Le pedía que se sentara cerca suyo durante las comidas. Lo llevaba a Osborne House, su residencia privada en la Isla de Wight, donde pasaba largas temporadas lejos de Londres. Para Victoria, Abdul no era un sirviente. Era alguien que la escuchaba sin juzgarla. Alguien que no le hablaba como a una institución, sino como a una mujer envejecida, poderosa y sola. Para Abdul, Victoria era mucho más que una soberana. Era una figura protectora, fascinante, casi maternal. Ella lo ascendió rápidamente: le otorgó el título de Munshi principal, le concedió tierras en la India, una pensión vitalicia y una residencia propia. Ningún indio había alcanzado jamás un nivel semejante de intimidad con la Corona. Y ahí empezó el escándalo. La familia real y los funcionarios del palacio no podían tolerarlo. No era solo una cuestión de protocolo: era racismo colonial explícito. Abdul era indio, musulmán, joven y provenía de un territorio sometido por el Imperio. De repente los celos promovieron una Corte en guerra. Leé también: Se conocieron a los 11, se distanciaron durante décadas y el milagro ocurrió cuando menos lo esperaban Los hijos de Victoria en especial el príncipe de Gales, futuro Eduardo VII lo detestaban. Los ministros intentaron desacreditarlo. Los médicos reales advirtieron que su influencia era inapropiada. Se investigó su pasado, se revisaron sus costumbres, se cuestionó su higiene, su religión, su moral. La incomodidad pronto se convirtió en obsesión. Los funcionarios del palacio comenzaron a espiar cada movimiento de Abdul, a registrar con quién hablaba, qué decía y cuánto tiempo pasaba con la reina. Se quejaban de que Victoria le permitía privilegios impensados: viajar en el mismo carruaje real, sentarse a su mesa, acceder a documentos oficiales y opinar aunque fuera de manera informal sobre asuntos vinculados a la India. En más de una ocasión, la reina ordenó que se modificaran ceremonias para que Abdul pudiera estar presente, algo que rompía siglos de jerarquías rígidas. El rechazo fue tan profundo que se llegó a hablar de una conspiración interna para fulminarlo. Algunos miembros de la corte sugirieron que Abdul manipulaba emocionalmente a la reina; otros, que podía ser un espía. Se difundieron rumores sobre su vida privada y se exageraron supuestas faltas de higiene y costumbres primitivas, reflejo del prejuicio colonial de la época. Nada de eso logró apartarlo. Por el contrario, cuanto más atacaban a Abdul, más firme se volvía Victoria en su defensa, como si en esa batalla también estuviera defendiendo su derecho a elegir compañía en el final de su vida. La reina, lejos de retroceder, se aferró aún más a él. Si él se va, yo me voy, llegó a decir en más de una ocasión. Victoria defendía a Abdul con una firmeza que no mostraba desde la muerte de Alberto. Lo protegía como a un hijo o como a algo más difícil de nombrar. ¿Amor platónico? Nunca se encontraron pruebas concluyentes de una relación sexual entre ellos. Pero lo que sí existió y eso quedó documentado en diarios personales y cartas fue una intimidad emocional profunda, absorbente y excluyente. Una conexión que rompía todas las reglas de la época. Durante 14 años, entre 1887 y 1901, Abdul fue el confidente más cercano de la reina y, también, el hombre que incomodaba al Imperio. Estuvo con ella en sus últimos años, cuando la movilidad se redujo, la salud se deterioró y el peso del poder se volvió insoportable. Como lo hacen los amores verdaderos: en las buenas y en las malas, hasta el final. Leé también: Se conocieron a los 30 años, se enamoraron y estuvieron 8 años sin hablarse hasta que sucedió el milagro Cuando Victoria murió, el vínculo fue borrado con una velocidad brutal. Ocurrió el 22 de enero de 1901, en Osborne House, su residencia en la Isla de Wight, al sur de Inglaterra. Tenía 81 años y llevaba varios meses con la salud muy deteriorada: problemas de movilidad, fatiga extrema y episodios de confusión, algo que hoy se interpreta como pequeños ACV previos. En sus últimas horas estuvo acompañada por algunos de sus hijos y nietos. Abdul no fue autorizado a verla en ese momento final. Su hijo, ya convertido en el rey Eduardo VII, ordenó confiscar y destruir todas las cartas, diarios y fotografías que documentaban la relación entre su madre y Abdul. Parte del material fue quemado en el acto. Otro tanto desapareció. Abdul fue expulsado de Inglaterra y enviado de regreso a la India. Nunca volvió a pisar suelo británico. Estaba prohibido. Abdul vivió el resto de su vida en Agra, aferrado a los recuerdos. Conservó lo poco que logró salvar: objetos, cartas sueltas, memorias. Murió en 1909, ocho años después que Victoria, sabiendo que el Imperio había decidido borrar el lugar que ocupó en la vida de la mujer más poderosa de su tiempo. Para él, simplemente mi amiga. Y en ese gesto mínimo, silencioso estaba contenida toda la transgresión. Victoria, sagaz como pocas, había dejado una pista imposible de ocultar: pidió ser enterrada, en secreto, con objetos personales que nadie debía ver. Entre ellos, un anillo que Abdul le había regalado y una fotografía suya, escondida en su ataúd, lejos de los ojos de la corte. Leé también: Se enamoraron a los 17 y rompieron los mandatos: 61 años después esperan un milagro para volver a verse Ni el Imperio británico pudo con eso. Porque hay amores que no encajan y por eso hacen historia. Victoria y Abdul no vivieron un romance convencional. Tuvieron algo más incómodo y, por eso mismo, más humano: dos personas que se encontraron cuando menos lo esperaban y cuando menos lo permitían las reglas. Un amor que desafió el poder, la edad, la raza, la religión y la lógica imperial, y que intentaron aniquilar. Pero el amor cuando es verdadero siempre encuentra la manera de perdurar. ------------- Escribinos y contanos tu historia: amoresverdaderos@artear.com @cynthia.serebrinsky

    Ver noticia original

    También te puede interesar

  • Examedia © 2024

    Desarrollado por