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» TN
Fecha: 06/01/2026 21:15
Era el tiempo de la pandemia y Fran estaba en su casa con su esposo y sus dos hijos, Juli y Emma, cuando la mujer a la que algunas veces habían ayudado tocó la puerta. Llegó con cinco chicos, uno en brazos. Nos pidió si podíamos cuidar a cuatro de ellos unos días porque la habían desalojado. Esa noche, los nenes se quedaron y nunca más se fueron, cuenta Fran. Leé también: Nata tiene 14 años, grabó un video para pedir que lo adoptaran y se hizo viral: 700 familias se anotaron Pasaron más de cuatro años y de ser una familia de cuatro pasaron, de un momento a otro, a ser una de ocho. Lo que no sabían en ese momento y recién pudieron entender con el tiempo era que esos chicos que habían llegado con lo puesto traían una historia de abandono profundo. La primera semana juntos Se sorprendían con el agua caliente. Se hablaban entre ellos: ¿A vos también te pusieron shampoo? Eran cosas básicas, normales para cualquiera, pero para ellos, no, recuerda Francisca. Esa misma noche, la familia llamó a parientes y amigos. Llegaron colchones, frazadas, ropa prestada. El tener aunque sea un cajoncito con dos prendas era algo enorme para ellos. Tener un espacio, explica la pareja. Cuando ayudar dejó de ser temporal Al presentarse en la Secretaría de Niñez para informar que los chicos estaban viviendo con ellos, se encontraron con denuncias previas, un legajo lleno de negligencias. Nos dijeron que estaban por sacárselos a la madre. Y que, como ella los había dejado voluntariamente en nuestra casa, nosotros calificábamos como personas de confianza, explican. Leé también: Su papá la abandonó un Día del Padre, crió a sus hermanas con solo 7 años: hoy ayuda a otros con su fundación La situación cambió cuando les plantearon que si ellos no aceptaban darles un hogar a todos los hermanos, iban a ser separados. Nos miramos con mi esposo. En ese momento nos costaba comprar zapatillas para nuestros propios hijos. Hacíamos cuentas y no cerraban por ningún lado, recuerda Francisca. Pero también sabían algo: dejarlos a su suerte no era una opción. Los chicos llegaron con un montón de carencias. Eran niños que no sabían leer ni escribir estando ya en grados avanzados. Adolescentes que nunca habían tenido rutinas. Venían de una vida de descuido. Y acostumbrarse al cuidado también es un mundo, explica Fran. El pedido de la hermana adolescente La llegada de la hermana mayor, años después, fue otro desafío. Nos llamaron del juzgado porque había entrado por guardia, con una bolsita de residuos donde llevaba todas sus cosas. Tenía 15 años y había pedido ir a vivir con ellos. Fue la primera que les dijo papá y mamá y también la que tuvo que aprender a dejarse cuidar. La decisión de cambiarles la vida Para Lucas el proceso también fue interno. Al principio pensás: si se mandan una macana, los devuelvo. Pero después entendés que no podés jugar con eso. Es el futuro de un chico, dice. Hoy, los chicos estudian, van a escuelas técnicas, proyectan. Todos tienen algo que antes no tenían: un lugar. El sueño que falta Hoy los chicos viven bajo una guarda. Eso implica una incertidumbre permanente. En cualquier momento alguien puede venir y llevárselos. Ese miedo está, reconocen. Por eso, el gran anhelo es uno solo: consolidar legalmente la familia. Darles la seguridad de que nadie va a volver a arrancarlos de su casa. Que el vínculo que ya existe en los hechos también exista en los papeles. Yo me imagino mi mesa de Navidad en unos años, dice Fran. Verlos a todos, grandes, cada uno con su vida, con su familia. Saber que, a pesar de todo lo que les pasó, pudieron salir adelante. En sus redes sociales @carofra.ph, Francisca comparte el día a día de los chicos. Familia de 9 creyendo que nada es imposible, sostiene. Realización: Leandro Heredia Edición: Facundo Leguizamón
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