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  • Es argentina y filósofa: escribió un libro sobre el ego y asegura que la autoestima no tiene relación con el amor propio

    » La Nacion

    Fecha: 06/01/2026 11:15

    En su último libro Florencia Abadi explora la fascinación por el propio reflejo, el deseo de ser visto y la dificultad para cerrar vínculos más allá de la pantalla - 8 minutos de lectura' Criada en un hogar de psicoanalistas, con una hermana actriz y otra que heredó la carrera de sus padres, Florencia Abadi se construyó como filósofa. Recuerda de su infancia el amor de su madre por la crítica de arte y el de su padre por el cine y el teatro. Además de su insistente idea de tener magia. De chica decía que quería ser escritora y pensaba que haría la carrera de Letras. Pero en cuarto año su mamá le regaló El mundo de Sofía, del noruego Jostein Gaarder y el mundo se dio vuelta. Fue una apuesta ciega escribir ´filosofía´ en el papelito en que elegí la carrera -recuerda-. No sabía muy bien de qué se trataba, pero no tenía dudas. No sabía qué iba a hacer después de recibirme, hasta que me fui enterando de los concursos docentes, de los grupos de investigación y se fue armando la profesión. Pero siempre tuvo cerca la experiencia literaria. De hecho, acaba de lanzar Narciso. El ego en la era de la imagen, de V&R, un ensayo que indaga cómo la cultura contemporánea transformó la mirada narcisista en un modo de vida. ¿Por qué considerás que la interpretación más difundida de Narciso, como símbolo del amor propio excesivo, es equivocada o insuficiente? El narcisismo es para mí la necesidad de ser amado por el otro, con un agregado: el supuesto de que el otro me ama a condición de que yo sea algo, de que yo cumpla cierto ideal. Es decir que el narcisismo es eso en nosotros que necesita ser amado, pero que no confía en que alcance simplemente con ser para eso, cree que hay que trabajar para ser amado. Narciso en el mito se fascina con una imagen que ve en una fuente de agua, al principio no sabe siquiera que es suya, y en algunas versiones se arroja al agua ahogándose, entregándole su vida a esa imagen, o se muere por no poder separarse de ella. El mecanismo narcisista, entonces, no consiste en complacerse con quien uno es, o en ser egoísta, en ponerse por delante. Consiste en sacrificar la vida para sostener una imagen en la que creemos ser amados. En postergar las necesidades del propio cuerpo para eso. Si el egoísta se prioriza, el narcisista se posterga. Si el egoísta enoja al otro, el narcisista lo complace. No es cierto que para el narcisista el otro no existe. Al contrario, el que desaparece, como muestra el mito, es el propio narcisista, sacrificado a lo que cree que anhela el otro, a las exigencias que le supone para su amor. Ahora se usa el término para referirse a alguien psicópata y manipulador, mi lectura es completamente diferente. En esa lectura, ¿qué resonancias ves de esa idea en la vida contemporánea, atravesada por redes sociales e imágenes? Muchas. El mito de Narciso parece demasiado actual en este contexto. Si el narcisismo, tal como lo pienso, consiste en poner la imagen por delante del cuerpo y de la vida, en dar todo a la imagen, porque creemos que somos amados a través de ella, es muy evidente que en las redes sociales hay una tendencia a poner la existencia al servicio de lo que se muestra, y también a esconder la materialidad del cuerpo. Además, la fragilidad psíquica de muchas personas hace un match tremendo con la exposición excesiva que permiten las redes. La exposición no solo delata esa fragilidad sino que la acentúa, la hace entrar de lleno en la lógica de ser para la mirada del otro, que es también ser carne de cañón del otro. Señalás que el amor propio no se trata de autoestima, sino de benevolencia con la propia falla. ¿Cómo se practica eso en la vida cotidiana? Sí, defino así a la ternura. Un sentimiento para con el otro. Creo que quizás amarse es perdonarse, aceptarse en la imperfección que somos. No es tener una opinión muy elevada de uno mismo. ¿Cómo se practica? No lo sé, calculo que se empieza por observar que no es lo que hacemos la mayor parte del tiempo. Tendemos al autorreproche y a sentirnos humillados por no satisfacer ciertos ideales a los que damos excesiva importancia. A pesar de toda nuestra soberbia habitual o de que nos demos, de vez en cuando, alguna fiestita egoica, eso de amor tiene poco. Decís que el deseo es cruel y el amor compasivo. ¿Cómo conviven esas dos fuerzas en los vínculos humanos? Como pueden Porque efectivamente conviven, son dos lógicas que nos atraviesan. El deseo es cruel porque desgarra velos, curiosea, provoca. El amor es compasivo en el sentido de que sostiene los velos, respeta, deja ser. Y también soporta el error, como decíamos antes, soporta el aburrimiento sin apelar a la morbosidad. Lo cruel está vinculado etimológicamente a lo cruento, a lo sangriento, al goce que produce el derramamiento de sangre, literal y simbólicamente. El amor piadoso, en cambio, se priva de ese goce, sostiene la escena cuando el deseo cae, sostiene lo extinto, lo que carece de vitalidad. Un manto de piedad decimos, algo que cubre. El deseo cuando curiosea transforma, mueve, nos expulsa del paraíso sin retorno, no hay vuelta atrás de haberse enterado. El amor preserva el estado de cosas, cuida. Necesitamos habitar ambas lógicas para sobrevivir. En el libro trabajás la tensión entre lo visible y lo velado. ¿Qué te parece que es lo que más velamos? Creo que eso es muy singular. Velamos lo que no soportamos ver o saber. Hay personas que no pueden saber de nada, que no soportan la más mínima franqueza. La verdad es cruda, es cruel (otra vez esa etimología). No hay verdades piadosas. Hay otras personas que quizás soportan un grado de franqueza mayor en algún ámbito o tema, pero en otro si ven la sangre se desmayan. Digo, es muy singular dónde está el límite de cada uno, qué necesita velar cada persona. Nos tapamos los ojos ante distintos tipos de escena. ¿Qué papel cumple la envidia en la economía del deseo según tu análisis? Es el velo que lo protege, que cubre lo que el deseo no debe saber de sí mismo: que su satisfacción es imposible. La envidia nos dice: ese de allá, esa de allá, satisfizo su deseo, encontró su objeto adecuado, es plenamente feliz, absolutamente feliz. Se sufre creyendo que ese otro es feliz, pero no deja de ser una necesidad de quien lo fantasea, porque seamos honestos: nadie es tan plenamente feliz. La envidia es odio, pero odio ilusionado, una idealización que le permite al deseo seguir invistiendo, seguir deseando, circular. La diosa Envidia es bizca para Ovidio, ve mal. No ve lo que ha recibido, por eso la envidia es siempre ingratitud. Es una pasión triste también, se siente como si ya no pudiera tenerse eso que se envidia, como si ya estuviera perdido para uno si el otro lo tiene. La alegría del otro rebota en uno como carencia. ¿Cómo pensás que la cultura actual, tan marcada por la comparación, alimenta la envidia y el narcisismo? Creo que vivimos en el universo de la envidia, y eso implica una tendencia al aislamiento. Si creemos que no recibimos, entonces nos pensamos fuera de la cadena de transmisión, nos pensamos aislados. Estamos en una cultura de pantallas, de imágenes, proyectiva. Esos ojos que envidian son ojos que proyectan afuera la ansiedad, la angustia, la paranoia. La confianza es ciega. Confiamos, besamos, rezamos y descansamos a ojos cerrados. Creo que ese es el sentido profundo de la frase de El principito que dice que lo esencial es invisible a los ojos. Sin confianza no hay lazo, y el vínculo es lo esencial. Como dice una hermosa canción, Palabras para Julia, un hombre solo, una mujer, así tomados de uno en uno, son como polvo, no son nada. En tu libro hablás de curiosidad, odio, compasión, ternura. ¿Creés que estamos culturalmente más preparados para unas pasiones que para otras? Estamos en una época cruel, de mucho espiar y exhibir y morbosear y profanar la intimidad. De mucho odio también. Pero no quiere decir que estemos preparados. Creo que el ser humano se define tanto por la crueldad como por la compasión, somos compasivos incluso en nuestra hipocresía, en nuestra necesidad de sostener la escena, de no provocar, sin lo cual no podríamos convivir. Pero ahora estamos viendo cierta jactancia de la crueldad, quizás porque hay mucha sensación de soledad. El marqués de Sade, el maestro de la crueldad, creía que estamos solos. Sin esa idea, que es simplemente mentira, no se justifica dejar afuera de nuestras vidas la compasión. Si tuvieras que aconsejar algunas alertas para mejorar el bienestar emocional, ¿en qué hitos harías hincapié? Conceder mérito al otro ayuda a bajar la envidia. Aceptar que no se puede desear sin odiar ayuda quizás a estar menos en pelea con el conflicto. El deseo es conflicto, no anhelamos lo que queremos, lo que nos conviene o lo que nos hace bien. Esa pugna despierta un odio, porque da bronca que el deseo se nos imponga así, que no sea libre ni propio, que sea incluso lo más impropio. Así las cosas, si tuviera que darme un consejo a mí misma, me diría que me relaje.

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