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Parana » Uno
Fecha: 06/01/2026 08:11
La situación política y social de Venezuela volvió a ocupar el centro de la escena internacional tras la detención el sábado de Nicolás Maduro y su esposa, Cilia Flores, en una operación militar en Caracas impulsada por Estados Unidos que no tiene precedentes en América Latina en las últimas décadas. Más allá de que este hecho signifique el inicio de un cambio para el país caribeño, gran parte de los venezolanos viven con incertidumbre, esperanza contenida y temor en este momento. Entre los venezolanos que viven en Paraná reina la cautela y la esperanza Venezolanos que se exiliaron en la última década y eligieron la región para construir un futuro observan con prudencia lo que ocurre en su país Estamos preocupados porque quedó Delcy Rodríguez y Diosdado Cabello al mando. Ojalá se vayan pronto, porque la gente de mi país está sufriendo mucho, confió a UNO Sofía, caraqueña que se exilió hace varios años y hoy vive en Miami. Al igual que Sofía, hay casi 8 millones de venezolanos que se fueron de su país en la última década y hoy observan con cautela qué es lo que está aconteciendo. Muchos de ellos residen hoy en Paraná y tienen familiares en sus lugares de origen, a los que no pudieron volver a abrazar tras cruzar la frontera. Es algo con lo que sueñan mientras construyen su presente en la Argentina, pero sin despegar el corazón de su tierra natal. Venezolanos en Paraná En Paraná viven varios venezolanos que emigraron empujados por la crisis económica, la inseguridad y la falta de libertades. Muchos llegaron entre 2017 y 2018, en plena profundización del régimen de Nicolás Maduro. Desde aquí, siguen cada noticia con prudencia, conscientes de que los cambios anunciados no siempre se traducen en transformaciones reales. Isnelvia Caraballo es una de ellas. Llegó a la capital entrerriana en marzo de 2018. Es abogada, oriunda de Puerto Ordaz, en el estado Bolívar, al sur del país, a unos 800 kilómetros de Caracas. En Venezuela dejó a su padre, de 85 años, y a parte de su familia. Desde que se conoció la noticia, mucha gente me escribió felicitándome, como si hubiera algo para festejar, pero la verdad es que no siento alegría. Son sentimientos encontrados. Siento que todavía no se logró nada, expresó con cautela. Isnelvia explicó que si bien los episodios más visibles de tensión se concentraron en la capital venezolana, el impacto del régimen atraviesa a todo el país. En la zona donde está mi familia no hubo disturbios, está tranquilo, pero eso no significa que estén bien. La situación general sigue siendo muy difícil, aclaró. La distancia no atenúa la preocupación. Uno está acá, pero con el corazón allá. Siempre pendiente de una llamada, de un mensaje, contó a UNO, y mencionó que la imposibilidad de regresar es una herida abierta: Sueño con volver a abrazar a mi papá. Desde que me vine no pude verlo, lamentó. En este marco, señaló que migrar implicó empezar de cero, incluso dejando atrás una profesión construida con años de estudio. La decisión de irme no fue fácil. Dejás tu familia, tu vida. No sé si la volvería a tomar, pero en ese momento sentí que no había otra opción, reflexionó, y contó que en Venezuela ejercía como abogada, trabajaba en una empresa y tenía su carrera encaminada, pero en la Argentina no pudo revalidar el título. Son sistemas jurídicos completamente distintos. Acá no pude ejercer, así que hoy trabajo por mi cuenta como comerciante, relató. Exiliarse para forjar un mejor porvenir Una historia similar atraviesa Abel Cabrera, también venezolano, quien llegó a Paraná hace ocho años junto a su esposa Francis Colmenarez. Ambos son oriundos de Ciudad Guayana, estado Bolívar, y construyeron una nueva vida en la ciudad, donde nacieron sus dos hijos. Pero los padres de Abel, ambos de 74 años, siguen en Venezuela. Desde que llegamos no hemos podido volver. Mis padres siguen allá, contó a UNO. Desde su fe cristiana, Abel analiza el presente con prudencia: No creemos que con la detención de una persona se termine el régimen. El sistema sigue. Por eso no hay festejos, hay expectativa, señaló. También sostuvo que la comunicación es limitada y atravesada por el miedo. En Venezuela no se puede hablar de política. Si hablas en contra del gobierno, te buscan, saben dónde vivís, rastrean los teléfonos. No es una democracia, es una dictadura, afirmó. Abel aseguró que la persecución política es una de las razones principales del éxodo. Manifestarse era prácticamente una sentencia. O ibas preso o morías. Hubo muchísimos jóvenes asesinados en las protestas, recordó. Aunque su lugar de origen queda lejos de Caracas, señaló que la situación repercute en todo el país. Cuando hay vacío de poder, la delincuencia se desata más. Todo es permisivo. El miedo está instalado, describió. El joven recordó qué los impulsó a tomar la decisión de dejar Venezuela en 2017: Veíamos que en nuestro país estaba todo bastante complicado. No había comida, la gente salía a manifestarse y los atacaban con las tanquetas los militares. Hubo represalias totalmente nefastas, horribles, hubo muchísimos jóvenes que murieron. Quien estaba en contra del gobierno, o iba preso o moría. Él mismo es hijo de exiliados: sus padres son chilenos y llegaron a Venezuela huyendo de la dictadura de Augusto Pinochet. Ellos vivieron 44 años en Venezuela. Hoy me toca a mí vivir algo parecido, afirmó. Abrazar el futuro en Paraná En Paraná, Abel y Francis tienen un pequeño emprendimiento de comida venezolana. Vendiendo arepas y empanadas lograron sostenerse y arraigarse. Argentina nos recibió muy bien. Fue un país solidario con los venezolanos, y eso lo valoramos muchísimo, destacó, y confió que si bien cuando emigraron lo hicieron considerando volver cuando las cosas cambiaran en su país, con el paso del tiempo los planes se modificaron: Antes soñábamos con volver a vivir en Venezuela. Hoy, si volvemos, sería como visita. Nuestra vida está acá. Nuestros hijos nacieron acá, reconoció. No obstante, el deseo más profundo sigue intacto: Queremos que nuestros padres puedan conocer a sus nietos. Esa es nuestra mayor esperanza, dijo visiblemente emocionado. Mientras tanto, la comunidad venezolana en Paraná observa con atención cada novedad que llega desde su país. Sin celebraciones anticipadas, con cautela y memoria, siguen esperando que algún día la distancia deje de doler y que Venezuela pueda ofrecer, finalmente, un futuro distinto tanto para quienes se quedaron como para aquellos que se fueron.
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