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» La Nacion
Fecha: 06/01/2026 03:15
Los médicos la ayudaron para que corriera, le recomendaron una dieta especial y la controlaron todo el tiempo ya que su patología es incurable - 7 minutos de lectura' El silencio que se hizo aquella tarde en Banfield todavía parece flotar en el aire. Manuela Frick había cruzado la meta de una carrera de 10 kilómetros y, como parte del protocolo, le acercaron un micrófono para que dijera unas palabras. Nadie esperaba que aquella mujer flaquita, con un gesto dulce y cansado, terminara entregando un testimonio que dejaría a todos con un nudo en la garganta. Tengo algo lindo para contarles, quiero transmitirles un mensaje de lucha, comenzó diciendo, casi sin respirar. De inmediato, su voz cobró una fuerza que sorprendió a todos. Correr es una pasión. Actualmente tengo un problema renal crónico, tengo un solo riñón, pero busco los medios para seguir haciéndolo. Soy ultramaratonista y, a pesar de mi problema, en el 2017 logré hacer el Cruce. A los sueños hay que seguirlos. Por unos segundos nadie se movió. Solo ella, con esa mezcla de ternura y poder, siguió abriendo su historia: Soy una corredora que no puede tomar ninguna medicación tengo que manejar todo con la cabeza y el corazón. Bancar los dolores, saber que esto es lo mejor que me pasó en la vida. Y cerró con un mensaje que le salía como una súplica luminosa: Corran, hagan deporte, disfrútenlo. Si encontraron una pasión, sigan adelante pese a todo lo que les pueda suceder. Es salud, es vida, es diversión, es abrir caminos. Cuando mi médico me pregunta por qué sigo, le digo que cuando estoy en la montaña no siento nada soy el agua, soy el aire, soy el sol, soy el viento. El golpe que lo cambió todo A los 22 años, Manuela era una apasionada del taekwon-do. Tenía metas claras: competir, subir de nivel, dedicarse de lleno a ese arte que la obsesionaba. Pero durante un entrenamiento, un compañero lanzó una patada que la impulsó hacia un vidrio. Pensó que era solo un golpe, nada que no pudiera soportar. En su casa decidió callar, pero durante la madrugada el dolor se volvió insoportable. Los estudios confirmaron algo impensado: una obstrucción renal y casi dos litros de infección acumulada en su riñón derecho. Estuvo al filo de una septicemia. Tuvieron que extirparle el riñón, y luego supo algo aún más impactante: tenía una malformación y ese órgano llevaba años sin funcionar. Le costó dejar el taekwon-do. Era su pasión, su lenguaje. Sin embargo, encontró otros caminos: yoga, ciclismo, pequeñas actividades que le devolvían el equilibrio físico y emocional. Yo soy luz, yo soy energía, yo tengo que llegar A los 42 años, una neumonía que afectó su pulmón izquierdo la obligó a repensar lo que hacía con su cuerpo. Sintió que si no hacía un cambio, la vida se le iba a escurrir entre los dedos. Empezó probando 20 minutos en la cinta del gimnasio. No sabía si podría sostenerlo, pero algo dentro de ella se despertó con ese trote inicial. Su primera carrera fue la de 7K de Unicef. Nunca la olvidará. Cuando entré al kilómetro 6, se me llenaron los ojos de lágrimas, me empecé a ahogar, miré al cielo y al sol y dije yo soy luz, yo soy energía, yo tengo que llegar, yo puedo. Y llegué. Ese día cambió para siempre su manera de verse a sí misma. Llegaron los 10K. Luego los 15. Después, su primer 21K. Y en 2010, finalmente, la maratón. El esfuerzo iba a ser muchísimo mayor: 42K, 195 metros, un entrenamiento duro, una disciplina muy exigente. Pero cuando crucé esa meta me di cuenta de que todo lo podía. Los médicos, cuenta, la ayudaron para que corriera, le recomendaron una dieta especial y la controlaron todo el tiempo ya que su enfermedad es incurable. El día que la vida volvió a frenarla En octubre de 2016, otra alerta. Había hecho podio en una carrera en Buenos Aires cuando empezó a sentir un hormigueo extraño. Le temblaba el cuerpo, le faltaba el aire. Una médica que había participado del evento la revisó en ese mismo momento. Le aseguró que el problema era el riñón. En la clínica le confirmaron lo peor: una infección severa. Y una frase que cayó como una sentencia: debía comenzar diálisis. Manuela no lo podía creer. No lo podía aceptar. Y respondió desde un lugar visceral, casi desesperado: Doctor: yo no voy a diálisis, yo tengo una carrera en marzo del 2017, tengo que hacer el Cruce. El médico la escuchó en silencio. Después le dijo algo que jamás olvidaría: Yo no puedo luchar contra tus sentimientos, contra tu pasión la verdad que sos única. Pero tengo la obligación de advertirte que te arriesgás a terminar con un trasplante. Yo quiero que tengas un riñón para 50 años más, no para seis meses. Pero ella sentía que su cuerpo quería seguir. Que debía seguir. Lo habló con su nutricionista y su nefrólogo. No era compatible correr con su enfermedad. Su cuerpo perdía proteínas con el esfuerzo, el músculo se debilitaba. Pero ella no quería resignarse. Ajustó su alimentación, aumentó los hidratos, se sometió a controles constantes. Eligió intentar. El Cruce: la meta que no quiso soltar El Cruce de los Andes es, para un corredor, casi una peregrinación sagrada. Más de 100 kilómetros en tres días, uniendo Argentina y Chile entre montañas, vientos helados y un paisaje que te empuja a enfrentarte con vos misma. Manuela decidió hacerlo con una amiga a la que quiere como a una hija. Nos acompañamos, nos contuvimos, nos asistimos y logramos hacer los 100K, recuerda con lágrimas. Cuando cruzó la meta, se acercó al animador, que conocía su historia, y le dijo: Este logro son todos los no que fui sumando. Y se puede. Los sueños no hay que abandonarlos. Podés tener mil palos en la vida, pero si tenés ese sueño, no existe ese no. Sin embargo, hubo un momento en que para Manuela correr se transformó en un riesgo porque estaba esforzando mucho su único riñón y lo terminaba destruyendo. Sin embargo, por su mente no se cruzaba la idea de abandonar el deporte. Nada más lejos que eso. Entonces, volvió a practicar natación, una disciplina que no le genera mucho impacto y, además, el entrenamiento es más corto. Después conocí a Toto, mi profe de natación, que me tuvo toda la paciencia del mundo y me preparó. Él sabe de mi salud, y fue llevándome paso a paso. Cuando hice la última prueba para ir a nadar a aguas abiertas, me dijo: ´No importa nada de lo que pase afuera, entrás al agua y pensás en el aquí y el ahora, nada más. Logro que me sintiera agua. Me acompaño en la primera prueba y cuando entré en pánico me dijo, en el medio del agua: ´Pensá en todo lo que pasaste, todo lo que superaste, todo lo que lloraste y ahora estás acá, vos podés´. Finalmente, llegamos y me lloré la vida. ¿Cuál es tu sueño? Superarme cada día, aceptar lo que puedo y no puedo hacer. Y cuando extraño correr, recordar siempre que a pesar de mi enfermedad renal logré cosas impresionantes como hacer duatlones, correr en montaña, ser ultramaratonista, y eso hace que esté agradecida.
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