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    Concordia » Lanotadigital

    Fecha: 04/01/2026 12:33

    Relato de Julián Noriega. «El Generoso ayudaba a todos y todas sin recibir nada a cambio Era el cacique más bueno.» (D. M. Faure, del libro Relatos Salvajes) Llegamos arrasados por el calor, en un colectivo de caminos polvorientos. El viaje había sido largo y torpe, como si el tiempo se hubiese espeso en cada curva. Éramos polvo también: piel suspendida en el aire, cansancio que se posa sobre las hojas, miradas secas, palabras aún sin forma. El bosque nos recibió sin ruido; sólo la respiración del viento entre ramas, un murmullo antiguo, como si un animal de siglos hubiera despertado para mirarnos sin juicio. La casa del viejo estaba escondida tras un sendero casi invisible, trazado más por el paso paciente que por la voluntad. Antes de llegar, un espejo de agua detenía el tiempo. No reflejaba el cielo: lo sostenía. Lo tocamos con las manos y nos refrescó hasta la memoria, hasta los nombres olvidados. El agua llevaba semillas mínimas: sueños o futuros, pequeñas promesas girando en silencio. El viejo del bosque alojaba con una sola condición: estrechar francamente la palabra. Nada de frases vacías ni sombras de voz. Hablar era como sembrar: cada palabra hundía raíces en el silencio común, y exigía cuidado. Hablaba profusamente, con la densidad de los moralistas antiguos, pero sin doctrina. No enseñaba; moraba en la palabra. Decía que para vivir hay que habitar, y para habitar, primero, hay que nombrar. Nombrar el aire, para que el aire nos reconozca. Nombrar el agua, para que el agua nos recuerde. Nombrar el miedo, para que no gobierne desde la sombra. Esa noche el cielo fue un libro abierto. Las estrellas ardían despacio, como brasas en el fondo de un pozo. Conversamos hasta que el lenguaje se volvió respiración compartida. Su voz tenía ramas, tenía corteza, tenía brotes. De vez en cuando callaba, y escuchaba crecer a los árboles, como quien oye pensar al mundo. Al despedirnos, vimos su silueta apartarse, caminar a paso lento hacia un horizonte infinito. Las luciérnagas lo seguían como pensamientos encendidos. Parecía que el bosque entero lo acompañaba, y que cada uno de sus pasos plantaba la noche estrellada en la tierra. El viejo desapareció entre los troncos. Quedó el aire, quedó el agua. Y una frase suspendida por siempre en nosotros: la palabra es íntima morada. J. Noriega

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