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  • Donald Trump en Venezuela: una diplomacia del garrote que desorienta al mundo entero

    » TN

    Fecha: 04/01/2026 06:08

    Secuestrar presidentes de otro país no se ajusta precisamente a las reglas del derecho internacional. ¿Por más dictador, narcotraficante, corrupto, violador de los derechos humanos y promotor del terrorismo que él sea? Bueno, ahí empiezan las discusiones y dudas: ¿cuáles son los límites de la soberanía de los estados? ¿hay reglas válidas y vigentes para todos en estos casos, o depende de cuánto le convenga al policía global tu supervivencia o tu condena? Claramente, Estados Unidos nunca fue un juez muy imparcial en estos conflictos entre los principios universales y la soberanía de los estados. Toleró y hasta prohijó a los que llamaba nuestros hijos de p... en todo el mundo, mientras perseguía a los de sus enemigos, levantando la bandera de los derechos humanos y el derecho internacional. Pero desde que está Donald Trump en el poder rompió marcas al respecto, porque a la actual administración norteamericana ya ni siquiera le interesa simular que aplica criterios imparciales: al príncipe saudí que mandó a asesinar a un periodista en una embajada, el republicano lo disculpó abiertamente, y casi lo felicitó por haberse sacado de encima a un personaje según él desagradable; para Benjamín Netanyahu pidió impunidad en casos de corrupción escandalosos, y al expresidente hondureño Juan Orlando Hernández, condenado por tribunales estadounidenses a más de 40 años de cárcel por delitos de narcotráfico y homicidio, entre otros, acaba de indultarlo. Así que no hay motivo para creerle que le interesa la democracia, ni los derechos humanos, ni en Venezuela, ni en ningún otro lado, incluido su propio país. Dicho esto, en este caso en particular no cabe duda de que su estrategia agresiva logró destrabar una situación que hasta hace poco no tenía salida: el chavismo viene radicalizándose en todos los terrenos, incluso en su involucramiento en el negocio del narcotráfico, sin que ninguno de los intentos de frenarlo funcionaran. Incluso, sacó buen provecho de todos esos intentos, el de los socialistas españoles y el PT brasileño, el del papa Francisco, el de las administraciones demócratas, para ganar tiempo y simular moderación, mientras apretaba las clavijas contra los disidentes y su sistema electoral. Así que estaba claro que más de lo mismo no iba a servir para nada, de modo que Trump optó por una estrategia de asedio militar, dirigida a forzar la salida del gobierno fraudulento de Nicolás Maduro, y una posterior vuelta a la democracia, a la que el venezolano intentó responder recurriendo a Rusia y China, que enviaron sus petroleros para romper el cerco. La respuesta de Washington la conocimos el sábado: no se aceptaría recrear una escena ni por asomo semejante a la crisis de los misiles en Cuba, la intervención de cualquier otra potencia era inaceptable, porque se trataba simplemente de encontrar a las cabezas del régimen caribeño que estuvieran dispuestas a colaborar con una salida. Cómo hacerlo sería solo un detalle. ¿Puede una operación tan abiertamente reñida con el derecho internacional ayudar al regreso de la democracia en Venezuela? Los optimistas evocan el caso de Manuel Noriega en Panamá, víctima también de una intervención punitiva, que pese a haber sido abiertamente violatoria de todas las reglas habidas y por haber, permitió una transición a la democracia que los panameños hoy celebran. Pero Noriega no tenía tanto apoyo militar como el régimen chavista y restablecer el orden después de la operación militar fue relativamente sencillo. Nada de eso puede darse por descontado en el caso venezolano. Los pesimistas entonces recuerdan los casos de Irak y Afganistán, donde también las fuerzas norteamericanas tuvieron la excusa de tiranos crueles y narcoterroristas, pero igual dejaron un tendal de muertos, y años de guerra civil tras su paso, de los que aun esos países no se recuperan. Si bien hay una diferencia importante entre estos casos y el venezolano: en aquellos nunca antes había habido democracia, no había fuerzas civiles organizadas y decididas para reemplazar a los regímenes caídos, y la intervención militar norteamericana fue, encima, tan brutal que empeoró esas carencias. Así que hay que ver qué sucede en este caso y no apresurarse a emitir pronósticos ni juicios terminantes, y estar muy atentos a las oportunidades que se abren ahora para una negociación que, con Maduro en el medio, era imposible que prosperara. Pero también habrá que ver si la diplomacia norteamericana, y la del resto de los países de la región, logran hacerla avanzar. Trump está decidido a ser el gran protagonista de esa salida: de allí que haya celebrado a Delcy Rodríguez y tomado distancia de María Corina Machado en la conferencia de prensa posterior a la acción militar; igual que hace con Vladímir Putin y Volodímir Zelenski, no quiere aparecer como un actor condicionado. Leé también: Trump busca imponer un gobierno tutelado por Washington y minimiza la figura de María Corina Machado Lo que ya, desde el vamos, puede darse por descontado es que en las lamentaciones contra esta operación militar-diplomática se mezclarán muchas cosas, y unas cuantas tendrán poco o nada que ver con recuperar un mínimo respeto por el derecho internacional, y mucho, en cambio, con defender lo indefendible, levantar la bandera de la soberanía, igual que hacían las dictaduras militares de los años 70, para justificar la prepotencia de los tiranos con los que abierta o disimuladamente se comulga. Entre estas lágrimas de cocodrilo de ocasión destacaron, claro, las provenientes de Pekín, Moscú y de sus aliados locales: estos se indignaron, como hizo abiertamente Axel Kicillof, por la violación al sacrosanto principio de soberanía, como jamás han hecho cuando fueron atacados estados democráticos, pacíficos y respetuosos del orden internacional, Ucrania y Taiwán por caso. Se ve que en el mundo multipolar que promueven hay algunos polos que les gustan más que otros, aunque decirlo abiertamente todavía les da un poquito de vergüenza.

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