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  • Tres sacerdotes en busca de señales, magos que no hacen magia y la leyenda de una fiesta que une a pueblos y generaciones

    Buenos Aires » Infobae

    Fecha: 05/01/2026 02:47

    Cuando la madrugada asoma como si desplegara un velo antiguo sobre el aire, la cultura iberoamericana despierta cada 6 de enero con un resplandor que parece venido de un relato antiguo. Es la fiesta de la Epifanía, esa palabra grave y luminosa que en la Iglesia Católica significa manifestación, y que para millones de familias en el mundo hispano designa la llegada de los llamados Reyes Magos, es decir que coloquialmente es día de Reyes. Pero antes de que la tradición los coronara, antes de que sus nombres fueran Melchor, Gaspar y Baltasar y antes de que la iconografía los volviera monarcas exóticos sobre camellos pacientes, el Evangelio de Mateo los llamó simplemente magos. Dice el texto: Unos magos que venían de oriente llegaron a Jerusalén diciendo: ¿Dónde está el rey de los judíos que ha nacido? Porque vimos su estrella en el Oriente y hemos venido a adorarlo (Mt 2,1-2). Esa palabra, magos, se convirtió desde entonces en un misterio que atravesó los siglos, como si siempre invitara a ser descifrado. A lo largo del tiempo, el número de los Reyes Magos varió según culturas y tradiciones: en los primeros siglos se mencionaban dos, cuatro, seis e incluso doce magos, porque Mateo no indica cuántos eran. Recién hacia el siglo VIII se fijó el número en tres, asociado a los tres dones. Sus nombres Melchor, Gaspar y Baltasar aparecen en manuscritos medievales: Melchor significa rey de la luz; Gaspar, el que porta un tesoro o tesorero; y Baltasar, Dios protege al rey. Con el tiempo, estos tres personajes se volvieron universales en el imaginario cristiano. La Epifanía comenzó a celebrarse muy pronto en la historia cristiana. Ya en el siglo III, las comunidades de Oriente dedicaban el 6 de enero al bautismo de Jesús en el Jordán y a su manifestación divina. En Occidente, sin embargo, la fecha adquirió otro énfasis: la visita de los magos, extranjeros venidos de tierras lejanas que reconocieron en un niño pobre la presencia de algo que superaba todo lo esperado. En esa diferencia entre Oriente y Occidente se esconde también una declaración: por un lado, la revelación a Israel; por otro, la revelación al mundo pagano. La Epifanía es, finalmente, la fiesta donde Cristo se muestra más allá de los límites del pueblo judío, donde se presenta a todos, incluso a quienes nada sabían de Él. ¿Quiénes eran estos magos? El término griego mágoi se utilizaba en la literatura de la época para referirse a sabios provenientes de Media y Persia, vinculados a la tradición zoroastriana. Eran sacerdotes, intérpretes de sueños, astrólogos, hombres dedicados a leer el cielo como si fuera un libro escrito con signos que debían descifrarse. No eran magos en el sentido moderno no hacían trucos sacando conejos de galeras ni encantamientos sino buscadores de señales. En el libro de Daniel aparecen mencionados como parte de la corte babilónica, capaces de interpretar visiones y fenómenos celestes. Es posible, entonces, que los magos del Evangelio vinieran de regiones que hoy corresponden a Irán o Irak, donde la observación astronómica era un arte sagrado. La tradición, siglos más tarde, decidió convertirlos en reyes. No hay un solo texto bíblico que lo afirme, pero la imaginación de las comunidades cristianas terminó otorgándoles coronas, tronos y nombres propios. Tertuliano, en el siglo III, ya sugería que los magos eran cercanos a la nobleza; y en la Edad Media, los manuscritos fijaron definitivamente la imagen de tres reyes diferentes, cada uno representando una edad y, con el tiempo, cada región del mundo conocido hasta entonces. Convertir a estos magos en reyes era una forma de narrar que incluso los poderosos reconocen la soberanía de Jesús. En un tiempo donde los reinos eran la estructura fundamental de la política, imaginar monarcas postrándose ante un niño en un pesebre tenía un valor simbólico profundo. Pero antes de las coronas estuvieron los dones. Mateo cuenta: Abrieron sus cofres y le ofrecieron regalos: oro, incienso y mirra (Mt 2,11). Estos tres presentes fueron interpretados, desde temprano, como símbolos de su identidad. El oro, tributo de realeza. El incienso, utilizado en el culto divino, signo de su naturaleza divina. La mirra, perfume asociado con los rituales funerarios, anticipación de su humanidad mortal. Tres regalos que son, en realidad, tres confesiones de fe. Un niño rey, un niño Dios, un niño destinado al sufrimiento. La escena tiene un efecto dramático particular. Los magos vienen de lejos, de tierras que no conocen la Ley ni los profetas. Sin embargo, reconocen la señal. En cambio, Herodes, que vive a pocos kilómetros de Belén, no la ve; y los doctores de la Ley, que conocen la profecía de Miqueas Y tú, Belén, tierra de Judá (Mt 2,6) tampoco hacen el viaje. Es una de las paradojas más sugerentes del Evangelio: los sabios de Oriente, representando a los pueblos extranjeros, se ponen en camino; los cercanos permanecen inmóviles. La revelación, parece decir Mateo, no responde siempre al dominio intelectual. A veces se manifiesta a quienes tienen la valentía de buscar. La estrella es otro de los elementos cargados de misterio. A lo largo de la historia se la interpretó como conjunción de planetas, cometa, supernova o fenómeno sobrenatural. Pero más allá de las explicaciones científicas, para la teología cristiana la estrella simboliza una guía que se dirige a quienes están atentos al cielo. No ilumina a quienes no la miran. Los magos, acostumbrados a leer constelaciones, supieron reconocer en la aparición de esa luz un anuncio extraordinario. El mundo, en cambio, siguió su curso sin advertir nada. La Epifanía no es solamente manifestación, sino también capacidad de ver. Con el paso de los siglos, esta fecha dio lugar a una constelación de tradiciones populares que enriquecieron la vida cultural de distintos pueblos. En España, la víspera del 6 de enero se celebra con la Cabalgata de Reyes, un desfile que envuelve las calles en música y luces. Los Reyes recorren la ciudad arrojan caramelos, acompañados por carrozas que parecen salidas de un sueño infantil. En la mayoría de los hogares españoles, los regalos principales no se reciben en Navidad, sino en Reyes. Los niños dejan sus zapatos junto a un poco de agua y comida para los camellos; por la mañana, encuentran regalos que los magos dejaron en su paso silencioso. En América Latina, la celebración adoptó modalidades propias. En Puerto Rico, es tradicional recolectar hierba fresca para los camellos. En México, la Rosca de Reyes una corona dulce decorada con frutas confitadas guarda en su interior una figura del niño Jesús. Quien la encuentra se compromete a celebrar el Día de la Candelaria en febrero. En Argentina, es habitual dejar pasto y agua para los camellos, y la mañana del 6 de enero tenía un encanto íntimo, más antiguo que el de Papá Noel, como si la tradición viniera de un tiempo cuando la fe era más narrativa que comercial y además era feriado, pero por sentido comercial-mercantilista que sostiene que cualquier tiempo que no sea redituable monetariamente es pérdida de tiempo fue borrado del calendario. En todos estos países, la Epifanía conserva una mezcla de inocencia y antigüedad que se resiste al paso del tiempo. Es un festejo donde lo religioso y lo popular conviven sin tensiones. No es una fiesta solemne, sino una manifestación que se filtra en la vida cotidiana. Su magia no proviene únicamente del relato bíblico, sino de la manera en que la comunidad lo reinterpreta año tras año, dejando que los niños ocupen el centro de la escena. Para la Iglesia Católica, sin embargo, la Epifanía tiene un sentido más amplio. No se reduce a los magos y a sus regalos. La liturgia recuerda tres acontecimientos que expresan quién es Jesús: la adoración de los magos, su bautismo en el Jordán cuando se escucha la voz del Padre: Este es mi Hijo amado (Mt 3,17) y el milagro de las bodas de Caná, cuando convierte el agua en vino (Jn 2,11). Cada una de esas escenas es una manifestación. Jesús se revela a los paganos, al pueblo de Israel y a sus discípulos. El término griego epifáneia, que en el mundo helenístico se usaba para la visita de un dios o un soberano, adquiere aquí un sentido nuevo: Dios se hace visible en la historia humana. En varias Iglesias de Oriente, la Navidad misma se celebra el 6 ó 7 de enero, no porque confundan la fecha con la Epifanía, sino porque aún siguen el calendario juliano, trece días retrasado respecto del gregoriano. En Etiopía y Egipto, la fiesta del bautismo de Jesús llamada Timkat en la tradición etíope es mucho más importante, y las ceremonias giran en torno al agua bendecida. En Grecia, la Epifanía se centra en la bendición de los mares y ríos, con jóvenes que se lanzan al agua para recuperar una cruz lanzada por el sacerdote. Al repasar la historia de los magos, es difícil no detenerse en la imagen del viaje. El viaje es la metáfora espiritual por excelencia. Los magos se ponen en camino sin garantías, guiados por una luz que no conocen del todo. Llegan al palacio de Herodes, representante del poder que se inquieta ante cualquier signo de novedad. Allí descubren que la estrella no señala a los poderosos, sino a una aldea perdida. Y cuando al fin encuentran al niño, se postran. Caen de rodillas. La palabra que utiliza Mateo describe un gesto reservado a Dios. Esa adoración silenciosa, sin palabras registradas, es uno de los momentos más delicados del Evangelio. Luego vuelven por otro camino (Mt 2,12). La frase, que podría pasar inadvertida, contiene una de las claves espirituales más profundas del relato. Quien se encuentra con lo sagrado parece decir Mateo ya no puede regresar al punto de partida tal como era. El camino cambia porque cambió el caminante. La Epifanía no es únicamente una manifestación de lo divino: es una transformación del que mira. A la punta tal fue otro camino que, según la tradición, los restos mortales de los Magos de oriente, estuvieron sepultados en Constantinopla y luego fueron trasladados por el obispo san Eustoquio a Milán y el emperador Barbarroja los llevo luego a Colonia, Alemania y hoy reposan en la gran catedral de Colonia. Es decir, siguieron peregrinando aún después de fallecidos. Quizás por eso esta fiesta tiene un efecto tan fuerte en la imaginación infantil. Es una noche que conserva algo de la pureza de los relatos antiguos, donde los astros guían a los viajeros, donde los sueños importan, donde lo invisible se vuelve cercano. Los niños que esperan a los Reyes Magos repiten, sin saberlo, el gesto de aquellos sabios orientales: aguardan con esperanza una revelación. Y el amanecer del 6 de enero, con sus regalos modestos o abundantes, es una forma de decirles que la espera tiene sentido. En un mundo acelerado, donde las certezas se fracturan y las distancias culturales parecen multiplicarse, la historia de los magos permanece como un símbolo de apertura. Promueve el recuerdo de que la verdad puede encontrarse en lugares inesperados, que las fronteras culturales no determinan la capacidad de ver, que la fe en cualquiera de sus manifestaciones comienza con un gesto de búsqueda. Ilustra, a su vez, que la humildad de un pesebre puede desafiar la soberbia de los palacios, y que la luz no necesita estruendo para iluminar. La Epifanía, en definitiva, celebra una revelación que continúa actuando en la memoria colectiva. Invita a mirar hacia el cielo con la misma disposición que aquellos magos, a reconocer la luz que nos guía incluso cuando parece pequeña, a iniciar el viaje, aunque no sepamos todavía a dónde nos llevará. Y enseña que todos, de una manera u otra, seguimos buscando estrellas.

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