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» Clarin
Fecha: 03/01/2026 12:14
El ataque de Estados Unidos sobre Venezuela presentado por Donald Trump como una operación de alta precisión marca un salto cualitativo: no sólo por el objetivo táctico, sino por el mensaje estratégico. En un hemisferio acostumbrado a sanciones, comunicados y presión diplomática, Washington volvió a hablar el lenguaje de la acción directa. Y cuando eso ocurre, lo que sigue rara vez queda confinado al punto de impacto. La precisión no es un detalle técnico: es una decisión política. Minimizar daños colaterales y concentrar el golpe sea contra una instalación vinculada al narcotráfico o contra nodos críticos del poder busca construir legitimidad narrativa: no es una guerra, sino una interdicción quirúrgica contra un régimen criminal. Pero esa lógica, por eficiente que sea en el plano militar, abre la discusión mayor: ¿bajo qué marco legal y con qué mandato internacional se ejecuta el uso de la fuerza? Allí empieza el costo estratégico. El segundo dato, más inquietante, no está en los misiles sino en los silencios: la operación sugiere grietas o, al menos, neutralidades dentro de la estructura de seguridad venezolana. Un poder que se proclama blindado no debería permitir un golpe de esta magnitud sin una reacción inmediata, coherente y unificada. La hipótesis de fisuras en la cadena de mando (o acuerdos tácitos para no morir por Maduro) gana fuerza cuando el control interno depende de la desconfianza mutua, las purgas y la vigilancia permanente. Aquí entra la tercera variable: el rol cubano. Durante años, La Habana fue señalada como arquitecta del sistema de contrainteligencia y control político-militar que sostuvo al chavismo cuando todo parecía derrumbarse. Si el corazón del régimen fue penetrado, el mito de la omnipresencia del aparato cubano queda severamente dañado. No porque Cuba haya desaparecido, sino porque su promesa central anticipar, disuadir, neutralizar queda en entredicho. La reacción internacional terminó de confirmar que el mundo no está dividido por matices, sino por trincheras. Lula condenó la intervención como un factor de desestabilización regional y un precedente peligroso; Milei, en cambio, la celebró como un paso necesario contra una dictadura y su proyección criminal. No es sólo un choque de estilos: es la constatación de que América Latina también está entrando en la lógica binaria del nuevo orden. Y esa es la derivación más seria: la radicalización de Trump no aísla conflictos; los conecta. Si Estados Unidos normaliza acciones unilaterales de fuerza en su patio trasero, Rusia puede leerlo como habilitación para profundizar su apuesta militar en Ucrania, y China como evidencia de que la paciencia estratégica sobre Taiwán tiene fecha de vencimiento. La paradoja es brutal: una operación diseñada para demostrar control puede terminar incentivando la escalada en otros teatros, bajo el argumento de que el mundo ya cruzó el umbral de la contención. Venezuela, entonces, no es el final del capítulo: es el punto donde la fragmentación global se vuelve doctrina operativa. Sobre la firma Mirá también Newsletter Clarín
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