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  • Juan Gabriel Vásquez: El fin de la guerrilla colombiana no ha ocurrido

    » Clarin

    Fecha: 03/01/2026 07:54

    Juan Gabriel Vásquez tiene 52 años. Quienes tratan de adivinar su futuro lo señalan como el sucesor de su paisano Gabriel García Márquez y de su también amigo Mario Vargas Llosa como futuro premio Nobel. Su última novela (Los nombres de Feliza, Alfaguara) es una historia extraordinaria, que nace de una frase de Gabo despidiendo la vida de su amiga, la escultora colombiana Feliza Bursztyn Ese libro sigue a otros (Los informantes, El ruido de las cosas al caer, Volver la vista atrás) que lo hacen no sólo un aspirante a aquel delirio literario sino el más sólido prosista al menos desde aquellos dos maestros Esta entrevista, como otras de esta serie, trata de explicar el estado de la literatura (y del mundo) y se hizo por mail. Algunas preguntas dejó en el aire. Ésta que rescato es también una impresión del periodista tiene sobre la obra (y la vida) de Vásquez Muchos de los que te leemos solemos decir que eres El Gran Heredero de los grandes nombres de la literatura que te precede. ¿Sientes esa sensación, que la literatura que ya se hizo es también, en cierto modo, la que tu generación ha heredado? --Ahora ya eres de casi todas partes. ¿Qué sensación te han dejado hasta ahora los países que te acogieron? --He vivido seis meses o más en 8 ciudades del mundo, pero no todas las acogidas son iguales. No es lo mismo pasar seis meses en Berlín que 13 años en Barcelona. Puedo decir que me siento a gusto en la condición de inquilino, en el sentido que la palabra tiene en un viejo diccionario inglés: animal que vive en el lugar de otro. Me gusta la extrañeza, pero también me gusta sentirme como en casa en cualquier sitio, como decía Serrat. En eso hay mucho de temperamento, pero también de suerte: la suerte de encontrarme con gente buena que se ha vuelto importante para mí. Mi gratitud es inmensa. --Te conocí en tu tierra, cuando eras un muchacho. ¿Cuál es ahora la imagen que tienes de aquel chico? --Creo que una de mis grandes fortunas es haber conservado casi intacta la pasión por el oficio que tenía por esos años, cuando apenas comenzaba. En mi país el mundo literario puede ser cínico, venenoso, pueril y maledicente, pero nada de eso me ha quitado la fascinación por los libros y la admiración por las criaturas extrañas que los hacen. Eso era lo que tenía ese muchacho que mencionas: una convicción sincera de que la literatura es el mejor invento del mundo. Tal vez no la he perdido, a pesar de tantas cosas. --¿Y de tu país? Desde que te fuiste, ¿qué te fue diciendo el país del que vienes? --Me fui con 23 años y volví con 39. Me volví a ir con 50 y pienso que ya no volveré a vivir. En otro sentido, tal vez nunca me haya ido realmente: desde Los informantes, una novela que ya ha cumplido 21 años, no he escrito una sola página donde Colombia no sea la obsesión predominante. Si a la ficción se le suma el periodismo, habré escrito unas 3000 páginas tratando de entender ese lugar tan contradictorio, tan fascinante y tan frustrante que es mi país. Llevo a Colombia conmigo como un caparazón de tortuga, aunque tal vez a las tortugas les pese menos. --Desde aquel tiempo el universo de Colombia ha sido, como el de América Latina, sometido a muchos cambios. Entre ellos, ocurrió el fin de la guerrilla. ¿Qué consecuencias tuvo, para tu generación, y para tu país, ese cambio? --Como defensor testarudo de los acuerdos de paz de 2016, debo decir que no: el fin de la guerrilla no ha ocurrido. Los acuerdos consiguieron desmovilizar a la guerrilla más grande y más poderosa de América Latina, las FARC, pero la negligencia y la mediocridad de los gobiernos subsiguientes, primero el de Iván Duque y luego el de Gustavo Petro, han tenido consecuencias nefastas: una parte pequeña de las guerrillas desmovilizadas retomó las armas, la guerrilla del ELN sigue activa y las bandas criminales se han adueñado de territorios que el Estado habría recuperado si hubiera implementado correctamente los acuerdos. Yo veo los dos últimos gobiernos, el de Duque y el de Petro, como un gigantesco desperdicio: el país de las oportunidades desperdiciadas. Ésta puede ser la principal consecuencia para mi generación: la percepción, ojalá engañosa, de que Colombia es un país condenado a la guerra. --¿Y en el resto de América Latina? --América Latina sufre una regresión lamentable. De un lado, han vuelto al poder los valedores de las dictaduras militares, los que han relativizado la gravedad de lo ocurrido durante esos años o roto el consenso que se había conseguido con inmensa dificultad. Son una derecha insolidaria y de retórica violenta que irrespeta el dolor de las víctimas de nuestros horrores y, además, quiere deshacer conquistas sociales de una importancia que no se puede exagerar. De otro lado, los populismos de izquierda han destrozado las democracias de sus países y las han convertido en estados fallidos, pequeños estalinismos tropicales que censuran, amedrentan y torturan, donde los derechos humanos se violan todos los días: véanse las catástrofes de Nicaragua y Venezuela. La posibilidad de una socialdemocracia más o menos funcional, un contrato social que proteja a los más vulnerables y a la vez respete las libertades económicas, nunca había estado tan lejos. --Has vivido un tiempo literario extraordinario. Ahora eres un alto heredero del boom. Éste no cesa, en cierto modo. ¿Qué le dio el boom a tu generación? --No estoy seguro de que mi generación se haya puesto de acuerdo sobre esto, pero puedo hablar por mí mismo. Una de las frivolidades del mundo literario contemporáneo es el menosprecio o el ninguneo de esos novelistas: Vargas Llosa, García Márquez, Fuentes, Cortázar. Para mí, en cambio, sus libros siguen siendo una educación sentimental y literaria, pero también política, y los sigo teniendo como referencia constante. Si añado algunos nombres anteriores, como Borges, Onetti o Rulfo, y algunos posteriores, como Piglia o Sergio Ramírez, me encuentro con lo más parecido a una familia. Y si pienso además que estos escritores me han enseñado a leer a Flaubert, a Kafka, a Faulkner, a Virginia Woolf, a Camus, incluso a Cervantes mi deuda con ellos no tiene límites. --De lo que lees ahora, de tus coetáneos, o de cualquiera, en esta lengua o en cualquier otra, qué te ha sorprendido en estos últimos tiempos? --Leí la novela El principio del mundo, del peruano Jeremías Gamboa, y sentí algo que sólo puedo llamar gratitud. Es ambiciosa como las más grandes novelas latinoamericanas, seria en el mejor sentido de la palabra e intensamente humana, y además desdeñosa de las pirotecnias que más de una vez me han hecho perder el tiempo cuando leo literatura latinoamericana. --Vives en España. Acá pasan cosas que quizás a los extranjeros les resultan peligrosas o inéditas. ¿Cómo ves tú ahora la vida entre nosotros? --De todos los países que conozco realmente bien, que son cuatro o cinco, España es el que vive un divorcio más claro entre el discurso político y la realidad de la gente. Es un país de acogida, generoso con el que llega de fuera, capaz de buena convivencia entre sus ciudadanos, pero bastan dos o tres políticos desadaptados para convencer a la ciudadanía de que los inmigrantes son enemigos, de que las diferencias entre las culturas y las lenguas son irreconciliables, de que todo se está yendo al diablo a pesar de que la gente viva mejor que en muchas partes de Europa. Los españoles harían bien en mirar por la ventana y darse cuenta de que el retrato que hacen los políticos no se corresponde con la realidad sensible de todos los días. --Escribo estas entrevistas para Argentina, para los lectores de Clarín. ¿Cómo ves ahora lo que viene, de cualquier género, del país de Borges? --Argentina es una presencia constante en mi imaginación y mi sensibilidad. ¿Quieres nombres? Leila Guerriero, Martín Caparrós, Jorge Valdano. Hay una docena más de personas que son importantes en mi vida, pero todo inventario tiene algo de ridículo. Puedo decir que la muerte en el mismo año de Quino, Marcos Mundstock y Maradona me dio la impresión de que mi juventud se cerraba de un portazo. ¿Qué viene para Argentina? No lo sé, pero me encontrarán haciéndole fuerza. Sobre la firma Newsletter Clarín

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