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  • El gobierno de la fantasia

    Parana » AIM Digital

    Fecha: 02/01/2026 00:09

    Es posible que al menos una de las causas del bloqueo naval que Estados Unidos impuso a Venezuela sea la necesidad de disponer de los mayores yacimientos de petróleo del mundo justo cuando las reservas para mantener el "modo de vida americano" se agotarían en un lustro. Fiel a la doctrina de que los recursos naturales pertenecen a Estados Unidos "estén donde estén" Trump dijo que quiere la devolución de los derechos petroleros que el gobierno de Venezuela le quitó a empresas estadounidenses. Recuerden que nos quitaron todos nuestros derechos energéticos. Nos quitaron todo nuestro petróleo no hace tanto. Lo queremos de vuelta. Nos lo quitaron ilegalmente; a pesar de que hay mucho petróleo allí, como saben, expulsaron a nuestras empresas, y lo queremos de vuelta Esa sería entonces la razón de la gran movilización militar estadounidense en el Caribe, que incluye un gran portaaviones, más seguramente que la intención de luchar contra el tráfico ilegal de drogas. ¿A dónde vamos? De continuar la tendencia actual a la depredación, la dilapidación, la concentración de riqueza en muy pocos y la generación de pobreza para muchos, que mueve esta clase de conductas, la civilización tendrá un futuro triste. El consumo de cosas inútiles recomendado por la publicidad es uno de los puntos en que si no hay cambio voluntario, consciente, ordenado, habrá un cambio impuesto por las circunstancias en condiciones que no podremos elegir, tal como los dinosaurios no eligieron su propia ruina. Aquellas bestias habrán visto un punto luminoso en el cielo que creció rápidamente, chocó en cuestión de minutos en Yucatán y provocó un desastre enorme. Los dinosaurios no provocaron su propia extinción pero nosotros no estaremos libres de responsabilidad en la nuestra. Hoy en día no hay políticos que no prometan progreso o no lo tengan como fundamento obvio de sus mentiras. El interés a que responden impide que un anuncio comercial sugiera comprar algo sólo en caso de ser necesario, o que anime a desear menos aparatos electrónicos, o que inste a dialogar con amigos en lugar de tranquilizarse con psicofármacos. Hoy es exitoso producir mucho sin importar para qué: la economía mide esa producción como progreso. Las necesidades que no broten del estómago brotan de la fantasía, y para estimular la fantasía consumidora está la publicidad. El economista norteamericano John Kenneth Galbraith hacía notar que nadie publicita lo necesario, sino lo innecesario. A nadie hay que decirle que debe respirar o dormir, pero sí hay que hipnotizarlo si es posible con la idea de que tal desodorante lo hará irresistible en los lances de amor. Hay economistas que dicen que lo necesario es lo tiene demanda; pero no que para mantener esa demanda es preciso un aparato publicitario enorme, que genera necesidades que quedarían en el olvido tan pronto cese el bombardeo publicitario. La producción frenética de cosas inútiles no se sostiene sin un gran gasto inútil de energía, como tampoco la publicidad, y sin ellos no se sostiene la civilización moderna, que es casi por completo, y cada vez más, producto de un engaño monumental. Hay marginales a los que la publicidad invita a la mesa y los invita a consumir mil cosas de mil formas; pero los expulsa sin piedad si osan arrimarse. El resultado es que toman lo que se ofrece de cualquier manera. Es preciso distinguir lo superfluo, lo insustancial, lo innecesario, de las necesidades genuinas, limitarse a éstas y no llevar al paroxismo el uso de los bienes naturales ni de la energía. La propaganda comercial es proteica, toma incluso las formas del adversario para cumplir su finalidad de vender. Se debe beber una marca determinada de agua mineral para proteger los bosques del Chaco, se debe beber un refresco famoso para ayudar a los pobres del Tercer Mundo, se debe cambiar el auto para generar trabajo en las fábricas. Cómo vivir Dejando de lado insinuaciones interesadas en mantener un estado de cosas insostenible, hay que distinguir lo que es necesario de lo que no lo es y aplicar los recursos a producir lo necesario para vivir bien sin exceder los límites en busca del vivir mejor. El que vive bien no quiere vivir mejor, porque vivir mejor es deseo incolmable que en realidad lo lleva a vivir peor. El vivir mejor indica de modo inequívoco un desequilibrio que se suma a otros desequilibrios similares de todos los que ansían vivir mejor hasta llegar a un mundo desquiciado en que todos viven mal. Unos porque quieren consumir y no pueden y otros que pueden pero deben hacerlo aislados y a la defensiva de los terribles peligros de la calle. El punto de vista que impone la publicidad, que parece indiscutible, no es el único. Durante siglos las sociedades tradicionales han vivido valorando lo importante, y han visto la felicidad en reducir el radio de las necesidades, que aumenta inversamente al radio de la libertad, y han consumido sólo lo necesario para evitar las formas de dependencia que llevan a la infelicidad. La aldea global que anunció Marshall McLuhan a mediados de la década de los 60 del siglo XX depende del suministro de información instantánea y que de manera también instantánea -y es un peligro de la velocidad- puede sufrir una catástrofe con solo un virus informático más devastador que otros, o con un fallo en el suministro de electricidad que provoque una reacción en cadena incontrolable, o con el agotamiento de las reservas de petróleo, o cualquier causa más o menos imprevisible, que demuestre cuán frágil es nuestro mundo. Se podría definir lo necesario como aquello cuya falta haría imposible la vida digna, con la aclaración que es un mínimo muy variable de cultura a cultura, de época a época, de personalidad a personalidad. Señor de sí mismo No ha habido en la Argentina personas más libres que los gauchos, señores de sí mismos a diferencia de los peones de estancia que vinieron después, que tenían alimento y seguridad mientras estuvieran al servicio del patrón. Y sin embargo, aquella condición soberana que los gauchos no cambiaban por nada, venía acompañada por consumos ínfimos, que podían agenciarse sin ir al supermercado. En la pulpería, a cambio de unos cueros, obtenían algo para los vicios: el tabaco, la yerba, unos tragos y nada más. Los gauchos eran austeros, ascéticos. Si todos fuéramos como ellos o como los indígenas americanos, o como los ascetas de la India, la civilización basada en el consumo y en la violación de la naturaleza cesaría porque se quedaría sin asunto, carente de interés, sería un artefacto curioso de un pasado extraviado que no conviene reanimar. En el caso de las necesidades físicas, el enorme exceso de nuestra civilización ha hecho de la gente autómatas ligados a aparatos sin los que no se sienten capaces de vivir o al menos suponen que de ellos depende la felicidad. Ha producido generaciones de aplastados por bienes inservibles o destruidos por las drogas peligrosas que dominan los circuitos del consumo y están en trance de dominar la economía y la política. Las necesidades reales son las de alimento y abrigo, la seguridad, la disminución del riesgo de enfermedades, la compañía, desarrollar la creatividad, tener reconocimiento, ejercer control sobre la propia persona. Todas estas necesidades se pueden satisfacer con enorme consumo de energía o casi sin consumo. Los alimentos pueden venir de la caza o la pesca, como hacían los hombres del paleolítico, que posiblemente eran mucho más felices que nosotros La seguridad se puede conseguir viviendo en armonía con el medio, sin ver peligros donde no debe haberlos y estableciendo relaciones recíprocas con los demás sin competitividad ni caer en tentación de superarlos. Otra manera de conseguirla, mucho más engorrosa y menos rendidora, es pagar centinelas y compañías privadas de seguridad, aislarse en barrios cerrados donde queda anulada la perspectiva existente en otras sociedades de practicar favores mutuos o ayudarse cuando sobreviene una desgracia. La maldad y el amor Las palabras que Shakespeare pone en boca del dux de Verona ante los cadáveres de Romeo y Julieta se podrían aplicar a toda la civilización y no solo a un centenario conflicto familiar: "Mirad qué gran infortunio se abatió sobre nosotros; el cielo sabe castigar vuestras maldades con amor" Las llamadas sociedades desarrolladas no discuten sobre las necesidades sino sobre la producción y sobre todo, el rendimiento colosal de la especulación El clima intelectual y moral en que prosperan los puntos de vista modernos es el relativismo, la idea de que no hay necesidades objetivas, solo preferencias subjetivas, "percepciones" que adquieren un volumen desproporcionado y se considera necesario solo lo que tiene demanda efectiva, respaldada con medios de pago. Está invisibilizado el hecho de que una buena parte de la demanda está provocada por la manipulación publicitaria. Coma todos los días" no necesita publicidad; pero el mercado convierte todo en dinero, monetiza. Si el agua es accesible y gratuita, será negocio deteriorarla, hacerla escasa e inducir a comprarla en bidones. Joan Manuel Serrat, que trabajó como tornero y como perito agrícola antes de descollar con la canción popular española, contó en una entrevista que abandonó una empresa donde trabajaba de muy joven porque vio que no se trataba de matar a la mosca del mediterráneo sino de hacerla inmune al veneno para poder vender otros venenos. El dinero sale al campo La agricultura tradicional, que conserva desde el Neolítico los granos de la cosecha anterior para la próxima, es declarada obsoleta y atrasada, palabras que merecen todavía condenación por oponerse al progreso y se instala en su lugar la agricultura industrial con venta de semillas que se autodestruyen y prohibición de conservar las de la cosecha anterior. Al final, todos vivimos pendientes de la necesidad, todos somos necesitados, pero no ya al modo de los pobres a los que se aplicaba antes la palabra. Nadie es libre por haber reducido en radio de sus necesidades. Ahora la libertad consiste en la tarea imposible de satisfacer todas las necesidades, las reales que son pocas y las imaginarias que son interminables. El deseo esclaviza Ya los antiguos conocían el poder deletéreo del deseo pero quizá no supusieron que caeríamos en la paradoja de considerar a las sociedades más ricas como las atacadas por la insatisfacción crónica provocada por el gran esclavizador que es el mercado. Algunos ejemplos de cómo una mejora se convierte en esclavitud son los automóviles. En las grandes ciudades ya no se puede ir caminando ni siquiera a la panadería y en los Estados Unidos el que usa sus piernas cuando todos usan el auto es un marginal. El auto se convirtió en una necesidad, lo contrario de una libertad. En la medida en que el auto se convirtió en necesario, no liberó sino esclavizó. Los zapatos fueron inventados como una alternativa a andar descalzo. Hoy, quien anda descalzo es un mendigo y encuentra quien diga, llena de piedad piececitos descalzos, cómo os ven y no os cubren, Dios mío, con lo que el sentimentalismo marcha en la dirección del mercado. Finalmente, la crisis de la energía impondrá la necesidad de limitarse, con la que los consumistas no quieren saber nada. Posiblemente una alternativa a la destrucción sin misericordia sea ver como satisfactorias cosas que lo fueron pero de la mano de la publicidad ya no lo son y admitirlas de nuevo porque hacen posible un mundo sostenible. De la Redacción de AIM.

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