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» Misionesparatodos
Fecha: 30/11/2025 19:54
La crisis avanza, las culpas se reparten y las paradojas se acumulan. Mientras algunos descubren recién ahora el costo real del modelo que celebraron, el gobierno nacional improvisa y la política local revela sus propios matices: un PJ que intenta normalizarse después de años de inexistencia y un oficialismo provincial que vuelve a ser el único punto firme en un tablero inestable. Lo que sigue es un recorrido por esos recuerdos del futuro que ya se conocen y que, aun así, se insiste en repetir. Hay un patrón que empieza a repetirse en Misiones entre algunos empresarios y comerciantes que hoy sienten en carne propia la recesión: la culpa nunca está donde debería. Aunque la caída del consumo se profundiza, aunque los números no cierran, aunque los locales se vacían antes de las diez de la noche y los despidos son una constante, la responsabilidad siempre se ubica en el mismo lugar: en la provincia. Es un juego de espejos cómodo, una forma de no mirar de frente la realidad que eligieron en las urnas. Es también una forma de mirar hacia adelante con la certeza de que se trata de una película que la sociedad argentina ya la vivió. En el sector gastronómico, más de un dueño que hace un año celebraba la motosierra ahora repite que la gente no entra, que el trabajo se desplomó y que los números no dan. Pero no señalan el modelo económico que recortó el poder adquisitivo: señalan el salario estatal, como si ahí se originara todo. Como si la pobreza no se derramara. Como si el ajuste no se filtrara hasta el último mostrador. En la industria alimentaria, otros reconocen que tuvieron que achicarse, reducir personal, contener gastos y resignar producción porque la gente, simplemente, se quedó sin plata. Pero la crítica, curiosamente, no apunta hacia arriba, donde se toman las decisiones que desordenaron la macroeconomía. Apunta hacia el costado. O hacia la vereda de enfrente. A cualquier lugar menos al punto de origen. Y en el comercio, el cierre de un local se convierte —para algunos— en una oda al sinceramiento económico. Un homenaje al ajuste que los está expulsando del mercado. La paradoja es casi literaria: quienes apostaron al discurso de la anticasta descubren que el ajuste también les toca a ellos. Creyeron que venía la abundancia, que el problema era barrer privilegios. No vieron venir el costo real de ese relato. La herencia emocional del odio tiene estas cosas: cuando la bronca gobierna, la razón queda en minoría. El discurso del hombre providencial, del salvador que promete purificar a los indignados, vuelve una y otra vez en la historia. El odio ordena. El odio seduce. El odio promete revancha. Pero nunca construye futuro. Hoy, la verdad es más cruda. A esto que algunos llaman sinceramiento, otros le dicen por su nombre: crisis. Una crisis que se profundiza día a día. Una crisis que no distingue el voto, que no pregunta ideología y que, como siempre, empieza por los más vulnerables y termina alcanzando incluso a quienes creyeron que esta vez no les iba a tocar. A eso se suma otro fenómeno que tampoco es nuevo: dirigentes que, en nombre de la lucha, terminan dañando a los mismos vecinos que dicen defender. La reciente condena a los sindicalistas Mónica Gurina y Leandro Sánchez —acusados de desobedecer una orden judicial para levantar un acampe en la avenida Uruguay— expuso justamente eso. No fueron los poderosos los que impulsaron la denuncia, sino los comerciantes que no podían trabajar y los vecinos que ya no soportaban el bloqueo. Confundir protesta con atropello no solo desgasta, sino que termina devorando legitimidades. Quizás el verdadero desafío no pase por buscar culpables de cercanía, sino por asumir que las decisiones que se toman a nivel nacional tienen efectos reales. Que el ajuste, como tantas veces, no cae hacia arriba: cae hacia abajo y hacia los costados. Cae sobre trabajadores, comerciantes, emprendedores, jubilados. Cae sobre todos. Necesidad Diego Santilli hizo lo que dicta el manual de supervivencia política: salió de Buenos Aires antes de que el jefe de Gabinete (qué país generoso), Manuel Adorni, le invadiera hasta la agenda. Pero aun cumpliendo el protocolo, dejó expuesto lo inevitable: manejar algo dentro del mileísmo va a ser más difícil que manejar un barco sin timón. Tendrá que demostrar autoridad en un espacio donde nadie obedece y todos tuitean en idioma canchero. Y mientras tanto, aceleran. Aceleran todo el tiempo. Aceleran aunque no haya camino. Aceleran sin razón. En tres o cuatro meses, la relación del gobierno libertario con la gente va a ser peor de lo que ya es. Porque no hay magia: cuando se confunde motosierra con plan, cuando la ideología reemplaza la gestión y cuando la épica del odio dura menos que un descuento bancario, la realidad pega. Y pega fuerte. El Turco Asís lo dijo sin metáforas: el problema no es la hermana; el problema es él. Y los últimos meses lo confirman con entusiasmo desesperante. En ese marco, el ministro del Interior llegó a Misiones y terminó sentado en la mesa con el conductor del Frente Renovador, Carlos Rovira y con el gobernador Hugo Passalacqua. ¿Por convicción? Para nada. Por necesidad. Porque tarde o temprano, hasta los libertarios descubren que los discursos no administran provincias. La foto fue transparente: si Milei quiere construir algo, tendrá que hacerlo donde haya estructura real. Y esa estructura no nace de una cuenta de X, sino de un proyecto político que lleva décadas funcionando. Eso — justamente eso— que el mileísmo nunca entendió. La paradoja fue de colección: el ministro del Interior del gobierno de Javier Milei no se reunió con ningún referente de La Libertad Avanza en Misiones. Ni uno. Ni por error. Ni para la foto. La explicación es incómoda para ellos pero evidente para cualquiera: no hay con quién hablar. Y la política, aunque les moleste, sigue siendo conversación. Ellos creen que se gobierna insultando. La realidad les está demostrando que no. Cruzada arqueológica El peronismo misionero, que desde hace años vive más en las anécdotas que en la política real, recibió esta semana un anuncio que suena casi a descubrimiento arqueológico: habrá elecciones internas. Sí, internas. Algo que —según los interventores Gustavo Arrieta y Máximo Rodríguez— no ocurre desde la década de 1990, esa época en la que el PJ Misiones todavía tenía pulseada, vida interna y, sobre todo, partido. La conferencia en la sede del SMATA fue prolija, formal y hasta solemne: “Subsanar la situación irregular”, “normalización”, “consejos municipales”. Una liturgia impecable para un partido que, paradójicamente, pasó las últimas elecciones provinciales sin siquiera participar, como si competir fuera opcional. Y cuando sí participó —en la nacional— su desempeño fue tan deslucido que cuesta decidir si fue más triste, discreto o directamente burocrático. La ironía es tentadora: después de un año electoral donde el PJ misionero no estuvo, ahora se lo quiere normalizar. Como si alguien apareciera en diciembre a ordenar un cumpleaños que nunca se organizó. Y todo por impulso de Cristina Fernández de Kirchner, que descubrió de repente que en Misiones había una situación irregular. Una epifanía tardía, considerando que durante años el PJ provincial fue un sello que no compitió, no discutió y no decidió absolutamente nada. Es notable cómo, en algunos espacios del kirchnerismo, la preocupación por la institucionalidad aparece justo cuando la realidad electoral deja pocas sillas disponibles. El resultado inmediato de este gesto es previsible: más enojos, más distancia y más reproches del peronismo hacia el kirchnerismo. Porque una cosa es discutir el rumbo y otra muy distinta es improvisar normalizaciones después de perder hasta la sombra. Esta jugada, lejos de ordenar, reaviva el hastío de muchos dirigentes que sienten que desde Buenos Aires se sigue actuando con una lógica propia, desconectada del territorio. Lo curioso es que, mientras se habla de normalizar Misiones, la mayor parte del peronismo ya mira hacia otro lado: Axel Kicillof. Él es, hoy, el único dirigente al que sectores diversos del PJ ven con proyección real. No porque haya construido un nuevo catecismo, sino porque logró algo que el resto perdió: credibilidad. En un ecosistema partidario lleno de dudas y deudas, Kicillof es, para muchos, la brújula que queda. Por eso este intento de recomponer el PJ misionero tiene un perfume extraño: huele a formalidad tardía, a maniobra desesperada para recuperar relevancia en un distrito donde el kirchnerismo hace rato dejó de ser referencia. Y mientras tanto, el peronismo que aún respira en las provincias ya se mueve con otra lógica, otra expectativa y otro liderazgo. La normalización quizás llegue. La pregunta es: ¿alcanza un sello ordenado cuando el futuro del peronismo ya está escribiéndose en otra parte? Por Sergio Fernández
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