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  • De Menem a Milei

    Buenos Aires » Infobae

    Fecha: 31/08/2025 06:51

    Javier Milei El problema central de las izquierdas, o de quienes intentan asumir tales rumbos, es la burocracia, y su consecuencia, la corrupción. Las derechas tienen un problema distinto que, en rigor, consiste en ser sostén y celebración de la concentración económica. Ninguna de las dos son estructuras coherentes o libres de corruptelas; solo la combinación de ambas, alejadas de todo extremo, permite la edificación de una democracia legítima y eficaz. Sin olvidar, por supuesto, el nefasto proyecto económico de Martínez de Hoz durante la dictadura, suelo reiterar que la Argentina fue patria hasta la aparición de Carlos Menem, el gran destructor de nuestro Estado y el privatizador que engendró un empresariado hijo de esa privatización y de la corrupción que es el que hoy impone las normas de nuestra decadente sociedad: ese votante único en vigencia al que llaman “mercado” y que es, por lejos, mucho más importante que los derechos de los ciudadanos. Que el apellido Menem esté ligado a la corrupción no es ninguna novedad. Claro que el hecho de que la contratación con una determinada empresa, de un año para otro, suba 2600% desnuda un manejo de las finanzas públicas, de los negocios, de los negociados, y de los brumosos recovecos del Estado hasta el punto de que, conocido el número, las discusiones se tornan secundarias. Lo de OSPRERA fue bochornoso: intervenir la obra social de los trabajadores rurales y estibadores para pasarle un convenio de cuarenta millones, basado en un asesoramiento, no dejaba dudas sobre la utilización del poder al servicio de sus negocios. Luego aparecerán las filiales del PAMI, evidenciando que esta estructura de gran valor nacional implica manejos económicos que permiten porcentajes de los salarios de los funcionarios que se instalan en ellos y de las compras de medicamentos que realizan. Es notable que las denuncias se impongan en varias provincias, lo cual apunta no a causas azarosas, sino a un sistema. El partido de la supuesta libertad implica la consagración del egoísmo. En síntesis, quien se enriqueció, cualquiera sea la forma en que lo haya hecho, no tiene por qué hacerse cargo de los caídos en su vandálico camino. Con ese cinismo lo expresan, por otra parte. Rara coincidencia que aquellos que manejan turbios negociados sean también los que establecen su visión política en las provincias, y en esa obsesión de expulsar aliados y quedarse con todo, parecieran reflejar la idea de la ambición desmedida que intenta en su momento no tener siquiera socios que la limiten en su desborde. El discurso esencial de Milei pretende diferenciarse del fracaso anterior, como si encontrara en ese nefasto pasado la única razón de su débil propuesta para el presente. El jefe de Gabinete, único miembro del Ejecutivo que hace política, también repite ese discurso numérico donde las deudas se llevan al infinito y las cantidades se disfrazan de manera exponencial para no explicar los errores actuales. El dogma del equilibrio fiscal convertido en única política nos deja impotentes ante la necesidad de pensar un sistema productivo y un proyecto que solo la política puede engendrar y que, en cambio, se deja en manos privadas. Odio al pasado, falta de presupuesto, equilibrio fiscal y gran cantidad de acusaciones a los que son sin duda expresión de la peor de las castas no alcanzan para un proyecto de salida. Todo lo que hace este equipo y sus seguidores, en esencia, es acusar al ayer y de eso, surge su impotencia para plantearnos un mañana. Es cierto que el kirchnerismo fue la nefasta combinación entre una supuesta izquierda y una burocracia real, pero el peor gobierno y el destructor de toda nuestra integración social fue el menemismo al que Milei y los suyos reinstalan, eligiendo del peronismo la peor de sus versiones. Porque el menemismo fue la expresión de una ideología, la colonial, no la liberal, que es respetable, la colonial, que es indigna, y hoy se reivindican esos apellidos y la expresión de lo peor de esa ideología. Esa decadencia que en democracia se inicia con Menem, se reedita en la actualidad y la decisión de Milei y su equipo es un intento de profundizar el triunfo dela élite de los más hábiles sobre todos los demás, concentrando la riqueza en unos pocos que aplauden y festejan sin hacerse cargo de los débiles y del resto de la sociedad. Así, el egoísmo triunfante impera como una forma de sustitución de la política, que no es ni más ni menos que la expresamente olvidada responsabilidad colectiva.

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