31/08/2025 16:10
31/08/2025 16:10
31/08/2025 16:10
31/08/2025 16:10
31/08/2025 16:10
31/08/2025 16:10
31/08/2025 16:10
31/08/2025 16:10
31/08/2025 16:09
31/08/2025 16:09
Buenos Aires » Infobae
Fecha: 31/08/2025 06:49
Javier Milei junto a Karina Milei y José Luis Espert El gobierno de Javier Milei, no solo abollado por el affaire Spagnuolo sino fuertemente tensionado por las turbulencias económicas y la precariedad política, ingresa en la vertiginosa semana final de la campaña electoral para unas inéditas elecciones bonaerenses anticipadas de resultado incierto. Las idas y vueltas en torno a la estrategia para enfrentar el escándalo, que oscilaron entre el llamativo y hermético silencio inicial y la minimización de las denuncias como producto de una “burda opereta política”, dan cuentas de que el oficialismo atraviesa su peor momento, tanto en lo político como en lo económico. Y que, peligrosamente, ello tiene lugar en el marco de un proceso electoral en el que el Presidente ha cifrado altísimas expectativas. Si bien es cierto que el grueso de estas expectativas refieren a lo que pueda ocurrir en las legislativas nacionales de octubre, el Presidente asumió también el riesgo de jugar fuerte en una elección bonaerense que seguramente no avizoraba tan cuesta arriba. La tentación de polarizar con el kirchnerismo en su bastión pudo más, y embanderado en la consigna “kirchnerismo nunca más” el oficialismo nacional encaró una campaña provincial a la que que acabó por darle una indudable centralidad nacional. Si bien en las últimas horas el propio Presidente abrió el paraguas y procuró moderar expectativas frente a una elección complicada señalando que la performance libertaria “será el piso”, y desde diferentes usinas libertarias ya se hable de la expectativa de un “empate digno” (eufemismo que incluye una derrota por poco margen), pocos dudan que un resultado desfavorable el 7 de septiembre aumentará la volatilidad, multiplicará las turbulencias y amplificará la incertidumbre en los próximos dos meses de cara a las legislativas nacionales. Más aún ante un gobierno que sigue apelando al denominado “riesgo kuka” no solo como recurso explicativo para las turbulencias cambiarias, la volatilidad económica, la creciente incertidumbre en los mercados, e incluso la ofensiva opositora en el Congreso, sino también para “justificar” algunas medidas poco alineadas al liberalismo (intervenciones en el mercado de futuros, alza en las tasas, o reglas para encajes bancarios) y, sobre todo, para apuntalar la propia estrategia electoral. Una apuesta a todas luces temeraria: si ya se trataba de una estrategia riesgosa desde el vamos, lo es mucho más después de las estribaciones de un escándalo que revela una presunta trama de corrupción que golpea en la “línea de flotación” del Gobierno, y que convive con un contexto económico caracterizado por las frecuentes turbulencias y la manifiesta volatilidad. Lo cierto es que, no obstante los resultados que arrojen las urnas tanto el 7 de septiembre como -más importante aún- en octubre, parece cada vez más claro que lo que el gobierno alerta como el “riesgo kuka”, no deriva tanto de las amenazas de un sector del kirchnerismo como de los daños y heridas autoinfligidas por el propio oficialismo. Esta semana el ministro Caputo insistió en el carácter transitorio de estas turbulencias, concebidas casi como anomalías propias de un contexto en el que la configuración actual del sistema político estaría desfasada de la realidad política. Así, en la red X señaló que “el alto riesgo político que hoy asigna el mercado (dados los últimos intentos de romper con el equilibrio fiscal por parte del Congreso), y que evidentemente lo tomó por sorpresa, va a colapsar pronto”. Argumento que, por cierto, el propio presidente replicó en su discurso del pasado jueves ante empresarios. Sin embargo, resulta evidente que los mercados actúan con cautela -incluso temor- ante un escenario de marcada incertidumbre que difícilmente pueda atribuirse a Cristina Kirchner y el espacio político que aún conduce. ¿O alguien realmente puede atribuirle a la ex mandataria el error de no robustecer las reservas al momento de acordar con el FMI, pronosticando con jactancia que el gobierno recién compraría cuando la divisa colapsara el límite inferior de la banda (1000 pesos)? Lo mismo vale para lo que siguió después: el improvisado desarme de las LEFI, la convalidación de tasas de interés incompatibles con la actividad económica, las intervenciones sobre el mercado de dólar futuro, el apriete a los bancos y las regulaciones diarias de un Banco Central que pasó de ser un objetivo a dinamitar a convertirse en uno de los más intervencionistas de la historia reciente, entre tantos otros ejemplos. Siguiendo el mismo razonamiento, la evidente desaceleración de la economía, la incuestionable contracción del crédito, y la depresión del consumo, ¿serían responsabilidad de la amenaza kirchnerista? Lo mismo ocurre, incluso, en el plano político. Más allá de la narrativa, ningún analista que conozca mínimamente la composición y dinámica del Congreso de la Nación, podría adjudicar exclusivamente la sucesión de derrotas legislativas al supuesto intento de desestabilización del kirchnerismo. ¿Qué es, entonces, lo que explica una ofensiva parlamentaria que contrasta con la relativa calma que la minoría oficialista enfrentó en el Congreso hasta hace apenas algunos meses? Claramente, el cambio no es fruto del accionar del kirchnerismo, que desde fines de 2023 se posicionó claramente como férreo opositor a la iniciativa legislativa del gobierno, sino del cambio de postura de algunos gobernadores y otrora aliados frente a la intransigencia en la negociación parlamentaria y la estrategia electoral libertaria en sus distritos. En definitiva, en lo que los mercados ven como “riesgo político” incide indudablemente la manifiesta improvisación en materia económica, la inocultable impericia política, las evidentes precariedades en materia de equipos, los flagrantes déficits estratégicos, el ostensible voluntarismo, la notoria ingenuidad, entre otras cada vez más visibles carencias propias del proyecto oficialista. Es en este marco en donde se encienden luces de alarma frente a un proceso electoral que el Gobierno entiende que mágica y automáticamente removerá obstáculos, disciplinará actores y despejará el camino para desplegar sin límites ni ataduras un proyecto cuyos contornos son cada vez más difusos e inciertos. No solo porque lo que viene ocurriendo (tanto en virtud de los audios filtrados como de la situación económica) abre interrogantes sobre la contundencia de un hipotético triunfo en octubre, sino porque resulta casi ingenuo pensar que aún con un resultado favorable en las urnas el oficialismo exorcice los fantasmas de una alternancia en 2027. Mucho menos, que solucione inmediatamente las evidentes carencias propias, calme las tensiones financieras, colapse el riesgo país, destrabe las grandes inversiones que no llegan, retome la senda del crecimiento y allane el camino para reformas estructurales que -más allá del resultado electoral- requerirán del concurso de otros actores, como los gobernadores. Así las cosas, el riesgo es más que evidente, y radica en que independientemente de que el oficialismo pueda mantener hasta octubre una posición que lo lleve a imponerse en las urnas, lo que siga sea tan parecido al presente que acabe por acelerar la erosión en los niveles de aprobación, horadando las expectativas de ciudadanos y mercados, amplificando la incertidumbre y, en definitiva, complicando la gobernabilidad durante el segundo tramo del mandato presidencial.
Ver noticia original