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Buenos Aires » Infobae
Fecha: 31/08/2025 06:47
Jorge Bergoglio, cuando era Arzobispo de Buenos Aires “…para salvar al hombre de la corrupción, Dios eligió a Noé, al más anciano de todos los hombres” (Papa Francisco, Aud. Gral. Miércoles 16 de marzo de 2022) “¡Ay de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas! Porque sois semejantes a sepulcros blanqueados, que por fuera, a la verdad, se muestran hermosos, pero por dentro están llenos de huesos de muertos y de toda inmundicia.” (San Mateo, 23:27) En la República Romana, entre los políticos, militares y jueces reinaba un gran estado de corrupción. En su historia, Indro Montanelli, a título de ejemplo, cita algunos casos de corrupción judicial y muchos otros en los que los patricios se encontraban con el poder para robar, corromper y matar. Dice que, en tiempos de Sila, el cónsul Publio Cornelio Léntulo Sura, a punto de ser condenado por su participación en la conspiración de Catilina (63 a.C.), fue absuelto. Al ser absuelto por dos votos de mayoría, dijo, dándose una palmada en la frente: “Mala suerte, he comprado uno de más, ¡y al precio que me ha salido…!”. Otro tanto sucedió con la absolución de Clodio, cuyos jueces Craso compró por encargo de César (H. de Roma, pág. 206 y 229). Remisión En nuestra nota de Infobae del 12 de agosto de 2018, siguiendo el pensamiento del papa Francisco, nos referimos al pecado y al estado de corrupción. Pecado como acto y estado –de estar–, como hábito o situación. Las fuentes que seguimos entonces fueron un libro de Bergoglio titulado Corrupción y pecado (1991) y las enseñanzas del mismo autor ampliadas en el marco del debate de las leyes del Sistema Nacional Anticorrupción en México, al cual remitimos. El presente comentario tiene por fin resaltar la recomendación de su lectura, de tanta actualidad. Y manifestar el deseo de que se considere la posibilidad de que ese libro se incorpore a los programas de enseñanza media y/o terciaria. “Los ancianos y los jóvenes pueden salvar al hombre de la corrupción”, dijo el Papa Francisco En la Audiencia General del 16 de marzo de 2016 en Roma, tras la lectura del libro del Génesis, dijo el papa Francisco: “Como hemos escuchado, Dios, para salvar al hombre de la corrupción (…) eligió al más anciano de todos los hombres llamado Noé (600 años tenía en ese tiempo, Gen. 6:9-11). Podríamos preguntarnos –prosigue diciendo el Santo Padre– ¿en qué sentido la vejez puede salvar al mundo? En un tiempo en que vivimos bajo presión, tantas veces confundidos entre la imagen y la “juventud eterna” y la representación catastrófica del “fin del mundo”, ¿qué pueden aportar los ancianos? La vejez ayuda a desenmascarar el engaño de una vida que solo busca el placer o que está vacía de interioridad, y que abre la puerta a la corrupción y al desprecio de los demás. Noé es el ejemplo de la vejez que genera vida, que no se queja ni recrimina, sino que mira al otro con confianza, respeta la creación y cuida la vida de todos. Dios lo bendice con un don especial de humanidad, sensibilidad y cercanía. Por eso, la vocación de Noé también es una llamada para cada uno de nosotros (…) Hago un llamamiento, hoy, a todas las personas que tienen una cierta edad (...). Estad atentos, vosotros tenéis la responsabilidad de denunciar la corrupción humana en la que se vive y en la que va delante de este modo de vivir donde todo es totalmente relativo, como si todo fuera lícito (…). El mundo lo necesita, necesita jóvenes fuertes, que vayan adelante, y ancianos sabios. Pidamos al Señor la gracia de la sabiduría”. (Papa Francisco, Aud. Gral., marzo 2022). La noticia se reitera y se desodoriza según la velocidad de la pantalla Como es público y notorio, a pesar de los cambios de gobiernos de uno y otro signo político, en la Argentina el cáncer de la corrupción no se detiene. Hace metástasis en el sistema de gobierno, los ámbitos sindicales y empresariales, y en los partidos políticos. Lo vemos y dejamos de ver en las pantallas de televisión. Bergoglio afirma que de la corrupción emana un mal olor social. Más aún, la persistencia provoca una adaptación de la percepción olfativa, como cuando ingresamos a un basural o a una cloaca. El olor repugna, la putrefacción impregna la atmósfera y resulta insoportable, hasta que después de un tiempo el ser humano, a pesar de que permanece en el aire, lo percibe menos. Eso mismo ocurre con las malas noticias y la reiteración de las imágenes televisivas de los hechos de corrupción. Con los comentarios contradictorios de los representantes de los sectores en pugna, incluyendo a quienes, siendo parte del estar-siendo estado de la corrupción periodística, el mal es retirado de las pantallas. La corrupción como acción y como proceso Según enseña Bergoglio, la corrupción comienza siendo acto, pero es el resultado de un proceso que puede terminar siendo estado. Se trata de actividades en las que el agente es el principio y el final de la acción; se apodera de lo ajeno para su propio enriquecimiento y, por eso, se trata de una acción inmanente: comienza y finaliza en el agente. Con la “acción, origen del movimiento, se inicia un proceso que instala al agente en el ‘estado de corrupción’”. El término “estado” deriva del verbo “estar”: el estar-siendo corrupto, más allá de los disimulos y las apariencias que lo acompañan y que, como veremos brevemente, moldean su ser. Un estar-siendo, etapa inicial, que suele conducir a uno o varios actos de corrupción o pecados generalmente originados por contagio, un aprovechar la ocasión y una segunda etapa donde el sujeto ingresa en un deslizamiento progresivo hasta dar un salto cualitativo que lo transporta del pecado al estado. Este proceso o hábito es una conducta frente a la cual el sujeto, en lugar de contagiarse de la humanidad, se contagia de la corrupción de los otros y, al abrigo de una situación institucional, el pecado que se transformó en estado personal pasa a transformarse en institucional. Claro que el sujeto puede ser reiterativo en pecados y no estar todavía corrupto, pero la reiteración del pecado conduce a ese estado. La corrupción no es un delito común Creo que la distinción entre otros delitos y los actos de corrupción en el plano jurídico es tan necesaria como la que formula Bergoglio entre corrupción y pecado. Como dijimos, los corruptos agotan el circuito de sus actos en su provecho (acto de inmanencia), por una enfermedad del ego infecto-contagiosa, que se transforma en una patología social y no se reduce a ser pecado desde la óptica religiosa. Y por eso mismo, el papa Francisco nos sorprende exclamando: “Pecador sí, corrupto no”. Y también dice: “El pecado se puede perdonar, la corrupción, no”. La complicidad El corrupto no es un agente solitario; opera con la participación de otros. A este otro del corrupto, el jesuita lo llama “cómplice”. Cómplice no solo es el ayudante, también es cómplice el corruptor o el socio (por lo general, empresario, sea legítimo o parte de otra empresa criminal) que, al mismo tiempo, se aprovecha de la condición de funcionario del primero y le ofrece o acepta un beneficio generalmente económico a cambio de decisiones funcionales. Lo que podríamos calificar como una relación contractual que oculta una relación criminal. Cómplice también es quien asiste, colabora o consiente con el corrupto sabiendo de qué se trata. Como he explicado en notas anteriores, el otro puede serme persona, pero también puede ser para mí mero objeto, y este parece ser el caso del que sirve al funcionario, un otro instrumental que se asemeja a la relación señor-esclavo. Relación en la cual no solo el funcionario o empresario utiliza a quien lo sirve, sino que lo hace cómplice. Dice Bergoglio: “Los rebajará a su medida y los hará cómplices de su opción y estilo”. La justificación de la corrupción por el éxito, los buenos modales y la superioridad Esta es otra nota que distingue al corrupto. Se considera medida. Mide a los otros y a sí mismo, considerándose exitoso y superior. Cuando Bergoglio afirma que el corrupto “es la medida del comportamiento moral”, está distinguiendo el concepto desde el punto de vista ontológico o teológico, donde rige el “justo medio” (el de nada demasiado) y el sentimiento negativo del corrupto que se considera un ser ejemplar, exitoso que ha logrado honores y riquezas, buenos modales y estatus superior. Por eso, es riguroso en el cumplimiento del pago de los impuestos, de la limosna y hasta de las obras de caridad, el cumplimiento de las formas; no siendo como los otros que se atrasan, incumplen o no son corteses. El cumplir de los corruptos es “yo cumplo” “y miento”, dice hoy Bergoglio, papa Francisco. El corrupto necesita justificarse y, para eso, como vemos en la parábola (Lc 18, 9-14), se distancia del otro –hombre común que vive de su salario o de su jubilación, al que no le alcanza para pagar todo lo que tiene que pagar–, dando estricto cumplimiento de sus obligaciones. Justificación de la corrupción por vía de la doctrina El agente de la corrupción elabora, por último, una justificación doctrinal o ideológica finalista. Los fines invocados pueden ser múltiples, pero, por lo general, desde el ámbito político se alude a “la construcción del poder político”, “los gastos de la acción proselitista”, “el partido” y hasta “la revolución”. Por parte del que corrompe o entrega el dinero, la justificación es, por lo general, “el porvenir de la empresa”, “el mantenimiento de la fuente de trabajo”, “la realización de la obra”, aunque el fin no sea otro que la búsqueda del excedente de la ganancia, aunque la obra pública después no se haga. La “cultura” de la corrupción Como dijimos, la corrupción es un estado personal y social en el que unos se acostumbran a vivir. Los valores (o desvalores) de la corrupción son integrados en una “verdadera cultura”, con capacidad doctrinal, lenguaje propio, modo de proceder peculiar; cultura que tiene un dinamismo dual: apariencia y realidad; inmanencia y trascendencia (de salón); buenos modales y malas costumbres. Es una de las mayores causas de la desigualdad y de la pobreza del mundo actual y de nuestro país, que padecen las grandes mayorías. “(EG nº 60). Las penas frente al cáncer que amenaza la existencia de la democracia En términos generales, la corrupción es definida desde una perspectiva jurídica por la concurrencia de tres elementos: el abuso de una posición de poder, la consecución de una ventaja patrimonial a cambio de su acto (judicial, administrativo, etcétera) y también se menciona, aunque no siempre, el carácter secreto del pago (Norberto de la Mata, catedrático español). Las penas varían en los distintos países; en unos son más o menos breves, acompañadas de grandes multas (800 mil euros en Nueva Zelanda), mientras que en otros llegan a la prisión perpetua o a la pena de muerte, como en China. Lo importante, como decía Beccaria, es que sean ciertas y que el que comete ese delito tenga la certeza de que le será aplicada una pena.
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