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  • La paranoia desatada en un pueblo por una serie de ataques con gas tóxico: ¿histeria colectiva o un enigmático “gaseador loco”?

    Buenos Aires » Infobae

    Fecha: 31/08/2025 04:31

    Una foto actuada del Gasero de Mattoon. Nunca se supo quien era y se hizo recreaciones de su imagen tras los relatos de los vecinos El 31 de agosto de 1944, en Mattoon, Illinois, un matrimonio despertó sobresaltado en mitad de la noche. Un olor extraño flotaba en su dormitorio. Dulzón, químico, casi metálico... En cuestión de segundos, el aire se les escapaba de los pulmones. Siguieron mareos, náuseas, ardor en la garganta y una parálisis momentánea de las piernas. No fue un caso aislado. En los días siguientes, docenas de vecinos presentaron síntomas similares y un miedo incontrolable que recorría las calles antes que el supuesto agresor. La idea de una fuga de gas fue la primera en surgir. Algunos hablaron de un accidente industrial, otros de un posible ataque químico (no sonaba raro: Estados Unidos, inmerso en la Segunda Guerra Mundial, enfrentaba amenazas de todo tipo, desde ataques aéreos hasta sabotajes). Pero no había evidencias. Pero algo sí se repetía entre los afectados: noche tras noche, una figura desconocida merodeaba en la oscuridad, rociando un gas por las ventanas y desaparecía en la oscuridad. El miedo, que era suficiente por la tensión de la guerra, encontró una nueva forma de manifestarse. Así nació la leyenda del Mad Gasser de Mattoon, también conocido como el Gaseador Loco: una presencia espectral que mantuvo en vilo a toda una ciudad durante semanas. Aunque nunca se lo identificó ni se comprobó la existencia de un gas real, el fenómeno dejó una marca en la historia del siglo XX. Uno de los tantos comics que contaban lo que los vecinos El pánico Aquella madrugada de agosto, cuando Urban Raef, de la vivienda de Avenida Grant en Mattoon, se despertó a causa de un olor extraño y penetrante fue el inicio. Sintió mareos, debilidad en todo su cuerpo y terminó vomitando. Su esposa intentó levantarse para revisar la estufa, pensando que quizás era una fuga de gas, pero, de golpe, una parálisis parcial en sus piernas le impidió salir de la cama. Más tarde esa misma noche, una joven que vivía cerca vivió algo similar: su hija comenzó a toser de forma intensa y, al intentar ayudarla, notó que no podía mover su cuerpo. Las versiones difieren en detalles y en la hora exacta, pero estos casos fueron los primeros según los registros oficiales del fenómeno que pronto envolvió a la tranquila ciudad de Mattoon en un clima de paranoia. El 1 de septiembre, el caso de Kearney, vecina de la Avenida Marshall, alcanzó mayor repercusión pública. Alrededor de las 23:00, percibió un olor dulce y fuerte en el interior de su casa. Al principio pensó que se trataba de flores del jardín, pero en pocos minutos perdió sensibilidad en las piernas. Asustada, pidió ayuda y su hermana, Ready, notó que ese olor provenía de una ventana abierta. Pasada la medianoche, Bert Kearney, conductor de taxi y esposo de Kearney, regresó del trabajo y vio a un hombre alto cerca de una de las ventanas: vestía ropa negra ajustada y una gorra oscura. Al notar que lo habían visto, escapó. Esa descripción fue difundida por medios locales y se repitió en días posteriores, consolidando la imagen del “Gasero Loco de Mattoon”. En los días siguientes, la cantidad de casos aumentó. Para el 5 de septiembre, se habían notificado al menos seis ataques con patrones similares: un olor químico intenso, síntomas de parálisis, náuseas y ardor en la garganta. Esa noche, los investigadores pudieron encontrar la primera evidencia en la casa de Carl y Beulah Cordes: un paño blanco tirado en el porche. Al olerlo, Beulah sufrió efectos inmediatos: hinchazón facial, ardor bucal, vómitos y debilidad extrema. Junto al pañuelo, había una llave maestra y un tubo de lápiz labial casi vacío. El análisis de la tela no permitió identificar sustancias químicas concluyentes. Eso aumentó el desconcierto y el temor en la ciudad. Con los días, se multiplicaron los relatos sobre pisadas bajo las ventanas, mosquiteros dañados y la presencia de una figura que desaparecía en la oscuridad... La historia en los medios y el susto de las vecinas Una ciudad dispuesta a protegerse A medida que los ataques con gas se multiplicaban en Mattoon, la ciudad entró en un estado creciente de alarma. Los vecinos, temerosos y confundidos, comenzaron a organizar patrullas vecinales para proteger sus hogares durante las noches. Los dichos del hombre alto, vestido con ropa oscura y una gorra ajustada, acechando se convirtieron en una charla cotidiana, alimentando la paranoia colectiva. La policía, abrumada por la cantidad de denuncias y falta de pistas concretas, llamó a la calma y advirtió sobre los riesgos de manejar armas y patrullar sin coordinación y persona a cargo. Los vecinos se formaron en grupos armados, cosa que generó un falso sentido de seguridad como episodios de tensión en las calles. Algunos, cansados y desesperados, estaban dispuestos a enfrentar al supuesto atacante por su cuenta, mientras que otros optaban por evitar salir de noche. La policía, preocupada por posibles enfrentamientos entre vecinos, pidió que desistieran con las patrullas vecinales y reforzó la vigilancia. Pese a eso, los ataques continuaron y la presión sobre las autoridades aumentó cuando varios sospechosos fueron arrestados y posteriormente liberados por falta de evidencias. La desconfianza creció, y con ella, la idea de que cualquiera podía ser el “Gasero Loco” En paralelo, el FBI fue llamado a colaborar en la investigación, intentando determinar la naturaleza del gas y la identidad del agresor. Sin embargo, sus esfuerzos no lograron frenar la oleada de incidentes ni apaciguar los nervios de una comunidad que veía cómo la amenaza invisible acechaba cada noche. Los diarios, por su parte, intensificaron la cobertura, mezclando información confirmada con rumores y teorías especulativas, lo que solo incrementó el pánico generalizado y la sensación de inseguridad. El fenómeno trascendía el ámbito policial y comenzaba a afectar la vida social y económica de Mattoon. El caos organizado se tradujo en un pueblo dividido entre miedo, vigilancia y sospechas que alcanzaron a amigos y vecinos. La desconfianza creció, y con ella, la idea de que cualquiera podía ser el “Gasero Loco”. La ciudad, paralizada por el miedo, se transformó en un escenario donde las noches eran territorio de guardias improvisados, donde cada sombra era vigilada y cada sonido, sospechoso. Mattoon vivía inmersa en una espiral de terror generalizado y la necesidad de seguridad chocaba con la impotencia ante un misterio que parecía no tener solución. La cobertura en los diarios A medida que las denuncias de ataques se multiplicaban, la policía comenzó a minimizar el fenómeno, atribuyendo los incidentes a temores colectivos y explicaciones químicas convencionales. El jefe de policía C.E. Cole instó a la comunidad a actuar con moderación, mientras que el FBI investigaba sin lograr identificar un culpable real. La falta de evidencia tangible y la ausencia de un sospechoso detenido alimentaron el escepticismo oficial, lo que llevó a muchos a pensar que el “Gasero” era más el producto de la ansiedad social provocada por la Segunda Guerra Mundial que una amenaza concreta. Sin embargo, para los habitantes de Mattoon, el miedo persistió. Nuevos testimonios de personas que experimentaron síntomas extraños y las diversas descripciones del supuesto atacante –en su mayoría vagas y contradictorias– seguían alimentando el enigma. Algunos incluso llegaron a sugerir que el Gasero podría ser algo paranormal. Con el tiempo, el caso fue perdiendo protagonismo en los medios y cayendo en el olvido de las autoridades, hasta que casi se desvaneció de la memoria del pueblo. Sin embargo, la leyenda del Gasero de Mattoon perdura hasta hoy.

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