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Buenos Aires » Infobae
Fecha: 30/08/2025 04:59
Un joven de 24 años que le dolía la cabeza, un médico que no supo escuchar y una agonía de nueve días: una historia de mala praxis Una mamá sabe. Y Gabriela Covelli comprendió de inmediato que lo de su hijo Nicolás era mucho más que un simple y repentino dolor de cabeza. Lo dijo una dos, tres, veces. Incontables veces. Pero el médico que atendió a su hijo no le prestó atención. Tampoco escuchó a ese joven de 24 años cuyo cuadro se fue agravando con el correr de las horas, sin que nada lo impidiera. Apenas nueve días después Nicolás murió. Ese mismo día -con el dolor en carne viva, como todavía lo siente hoy-, Gabriela tomó una foto de su hijo y escribió una frase encima: “Si tu vida derramó tanto amor, que tu partida sirva para salvar a otros”. Comenzaría entonces su lucha, que se convirtió en su motor: “Es la razón para levantarme todas las mañanas. Y es el lugar donde encuentro a Nicolás”, confiesa. Terminaría fundando una ONG, llamada Por la vida y la salud, integradada por más de 400 familias que fueron víctimas de mala praxis. Y nueve años después Gabriela todavía carga con su dolor. Lo hará siempre. Pero ya no busca ninguna respuesta: la encontró hace tiempo. La Justicia le dio la razón: el doctor Ricardo Cap fue responsable de la muerte de su hijo. “A una madre le dice que su hijo tiene angina y una contractura muscular. Y muere a los nueve días”, lamenta Gabriela, porque aunque una mamá sabe, hay cosas que jamás comprenderá. “Quiero apoyar mi cabeza en la almohada sabiendo que luché hasta el último día de mi vida para que esto no vuelva a pasar. No quiero sentir que me lo quitaron en vano”. Nicolás tenía 24 años y todo empezó con un fuerte dolor de cabeza. —Hasta ese momento, ¿cómo era la vida con Nicolás? —Soy separada, pero me llevo muy bien con el papá de mis dos hijos, Agustín y Nicolás. Los dos son excelentes hijos, excelentes hombres. Agustín estudiaba para guardavidas. Nicolás, ¿qué no estudió? Se recibió de timonel. Fue martillero público, tenía su propia inmobiliaria. Era profesor de inglés. Y era la persona con más ganas de vivir que he conocido. Era súper cariñoso, por eso tanta gente lo quiere. Van a ser nueve años desde que murió y la gente lo sigue recordando. Se lo ganó, porque era todo amor. —Y un día, ¿qué pasó? —Un sábado a la tarde me mandó un audio: “Mamá, me duele la cabeza, ¿tenés un Actron?”. Al otro día se levantó y me dijo: “Me sigue doliendo la cabeza”. Entonces llamamos a un médico, que era un amigo de la familia. Primero lo medicó por teléfono, después le pedí que por favor lo atienda y lo llevó al consultorio. No hizo la revisación como debía hacerla, y esto lo dijeron los peritos. “Estás estresado”, le dijo, y le palmeó el hombro. Y encima Nicolás le agradecía que lo haya atendido un domingo... Lo siguió atendiendo el lunes y lo inyectó varias veces con Diclofenac y Diazepam. —¿En ese momento, lo que tenía era mucho dolor de cabeza y nada más que eso? —Era mucho dolor de cabeza, que no cedía a los potentes analgésicos que el médico le daba. El lunes arrastraba las piernas al caminar, y ahí me empecé a asustar mucho. —¿No tenía fiebre? —Sí, tenía. Pero quizás tenía más fiebre de la que le marcaba el termómetro porque como le estaba dando Diclofenac y Diazepam, eso baja la fiebre y esconde el cuadro. Recién el martes, porque se lo supliqué, (el médico) le hizo una tomografía, un examen de sangre y un exudado de fauces, todo indicado por mí, porque era lo que se me ocurría: pensé que Nicolás tenía un tumor. ¿Qué imagina uno cuando a uno le duele tanto la cabeza y no se le va? Nicolás se acostaba en la reposera y no se podía mover, se agarraba de las paredes para caminar. —No era un dolor de cabeza: acá pasaba otra cosa. —Era clarísimo. Y lo han explicado los peritos: era un dolor de cabeza que no cede a potentes analgésicos, y lo habían inyectado por lo menos tres veces en menos de dos días. (El médico) leyó el análisis de Nicolás, que daba más de 20.000 glóbulos blancos, otra pauta de alarma. Había tenido un vómito a chorros. Y tenía otras cuestiones en el análisis que son muy técnicas, pero para los médicos: tres neutrófilos encallados. Y ahí dijo: “Se nos juntaron dos diagnósticos, tiene un estrés, una contractura en la base del cráneo, y una angina”. Y lo inyectó con penicilina de un millón y medio, y a Nicolás, el exudado le había dado negativo. Lo mandó a mi casa y me dijo que le siga dando penicilina. —Nada de todo ese diagnóstico justificaba, por ejemplo, el vómito: ni el estrés, ni a la contractura, ni a la angina. —Nada justificaba nada porque Nicolás tenía una meningitis bacteriana. —Pero llegás a tu casa con Nicolás con esos tres diagnósticos. —Lo primero que la gente dice es por qué no lo llevé a otro médico. Porque uno confía en el médico al que va. Y era un médico: yo no lo llevé a un curandero. Ya lo aprendí, pero en ese momento, lo que me decía era palabra santa. Ahora, cuando ya vi que Nicolás estaba cada vez peor... En un momento nos abrazamos, lo miré y le dije: “No sé dónde más ir, no sé qué hacer”. Ni siquiera los antitérmicos le bajaban la fiebre. Me dijo que veía borroso. Y vi la peor imagen de mi vida, que se llama un exoftalmos lateral: se le empezaron a inflar las órbitas de los ojos. Empecé a gritar, a llamar al médico: “¿Qué hago? Te dije que esto no era normal, que tenía un tumor". El médico me dijo que lo ponga en la bañera. En ese momento Nicolás dijo: “Mamá, me están cascoteando el barco”. Y fue lo último que dijo... Lo sacamos de la bañera y quedó duro, así, en la cama. Llegó el médico, y le pegaba en el cuerpo. “Dejá de pegarle”, le digo. Lo subimos a un auto. Mi casa estaba a media cuadra de un hospital, pero siguió. Llegó a Pinamar, pasó por otro hospital y siguió. Llegó a la clínica donde él atendía y podía hacer lo que él quisiera, y desde ahí quiso meter a Nicolás en un hospital público, pasando por encima de todo protocolo: en lugar de llamar a la guardia, llamó directamente a unidad de terapia intensiva para entrar a Nicolás. —¿Qué había dado la tomografía que pediste? —Que tenía una sinusitis mal curada. “Nunca vi que Nicolás tuviera ni alergia ni sinusitis”, le dije. —¿Qué estudio tendrían que haber pedido para ver la meningitis? —Una punción lumbar. Y según los peritos, en el mismo momento en que le hizo la tomografía, el martes a la mañana, debió haberlo internado. Nunca lo debió haber dejado salir. —En el hospital de Pinamar, ¿qué pasa? —Viene la médica de guardia, lo mira y dice: “¿Qué hiciste? Tiene un cartel así que dice meningitis”. Yo me enojé mucho con esa médica, porque ella no podía entender cómo pasé de una angina a lo que me decía. Pero hoy se lo agradezco porque sino, la denuncia hubiera sido contra el hospital. La médica fue muy cautelosa: entró, pidió la historia clínica, y no tenía nada él. Cinco minutos después salió: “Quiero que sepas algo, tu hijo está gravísimo”; “¿Qué querés decir con gravísimo?”; “Que puede morirse”. Y la verdad es que la traté muy mal porque no podía entenderla... Le hicieron la punción y los médicos salieron por última vez y me dijeron que no había ninguna posibilidad, que Nicolás estaba en coma, que tenía daño cerebral irreversible. Que era como un barco sin timón, que estaba intubado, que lo iban a poner en terapia intensiva. Yo preguntaba qué podía hacer. Y nada, no podía hacer nada. —¿Qué hospital era? —El Hospital Público de Pinamar. El jefe de la terapia intensiva, el doctor Roger, salió y dijo: “No puedo hacer nada por Nicolás, ni por vos. No hay ninguna posibilidad”. Entonces le digo: “Si no hay posibilidad, ¿por qué le estás dando antibióticos?”. Me dijo: “Porque es mi obligación hacerlo. Y lo único que puedo hacer es abrir las puertas de terapia intensiva y que lo acompañes todo el tiempo que sea posible, vos y toda la gente que quiera verlo”. Y Nicolás le jugó una muy mala pasada porque era muy sano y duró nueve días impecable. Así que en esos nueve días fueron todos sus amigos, su familia, con muchísimo respeto porque no queríamos molestar a nadie. Yo no salí de adentro de la sala de terapia intensiva. ¿Y en todo ese tiempo, sabés lo que vi? Vi médicos que no era el chico de la cama 4: era Nico. Lo bañaban todos los días, me enseñaban a pasarle la crema, a hacerle los masajes para que no se formen escaras. Sabían que nunca se iba a levantar de ahí. Pero a mí me hacía bien hacerlo. La Justicia responsabilizó al médico Ricardo Cap por la muerte de Nicolás Covelli. —¿Vos entendías que él no se iba a despertar o en algún lugar uno dice…? —Yo entendía que él no se iba a despertar. Pero también entendía que uno nunca sabe de qué dependen las cosas, porque nunca pensé que se iba a morir tan joven. —¿Le dijiste en esos días todo lo que querías decirle? —Si hay algo de lo que estoy en paz es que no me quedó nada por decir. A mis hijos les dije “te amo” a cada minuto, todos los días. Siempre dije que de profesión, soy mamá. Mi título de abogada es un elemento para trabajar. Y no me quedó nada por decirle a él. —En terapia intensiva me enseñaron que hay que dejarlos ir en algún momento también. ¿Le diste permiso? —No... Son frases que se dicen. Aun cuando pasan muchos años y la gente te dice: “Dejalo ir, dejalo ir”, es imposible. Soy tan egoísta que necesito tenerlo conmigo. Duermo en la habitación de Nicolás, lo nombro todos los días de mi vida. Y lo que he logrado este último año es nombrarlo con anécdotas felices: no recordar tanto aquel momento en que partió, sino los 24 años que me regaló, de tanta felicidad y tanto amor. El privilegio de que haya sido mi hijo. —¿Cómo fueron los días siguientes a la muerte de Nicolás? —Alienantes... Lo esperaba llegar. No podía creer que era verdad lo que había pasado, que era cierto. Lo esperé yo, lo esperaba su perro, sentado, a que entre el auto. —¿Cómo estaba su hermano, Agustín? —Muy mal. Al principio nos peleábamos mucho hasta que un día él me gritó: “Vos no entendés. A vos se te murió un hijo pero a mí se me murió un hermano, una mamá y un papá”. Y vi tanta razón en sus palabras que dije: “Tengo que poder. De alguna manera tengo que poder”. La Ley Nicolás busca prevenir casos de mala praxis y mejorar la atención médica en Argentina. —¿Y qué sucedió con el médico que lo había atendido? ¿Apareció, se comunicó? —Se acercó los primeros tres días y nos mentía: nos decía que si pasaba esa noche teníamos muchas posibilidades. Fue tan cínico que nos tuvo ahí, esperando a que lleguen las seis de la mañana, porque si a esa hora le bajaba la fiebre podía salvarse, cuando todos los médicos nos decían que no había posibilidad. Y no la había. —¿De dónde lo conocían a ese médico? —Era un amigo de la familia. Vivía en Pinamar. Lo conocí a través de unos vecinos suyos, que eran abogados. —¿Y en qué momento lo encaraste? —Cuando murió Nicolás fui al hospital a buscar la historia clínica. Vi a los médicos llorando detrás de las columnas. Y escuché a una de las médicas decir: “¿Por qué? Cualquiera lo hubiera punzado“. Entonces empecé a preguntar, y es como que nadie me quería decir. Viajé a Neuqué y vi a mi primo, que es médico clínico. Le mostré todo y me enseñó cómo le tenía que preguntar a los médicos eso que yo quería saber. Y que sí, que era una mala praxis aberrante la que había cometido. Fuimos a ver a una perito, la mejor persona que he conocido: la doctora Silvia González Ayala, una médica infectóloga muy conocida. Y cuando me dio el informe, mi abogado me miró y me dijo: “¿Por qué llorás?”. “Porque hubiera sido más fácil aceptar que este era el momento, y no que tenía muchos años y que alguien lo privó de esos años. Que hubiera muerto porque sí, y no por culpa de alguien que no lo supo curar”, le dije. —¿Por qué sentís que eso te hubiera tranquilizado? —Porque las cosas tienen un rumbo, y yo imaginaba mi destino con una familia hermosa, con nietos, con Nico con hijos. Ahora, eso solo lo puedo imaginar. Y al mismo tiempo, con Nico también morí un poco yo, o la que era. —Gabi, ¿vos entendés que hiciste todo lo que podías hacer? —Sí, pero todas las familias que están en la ONG sentimos la misma culpa: que debíamos hacer más. Todos te van a contestar lo mismo: “¿Por qué no fui al otro médico? ¿Cómo no me di cuenta?”. Por años mi cabeza me torturó pensando por qué confié en ese médico. —Vos hiciste todo lo que podías hacer, Gabi. —Te juro que hubiera dado mi vida por él. —¿Ya habías decidido iniciar un camino legal o primero querías entender lo que había sucedido? —Primero quería entender por qué había muerto. Cuando entendí por qué, los senté a Agustín y al papá y les dije lo que quería hacer: una causa penal para encontrar la responsabilidad de los actos. Nicolás no tiene precio, no tiene un valor: no estoy de acuerdo con los juicios de daños y perjuicios. De hecho, no lo hice: no quería plata, quería justicia. Y además, quería empezar una lucha para que semejante pérdida sirva para algo. Pero que esa lucha tenía que ser absolutamente pacífica: sin grafitis, sin insultos, sin romper, y con la ley, pidiendo a nuestras autoridades que esto no vuelva a pasar. Porque pasa muchas veces. —¿Se hizo el juicio? —Sí. Duró ocho años: arrancó en el 2017 y terminó en el 2004. (El médico) fue acusado de homicidio por dolo eventual. —¿Y cómo salió? —Como les dije a los jueces que iba a salir: lo condenaron a tres años. No estoy de acuerdo con la condena: la apelé, está en la Cámara de Casación. Yo hasta podría perdonar a un médico que, sin querer, se le va la mano y corta una arteria equivocada. Es un ser humano. Pero no puedo perdonar a una persona que no escucha a su paciente, a su madre, que solo lo medica, lo medica y lo medica, y al que le gana su orgullo. —¿Quedó comprobado que ese médico fue el responsable de la muerte de Nicolás? —Sí. Él sabía lo que estaba pasando con mi hijo y lo quiso esconder. No fue una simple negligencia. Esto no fue un error. —¿Cómo quiso esconderlo? —Quería poner a Nicolás directamente en la unidad de terapia intensiva violando hasta el Código de Ética, que dice que de lo privado no se puede poner en riesgo un hospital público. —¿Está inhabilitado para ejercer la medicina? —Sí, por seis años, el doble de la condena. Pero todavía no la cumple porque la sentencia no está firme. —Desde la ONG impulsan la Ley Nicolás. ¿De qué se trata? —Habla de un montón de puntos de prevención, de escuchar al paciente, de reconocer los errores. Y de que se haga una estadística en la Argentina de cuántas muertes de este estilo tenemos. Que los médicos deben trabajar hasta ocho horas, porque necesitamos médicos descansados y bien pagos. En el 2003 el proyecto fue aprobado por unanimidad en la Cámara de Diputados. En el 2004 pasó a la Cámara de Senadores. Necesitamos que hagan una sesión y la aprueben. Y que los senadores entiendan que no es en contra de los médicos: muchos médicos la apoyan. No estamos en contra de los médicos: estamos a favor de la vida, de la salud, de los médicos de excelencia. —¿No hay estadísticas de mala praxis en la Argentina? —No existen. Existen a nivel mundial, en la Organización Mundial de la Salud. Dicen que en un minuto mueren cinco personas por fallas del sistema de salud. En un minuto...
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