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  • Vida de chacra, aulas y sueños: así se construye el día a día en las Escuelas de la Familia Agrícola

    » Elterritorio

    Fecha: 29/08/2025 01:52

    La EFA San Bonifacio de Aristóbulo del Valle y el Instituto Palabras del Alma de Pozo Azul forman a sus estudiantes con prácticas agrícolas y tareas comunitarias que buscan fortalecer el arraigo rural y abrir oportunidades de futuro a los jóvenes de la chacra jueves 28 de agosto de 2025 | 23:43hs. Fotos: Marcos Isaac En las Escuelas de la Familia Agrícola (EFA) los días empiezan temprano. Antes de que el sol se afirme en lo alto, los estudiantes ya están en movimiento: arreglan su cama, su dormitorio, limpian el comedor, lavan los platos. “Nosotros no tenemos portero ni empleada, todo lo hacen los chicos en grupos de trabajo. Es parte de la formación”, explicó Mónica Rau, rectora de la EFA San Bonifacio, en Aristóbulo del Valle. Y enseguida agregó: “No se trata sólo de aprender en las aulas, acá cada actividad de la vida cotidiana es parte del proceso educativo”. Las EFAs son internados mixtos, en los que varones y mujeres conviven de lunes a viernes bajo un sistema de alternancia. La rutina diaria tiene teoría, práctica agrícola y organización comunitaria. La idea es sencilla y potente: formar jóvenes capaces de emprender, producir y valorar lo que tienen en sus chacras, sin necesidad (si así no lo desean o no está en sus posibilidades) de emigrar a las ciudades para encontrar oportunidades. Un aula que también es chacra La EFA San Bonifacio cuenta con cuatro hectáreas donde funcionan sectores de huerta, vivero y chacra. Allí los estudiantes trasladan lo aprendido en las clases teóricas. “Tenemos materias agrícolas específicas. Primero se da el contenido en el aula y después salimos a practicar: a la chacra, a la huerta o al vivero. Se trata de que los chicos apliquen lo que aprenden en la teoría”, detalló Rau a El Territorio. En Pozo Azul, donde funciona desde 2021 el Instituto Palabras del Alma, que está bajo la dirección de Adriana Schenkel, la dinámica es parecida. Aunque más joven, la escuela replica el mismo espíritu. “Para nosotros es muchísimo recibir herramientas, porque empezamos de cero, sin nada. A veces tenemos dos o tres palas y son sesenta alumnos, no damos abasto. Estas entregas se valoran mucho porque todo lo que recibimos va directo a los sectores productivos”, dijo, haciendo referencia a las herramientas recibidas ayer de manos del Servicio Provincial de Ensenanza Privada (Spepm). Los espacios de trabajo son múltiples: huerta, vivero, sala de industrias, sector avícola con gallinas ponedoras y parrilleras, además de conejos y codornices. “En segundo año, por ejemplo, en la materia Industria elaboramos mermelada con lo que tenemos en la huerta o con lo que los chicos traen de su casa. Así aprenden a darle valor agregado a los productos y a ver que lo que tienen en la chacra también puede generar ingresos”, explicó Schenkel. Uno de los puntos que ambas rectoras subrayan es que el modelo EFA busca que los jóvenes reconozcan la riqueza de sus chacras familiares y se sientan capaces de vivir de ellas. “A veces creen que no tienen nada, pero en realidad es mucho lo que tienen ahí para producir. La institución busca darles herramientas para valorar eso y permanecer en sus comunidades”, dijo Schenkel. Rau lo confirma desde su experiencia en Aristóbulo: “Los egresados salen con conocimientos para emprender. Pueden ser asistentes técnicos agropecuarios, operarios apícolas o trabajar en producción frutihortícola. También tienen formación en informática. Muchas empresas de la zona nos llaman para pedir egresados porque saben que acá los chicos aprenden a trabajar”. Una vida compartida La vida en internado imprime un sello particular. Los chicos aprenden a producir, a convivir, organizarse y asumir responsabilidades desde el primer año. “Cuando llegan, muchos no saben distinguir una planta de perejil o cómo escurrir el piso. Con el acompañamiento de los docentes, de a poco aprenden todo: desde lavar un plato hasta manejar una huerta. Después de cinco años, salen siendo adultos funcionales, capaces de desenvolverse en cualquier ámbito”, explicó Rau. En Pozo Azul, Schenkel lo ve de la misma manera: “El aprendizaje no está solo en los libros. Está en cuidar a los animales, plantar un árbol nativo, cocinar con lo que producen. La escuela es un espacio donde lo que traen de su casa también se transforma en conocimiento y en oportunidades”. Las dos rectoras coinciden en que lo que falta muchas veces son recursos. “Nosotros ya venimos trabajando con robótica, tenemos docentes que se capacitaron en TIC y en taller rural, pero por ahí nos faltaban las herramientas para aplicar todo ese conocimiento”, cuenta Rau. Schenkel coincide: “Con tan poco se hace mucho, pero cuando llegan estos apoyos -como el recibido ayer- sentimos que podemos crecer un poco más y dar a los chicos lo que merecen”. Aprender a permanecer En las EFAs, cada día parece una coreografía que equilibra disciplina y creatividad. Se estudia, se produce, se limpia, se cocina, se experimenta. No es un simple bachillerato con orientación agrícola: es una propuesta de vida comunitaria que intenta darle un futuro a los hijos de agricultores y trabajadores rurales. Quizás por eso, como resume Rau, estas escuelas son buscadas por las familias: “Porque saben que acá los chicos no solo estudian, aprenden a hacer, a convivir y a trabajar”. Al final del día, cuando cae la tarde en la chacra escolar y los chicos se reúnen para cenar lo que ellos mismos ayudaron a producir, lo que queda claro es que las EFAs no enseñan solamente oficios. Enseñan a habitar un mundo.

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