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Concordia » Diario Junio
Fecha: 13/04/2025 16:03
Nadie ya se bañaba, solo un chico descalzo ponía los pies en el agua, atento a su mojarrero. Miro para el lado del puerto y es, en realidad, una hilera de pequeños pescadores que observan hipnóticos la suerte de sus líneas. Sus rostros distendidos se mueven apenas para recibir un mate silencioso. Dos perros no alcanzan a romper la tranquilidad, aun cuando se corren desaforados, barren el agua como un lanchón, se sacuden y continúan jugando divertidos. Veo todo eso periféricamente, mientras alterno la lectura. Sobre Oesterheld, su talento, su creatividad extraordinaria para escribir guiones de historietas increíbles, únicas; su vida familiar plena de afectos, su esposa Elsa y sus cuatro hijas, bellísimas, inteligentes, sencillas; las reuniones en la casa de Beccar, en la que comienza El Eternauta; los amigos entrando y saliendo, riendo, charlando, viviendo felices… Siento el deseo de apoyar mis pies en la arena y la perspectiva de caminar después con barro en las zapatillas me hace desistir. Me lo reprocho, digo: renuncio a ese placer por tan poco. Sigo viendo que la arena está mojada, por las lluvias de estos días. La luna sale redonda, imponente, silenciosa, tendiendo una alfombra de perlas sobre los pocitos azules del río, ese “cielo azul que viaja” y que parece detenerse, sigiloso, se despierta de nuevo y hace olas, porque la lancha naranja que viene de Salto encalla en el puerto. El río, el muelle, la luna, la barca hacen una postal hermosa, y me impulsan, ciego, capturado, a fotografiarla, apurado, temeroso de que se esfumen efímeras. Vuelvo a Oesterheld. El Eternauta es una obra maestra que se puede leer en clave histórica o actual: esa nevada mortal que cae sobre Buenos Aires, esa invasión de los “Ellos” que se enfrenta entre todos, sin líderes mesiánicos, en la que solo talla en la lucha el héroe colectivo, el pueblo solidario y amoroso. Esa solidaridad, esa generosidad y entrega que Héctor Oesterheld y sus cuatro hijas, y dos de sus yernos, unas décadas después encarnan, como si fueran personajes salidos de su historieta, en la Militancia Revolucionaria… Un viento sorpresivo, inesperadamente, me sacude y tiemblo de frío. Miro al cielo y una bandada de biguás se recorta en el celeste horizonte y dibuja una «<» que es una victoria inclinada sobre el viento y los predadores, un vuelo cooperativo y asociado que los defiende y beneficia la supervivencia, con el que hacen, todos juntos, contra las adversidades, comunidad. Naturalmente, el otro es parte, subsidiaria, de cada destino. Es un espectáculo maravilloso que, solo por la costumbre, miramos de soslayo. Héctor Oesterheld y sus hijas pasan a la clandestinidad y el terror los acorrala, pero no ceden un céntimo del compromiso con sus ideales, por un mundo mejor, por el que luchan… Aunque está fresco, me dan ganas de bañarme. Me detengo porque el río está sucio, ultrajado. Recuerdo mi infancia, en la que sobraban bañados, arroyos y playas donde zambullirse. Cada vez que paso por el Puente Alvear no entiendo cómo, no creo que debajo, en sus aguas, pasamos tardes memorables, nadando y pescando; que sea un sueño del pasado: Camba Paso, las arenas blancas, las aguas limpias, la vegetación espesa, verde, intrincada… Solo un bellísimo y nostálgico recuerdo, contaminado por la mano del hombre, el verdín de un lago artificial en cambio de los majestuosos saltos de un río tajeado en su corazón por la represa, por la mano del hombre, criminal de su ambiente. Héctor Oesterheld, sus cuatro hijas y dos de sus yernos fueron secuestrados, torturados y desaparecidos. Elsa, exesposa de Héctor, madre de las chicas, sospecha de dos nietos apropiados porque dos de ellas estaban embarazadas. Los “Ellos”, la Maldad Metafísica, le ganó la batalla. En este momento me cuesta avanzar en la lectura. Es muy difícil digerir la crueldad, la destrucción, la muerte… El río anochece y se pone negro, turbio. Desaparece su vitalidad y frescura. Entonces, de a poco, sacudo mi sillón, cierro la revista y me alejo.
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