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Buenos Aires » Infobae
Fecha: 05/04/2025 02:31
Lucrecia vive en Capital Federal y estudia Publicidad en la Universidad Argentina de la Empresa (UADE) Lucrecia Fernández Bordos no se acuerda de haberle abierto la puerta de su casa al chico con el que había arreglado su primera cita la noche del 16 de enero pasado. Tampoco recuerda haber estado con sus amigas en la pileta esa tarde, ni haber ido a la peluquería por la mañana. Su memoria hace un salto y recién vuelve a encenderse quince días después, cuando se despertó en una clínica, conectada a varios cables, con su papá sentado al lado de la cama, observándola en silencio. —¿Qué me pasó? —le preguntó. —Tuviste un ACV, hija —le contestó. El diagnóstico la sorprendió tanto como a quienes la rodeaban. Aunque poco frecuente a su edad, en Argentina se produce un ACV cada cuatro minutos. Esto sucede cuando el flujo sanguíneo al cerebro se ve interrumpido, ya sea por la obstrucción de una arteria (ACV isquémico) o la ruptura de un vaso sanguíneo (ACV hemorrágico) dentro o en la superficie del cerebro. Si bien el 80% de los casos es prevenible, Lucrecia no podría haberse anticipado al suyo: según le explicaron los médicos, se generó a partir de una “malformación vascular congénita”. El resultado fue un accidente cerebrovascular hemorrágico que, gracias a la reacción rápida y al cuidado adecuado, no le dejó secuelas. “La saqué ‘barata’. Nunca me hubiese imaginado que iba a tener un ACV a los 25 años. Igual, a la distancia, siento que hubo algunas señales a las que no les di la importancia que merecían”, reconoce en charla con Infobae y se dispone a repasar las semanas previas al episodio que, asegura ahora, cambió su forma de ver la vida. Lucrecia pasó tres semanas internada en la Clínica Adventista de Belgrano Las señales que pasó por alto Hasta que tuvo el ACV, la vida de Lucrecia era como la de cualquier joven de su edad: estudiaba Publicidad en la UADE, hacía una pasantía como Community Manager en una empresa y compartía salidas con sus amigas. Pero en diciembre de 2024, esa rutina empezó a mostrar indicios de que algo no andaba bien. Por un lado, el trabajo la tenía agotada: el trato era pésimo, el clima laboral tóxico y, aunque no cumplía una jornada extensa, anímicamente la situación la desbordaba. Por el otro, atravesaba la etapa de cierre del cuatrimestre. “Tuve que preparar y rendir varios finales. Estaba muy estresada”, dice. Fue también en esos días cuando notó algo más: un derrame en el ojo. “Me acuerdo de que le mandé una foto a mi tío, que es médico, y le dije: ‘¿Tengo que preocuparme?’. No recuerdo bien qué me contestó, pero como yo sabía que el estrés podía provocarlo, se lo adjudiqué a eso y no fui a hacerme ver”, explica. En diciembre tuvo un derrame en el ojo En enero, Lucrecia viajó con sus amigas a Praia do Rosa, en Brasil. Ahí, recuerda, comenzaron los dolores de cabeza. “Al principio se los atribuí al estilo de vida que estaba llevando: pasaba todo el día al sol en la playa y dormía bastante mal. Además, mis amigas también estaban con temas de salud: una tenía laringitis, otra una ‘tos de perro’. Creí que me había contagiado”, dice. Hasta que una de las últimas noches, después de una salida, el panorama empeoró. “Empecé a ver como si tuviera una mancha de agua dentro del ojo. Fue un rato nada más. ‘Me bajó la presión’, pensé. Como seguía con dolor de cabeza, tomé un ibuprofeno 600 y me fui a dormir deseando que se me pase”, recapitula. Pero al día siguiente el dolor continuó. Lucrecia admite que, por su alta tolerancia al dolor, no notó una diferencia sustancial entre esas jaquecas y otras que había tenido antes. Aun así, reconoce que llegó a asustarse: “Si eso me pasaba en Buenos Aires, hubiera ido al médico. Pero en Praia do Rosa me parecía una complicación: el hospital más cercano estaba a 90 kilómetros, en Florianópolis. Por un dolor de cabeza fuerte, sentí que no tenía sentido viajar una hora y media en auto hasta allá”. Dos días después, ya de regreso en Capital Federal, todos esos síntomas cobrarían otro sentido. Lucrecia y sus amigas, Belén, Angie y Josefina, en Brasil “No me acuerdo de nada” A su vuelta, aprovechando que su mamá estaba de viaje, Lucrecia arregló su primera cita con un chico que había conocido en una fiesta semanas atrás. “Lo había visto una sola vez en mi vida. Veníamos charlando por redes, pero apenas lo conocía”, cuenta. Según pudo reconstruir, aquel jueves 16 de enero, él llegó a su casa cerca de las 21 y tocó timbre. Ella le abrió la puerta, le ofreció un vaso de agua y se pusieron a conversar. “Pasaron 15 minutos, nos estábamos dando un beso y, de repente, me agarró un dolor de cabeza tremendo”, detalla, a partir de lo que le contó él. Lo que sucedió después podría haber sido la escena de una película. Lucrecia empezó a marearse y a vomitar de forma violenta. “Fue un ‘vómito en proyectil’, como le dicen los médicos: salía con una fuerza impresionante. Vomitaba, perdía el conocimiento y volvía en mí. En el medio de todo eso, lo acusaba de haberme drogado y le pedía que llamara a mi papá. Estaba desesperada”, relata. A pesar del susto, el joven reaccionó con rapidez: llamó al padre de Lucrecia y al Sistema de Atención Médica de Emergencias (SAME). En menos de una hora, estaba internada y, tomografía mediante, con un diagnóstico: había sufrido un ACV hemorrágico. "Mis amigas me decían: ‘Te fui a ver a la clínica y hablamos’, pero yo no me acuerdo”, dice Lucrecia sobre los primeros quince días de internación “¿Qué me pasó?" Lucrecia pasó tres semanas en la Clínica Adventista de Belgrano. No llegó a estar en coma, dice, pero la cantidad de analgésicos que le suministraron le impidieron registrar con claridad lo que pasaba a su alrededor. “Mis amigas me decían: ‘Te fui a visitar y hablamos’, pero yo no me acuerdo”, explica. Recién comprendió lo que le había ocurrido quince días más tarde. “Me desperté y tenía una vía en el brazo y el cuerpo lleno de cables. Miré al costado, lo vi a mi papá y le pregunté: ‘¿Qué me pasó?‘. Cuando me contó que había tenido un ACV entré en shock”, cuenta. Su primer impulso fue chequear si podía moverse sola. “Recuerdo que tenía una sonda para hacer pis, pero necesitaba saber si podía levantarme y caminar. Los médicos me decían que sí, pero yo quería comprobar que tenía motricidad. Tenía miedo de haber quedado con alguna secuela”, asegura. Su temor tiene lógica: según la Organización Mundial de Accidentes Cerebrovasculares, el ACV constituye la segunda causa de muerte y la primera de discapacidad a nivel mundial, ya que afecta a 1 de cada 4 personas en el mundo. Durante los últimos años, incluso, se comprobó que no es exclusivo de los adultos mayores: hay un aumento preocupante de la incidencia de ACV en menores de 50 años. Es importante actuar con rapidez frente al ACV: llamar al sistema de emergencias local o al 107, no dejar sola a la persona y trasladarla a un centro con neuroimagen Ante un caso así, es inevitable hacerse preguntas: ¿puede un dolor de cabeza fuerte ser un signo de alarma? ¿Y un derrame en el ojo? ¿Qué tan comunes son los ACV en personas jóvenes y sin antecedentes? De acuerdo con el doctor Alejandro Andersson, neurólogo y director médico del Instituto de Neurología Buenos Aires (INBA), en personas jóvenes que no presentan factores de riesgo clásicos —como hipertensión o consumo de sustancias— el accidente cerebrovascular suele estar asociado a malformaciones vasculares congénitas. “En situaciones como esta, la acción rápida es clave para evitar consecuencias graves. Cuando hay síntomas compatibles con un ACV —dolor de cabeza súbito e intenso, alteraciones en el habla o la conciencia— hay que actuar de inmediato: llamar al sistema de emergencias local o al 107, no dejar sola a la persona y trasladarla a un centro con neuroimagen. Que Lucrecia haya llegado en poco tiempo a una clínica permitió hacer una tomografía y detectar el origen del sangrado. Eso evitó complicaciones como hipertensión intracraneal o re-sangrado”, explicó Andersson a Infobae. Y agregó: “Este caso, aunque inusual, es una alerta sobre la importancia de no subestimar síntomas como una cefalea intensa. Su testimonio puede ser una herramienta valiosa para generar conciencia”. Lucrecia post ACV con sus amigas Clara, Barbie, Mora y Sofía Dos meses y medio después Finalmente, el 7 de febrero Lucrecia recibió el alta médica. Aunque su recuperación fue buena y rápida, todavía tiene un pequeño coágulo en el cerebro. Frente a eso, explica, el equipo que la atendió está evaluando realizarle una intervención el próximo 24 de abril. Mientras tanto, tiene ciertas restricciones: no puede hacer grandes esfuerzos, manejar largas distancias, viajar en avión o quedarse sola por mucho tiempo. “Tengo que acostumbrarme a este nuevo estilo de vida, más tranquilo. Los médicos creen que puede haber sido una mezcla entre el estrés y la despresurización del avión. Todo eso, sumado a mi malformación”, dice. Aun así, agradece cada paso que puede dar y el amor recibido de parte de sus seres queridos. “Nunca me sentí tan querida como cuando estuve internada. Todo el mundo me mandaba mensajes y me venía a ver. Sé que suena cliché, pero si algo me enseñó todo esto fue a valorar las pequeñas cosas: poder levantarme y lavarme los dientes sola. Cosas simples que antes no veía”, reflexiona. —¿Y qué pasó con el chico? ¿Volvieron a verse? —Mientras estuve en el hospital, él estuvo bastante pendiente: me mandaba mensajes y preguntaba cómo estaba. Cuando recobré un poco más la conciencia, le pedí que me contara en detalle lo que pasó esa noche. “Necesito saber todo”, le dije. Más adelante, hablamos para vernos, pero nunca se dio. A mí hubiera gustado que se concrete, más que nada, para darle las gracias personalmente. Entiendo que quizás él no quiera ponerse en el rol de héroe, pero fue una persona muy importante. Si no hubiese actuado tan rápido, no sé si la contaba. Mis amigos y mi familia me decían: “Fue tu ángel en ese momento”. No sé si le arruiné la vida, si querrá volver a tener otra cita, pero definitivamente le di la mejor anécdota que va a tener para contar.
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