04/04/2025 21:10
04/04/2025 21:07
04/04/2025 21:06
04/04/2025 21:03
04/04/2025 21:02
04/04/2025 21:00
04/04/2025 21:00
04/04/2025 21:00
04/04/2025 20:59
04/04/2025 20:58
Chajari » Tal Cual Chajari
Fecha: 04/04/2025 08:41
Era abril de 1982. Una dictadura criminal, ahogada en su propia decadencia, intentó lavar sus crímenes con una guerra. Usaron lo más sagrado que tiene un pueblo —su sentido de soberanía, su amor por la patria— como carnada para sobrevivir. Y, por un momento, funcionó. El pueblo argentino, que apenas días antes había sido reprimido por exigir paz, pan y trabajo, respondió al llamado de Malvinas. No por los uniformes que daban las órdenes, sino por la convicción profunda de que esas islas -las Malvinas y las restantes del Atlántico Sur- son, fueron y serán argentinas. La Plaza de Mayo se llenó pero no de apoyo a los genocidas sino de un pueblo que, incluso bajo la bota militar, supo distinguir entre la Patria y sus usurpadores. El 14 de junio llegó la derrota militar. El 5 de julio, la económica: Domingo Cavallo en el Banco Central, la estatización de la deuda privada (de más de 23 mil millones de dólares), fue saqueo convertido en política de Estado. Los mismos que mandaron a nuestra gurisada -los pibes- a morir en las Islas, después les cargaron a sus familias el peso de una crisis que no habían generado. Dos derrotas en menos de dos meses: una en el campo de batalla, otra en la economía. Y en ambas, los únicos que perdieron de verdad fueron los que pierden siempre: el pueblo. Hoy, 43 años después, quedan ecos de ese pasado. Otra vez están los que transfieren sacrificios a las mayorías para garantizar ganancias a unos pocos. Otra vez se habla de «ajustes necesarios» mientras los mismos de siempre se llenan los bolsillos. Pero hay una diferencia: también está ¡la memoria! Malvinas es una herida pero también una lección. Los héroes que combatieron en las islas merecen honor aunque no solo por la guerra en sí misma sino por su entrega en medio de la peor traición. Los responsables de esa aventura sangrienta, en cambio, merecen el repudio eterno. No hubo error ni torpeza: hubo cálculo político de una dictadura que prefirió jugar con la vida de miles antes que rendir cuentas. Hoy, en este 2 de abril, recordamos, a los caídos, a los veteranos, a los que llevan en el cuerpo y el alma las secuelas de esa guerra absurda. Pero también recordamos a los que, desde el poder, siguen repitiendo el mismo juego: sacrificar al pueblo para salvarse a sí mismos. La memoria no permite dejar de lado el contexto de una dictadura sangrienta y cruel ni esas plazas llenas, en todo el país, que respondió al llamado de la Patria (no al de la locura genocida) sino que llenó plazas en apoyo a la gesta de recuperación de Malvinas. La referencia a las dos fechas y a las dos derrotas también es un ejercicio de memoria: aquel 14 de junio fue la derrota de la guerra de Malvinas pero el 5 de julio de 1982 asume Felipe Domingo Cavallo en el Banco Central, donde permaneció hasta el 26 de agosto de ese año para ejecutar la segunda derrota y se carga en las espaldas del pueblo la deuda privada. Son los mismos que siempre se benefician del sufrimiento y de la sangre del pueblo argentino. Hoy se va repitiendo el mismo modelo de transferencia sacrificio del pueblo beneficio de los mismos de siempre. Hoy, sigue la entrega. Los argentinos sabemos que hay cosas que no se negocian. Las Malvinas son argentinas, no por un capricho histórico, sino porque son parte de nuestro territorio, de nuestra identidad. Pero en 1982, esa verdad irrefutable fue usada por una dictadura criminal, la misma que había torturado, desaparecido y hundido al país en el miedo, para tratar de salvarse. Es difícil explicar lo que sentimos los argentinos por esas islas. No son solo un pedazo de tierra en el Atlántico Sur; son un símbolo de lo que nos pertenece, de lo que nos fue arrebatado y seguimos reclamando con firmeza. Por eso, cuando la junta militar lanzó la guerra, muchos —a pesar de saber quiénes estaban al mando— no pudieron quedarse callados e, insisto, no salió en apoyo a los genocidas. Dos días antes de que Galtieri apareciera en el balcón de la Casa Rosada, la gente estaba en las calles pidiendo democracia, pan, justicia. Los mismos que reprimieron con balas esas protestas, después agitaban banderas y hablaban de «la causa nacional» y si, entonces el pueblo salió en apoyo a la recuperación de las islas. Hoy, 43 años después, los veteranos y los caídos son héroes pero los responsables de esa guerra improvisada siguen siendo los asesinos que jugaron con la vida de este pueblo. Pero hay algo que ni la dictadura ni el tiempo pudieron cambiar: las Malvinas siguen siendo nuestras. No por los gritos de un dictador sino por la memoria de los que combatieron, por la convicción de un pueblo que nunca dejó —ni dejará— de lado ese reclamo, ya sea a los gritos, con soberanía o con diplomacia, pero siempre con la verdad por delante. La patria no son los uniformes de turno ya sea de la fuerza militar o de la fuerza corporativa sino la gente que la defiende. Y esa gente sabe que Malvinas no se mancha y la memoria, tampoco. CREDITO: MISIONES ON LINE
Ver noticia original