Contacto

×
  • +54 343 4178845

  • bcuadra@examedia.com.ar

  • Entre Ríos, Argentina

  • Maltrato en la infancia: los daños que causa la exposición cotidiana al miedo y la humillación

    Buenos Aires » Infobae

    Fecha: 27/03/2025 03:08

    Ocho de cada diez niñas y niños afectados por violencia tienen un vínculo filial con las personas denunciadas según datos de la Oficina de Violencia Doméstica de la Corte Suprema de Justicia de la Nación (Imagen ilustrativa Infobae) El maltrato infantil no siempre deja moretones. A veces, son las palabras las que lastiman, silencios que aplastan, descargas de ira disfrazada de disciplina. Otras veces, son zamarreos, golpes, magullones, gritos, gestos amenazantes, negligencias. Y lo que siempre deja, en todos los casos, son heridas que el tiempo no borra y que traumatizan. Desde el trabajo clínico y comunitario, venimos viendo algo que se repite con demasiada frecuencia: niñas, niños y adolescentes atravesados por experiencias de maltrato que no son leídas como tales. Que se nombran como “límite”, “carácter”, “disciplina” y hasta “amor”. Que se toleran y se naturalizan. Se sigue considerando aceptable –incluso necesario– gritarle a un niño o una niña para que obedezca. Ridiculizarlo públicamente porque “así aprende”. Amenazarlo con el abandono, con la expulsión del hogar, con el retiro del afecto. Hay quienes todavía creen que sacudir a un bebé es una forma válida de calmarlo o dejarlo llorar es un “entrenamiento”. O que humillar a una adolescente por su cuerpo, su sexualidad o su forma de pensar es parte de “formar el carácter”. Estos gestos, repetidos día tras día, no aparecen en los titulares ni en las estadísticas. Pero construyen subjetividades. En el espacio clínico, escuchamos con frecuencia a personas adultas justificar los golpes recibidos en su infancia con frases como: “A mí me fajaban y salí bien igual”, aunque padecen dolores crónicos en el cuerpo que no tienen explicación médica, o sufren vínculos marcados por el miedo y la desconfianza. El maltrato infantil también incluye gestos cotidianos como gritos, amenazas, humillaciones y silencios que generan daño emocional (Imagen Ilustrativa Infobae) Otras veces dicen: “Yo era muy bravo, mi mamá y mi papá no me podían parar” o “Me portaba re mal, me lo merecía”. Así, el propio maltrato sufrido se convierte en argumento para legitimar el maltrato ejercido. Es la violencia volviendo como pedagogía heredada. Las consecuencias psicológicas son profundas: ansiedad, tristeza persistente, baja autoestima, culpa, problemas para vincularse, miedo a confiar. Y lo más difícil: la idea de que eso que vivieron era normal, que así era la infancia, que no merecían otra cosa. Esta naturalización se convierte en matriz para las futuras generaciones y el daño se repite. Desde el psicoanálisis entendemos que el trauma no siempre se instala con una escena brutal. A veces, es la acumulación de pequeñas violencias cotidianas: el tono despectivo, la mirada que juzga, la indiferencia o la falta de deseo, esta última es inviable. Aunque la teoría sostiene que el impacto traumático depende en parte de cómo se procesa la experiencia, la clínica demuestra con contundencia que cuando hay violencia, siempre hay trauma. Porque la violencia rompe la estabilidad del aparato psíquico, irrumpe donde debería haber resguardo, fractura la confianza necesaria para el desarrollo. Esto implica algo fundamental: la responsabilidad no está en el niño o la niña que lo padece ni en su particular forma de procesarlo, sino en quien ejerce la agresión. La violencia también puede presentarse como una ausencia —física, afectiva o simbólica—, como cuando se espera que una niña o un niño acompañen emocionalmente a un adulto, lo consuele o se alinee con uno de los progenitores en contra del otro como acto de lealtad. En esas situaciones, el niño queda atrapado en vínculos que lo instrumentalizan y sobrecargan emocionalmente, sin posibilidad de ser cuidado. La naturalización de la violencia convierte al maltrato sufrido en la infancia en argumento para justificar el maltrato ejercido en la adultez (Imagen ilustrativa Infobae) Hace apenas unas semanas, la Oficina de Violencia Doméstica (OVD) de la Corte Suprema de Justicia de la Nación confirmó que en 2023 se registraron 9999 denuncias por violencia doméstica en la Ciudad de Buenos Aires, con un total de 10.844 personas denunciadas. De ellas, el 38% correspondían a niñas, niños y adolescentes. El dato impresiona, pero no sorprende. Porque quienes trabajamos con infancia lo vemos a diario: hay una violencia cruenta, la de los números y otra que no aparece en las noticias, que no se denuncia, pero que se aloja en los cuerpos y las mentes de miles de bebés, niños, niñas y adolescentes, muchas veces para siempre. Entre las personas afectadas, 73% son mujeres y niñas y 27% varones y niños. Las mujeres afectadas superaron en número y proporción a los varones en casi todos los grupos de edad, excepto en los de 0 a 5 y de 6 a 10 años, donde los niños afectados fueron más que las niñas. Del total de varones afectados (3.949), 66% son niños y adolescentes de 0 a 17 años (2.588). Del informe de la OVD surge que 8 de cada 10 niñas, niños y adolescentes afectados tienen un vínculo filial con las personas denunciadas: 68% son sus padres y 32% sus madres. La violencia no siempre es visible ni denunciada, ocurre en hogares, escuelas y redes sociales afectando el desarrollo emocional de la infancia (Imagen Ilustrativa Infobae) La violencia psicológica estuvo presente en el 97% de las evaluaciones de riesgo de las personas afectadas; la simbólica en el 47%; la física en el 45%; la de tipo ambiental en el 31%; la económica y patrimonial en el 29%; la social en el 12%, y la sexual en el 8%. Pero estas cifras, aunque aterradoras y en aumento solo reflejan una parte del problema: la que llega a una fiscalía o a una comisaría. Existe otra violencia que no se denuncia, pero que también da cuenta del estado de situación de la infancia en nuestro país. Una violencia que ocurre todos los días en los hogares, en las escuelas, en las redes sociales. Que no deja huellas visibles pero que erosiona de forma profunda el desarrollo psíquico y emocional de las infancias. El maltrato infantil no siempre ocurre dentro de la casa. Muchas veces sucede a plena luz del día o con cámaras prendidas y miles de espectadores riendo. Las redes sociales están llenas de videos donde adultos se filman mientras confunden, asustan o avergüenzan a sus hijos como forma de diversión. Bebés a los que se les acaricia la cabeza después de hacer un ruido fuerte contra la pared para que crean que se golpearon; niños a los que se les tiran fetas de fiambre en la cara “para que dejen de llorar”; disfraces aterradores usados para asustarlos hasta el llanto, todo grabado, editado y subido como “contenido gracioso”. Desde la salud mental se sostiene que no hay desarrollo psíquico posible en contextos donde predomina el miedo o el maltrato cotidiano (Imagen Ilustrativa Infobae) Estas prácticas no son inocentes. Son formas de maltrato psicológico. Generan confusión, angustia, pérdida de confianza. Enseñan al niño que el dolor puede ser un espectáculo, que el sufrimiento propio es motivo de risa para los otros, incluso para los adultos en quienes debería poder confiar. El mensaje que reciben estos niños es claro y brutal: tus emociones no importan, tu miedo es entretenimiento, y no es seguro ni siquiera en brazos de quienes deberían protegerte. También se difunden peleas entre adultos –como vimos en casos mediáticos– donde los niños quedan atrapados en escenas dolorosas, expuestos públicamente en medio de discusiones, gritos o episodios violentos. Son mostrados llorando, angustiados, sin consuelo ni resguardo, convertidos en objetos de lástima o escándalo, viralizados sin ningún tipo de protección. Y estas imágenes se replican una y otra vez en redes sociales, noticieros y programas de espectáculos, como si el sufrimiento infantil fuera parte del espectáculo. Estas escenas no son casos extremos. Son síntomas culturales. Una sociedad que se ríe de sus niños o los expone a la espectacularización de su sufrimiento no los está cuidando: los está formando para naturalizar el abuso, para aceptar la humillación como parte del vínculo afectivo, para desoír su propia alarma frente al maltrato. En el caldo de banalización del sufrimiento infantil se alimentan también otras formas de violencia, como la violencia sexual (Imagen ilustrativa Infobae) Y en ese caldo de banalización del sufrimiento infantil, se alimentan también otras formas de violencia, como la violencia sexual. En las redes sociales, los comentarios hacia las niñas muchas veces son profundamente perturbadores: se las sexualiza, se las cosifica, se opina sobre sus cuerpos con total impunidad. Incluso se las viste, se las maquilla y se las muestra como si fueran mujeres adultas, fomentando una imagen de “niña sexy” que naturaliza la pedofilización del deseo. Este fenómeno no es menor: es una forma de erotización temprana impuesta por los adultos, que borra los límites entre la infancia y la adultez y coloca a las niñas en un lugar de exposición constante, festín para los criminales. Esa misma cultura que convierte a las niñas en objetos de deseo bajo formas de erotización, también construye una narrativa que muestra a los niños como “insoportables”, “manipuladores” o “caprichosos”. En ambos casos, lo que se produce es una deshumanización de la infancia: se los ve como sujetos peligrosos o provocadores a los que se los puede castigar o hacer y decir cualquier cosa, no como personas vulnerables que necesitan cuidado y respeto. Esta visión desresponsabiliza al adulto, lo exime de revisar sus propios actos y lo posiciona como víctima frente a la infancia. En los casos de 0 a 5 y de 6 a 10 años los niños fueron más afectados por violencia que las niñas según registros (Imagen ilustrativa Infobae) ¿Cómo esperamos que una niña o un niño pueda ser escuchado cuando denuncia una situación de violencia o abuso, si desde temprano se los tilda de exagerados, mentirosos o problemáticos? ¿Cómo puede un niño o una niña inteligir que está siendo víctima de una forma de agresión que ha sido naturalizada? La cultura adultocéntrica, no protege a las infancias, las convierte en objeto de sospecha, de malos tratos o de espectáculo. Entre el control y la burla, entre el castigo y la risa, se han desdibujado los límites de lo tolerable. Si queremos que algo cambie, no alcanza con indignarnos ante las grandes violencias: hay que revisar las formas cotidianas en que las justificamos. Mirar y tratar a las infancias con ternura, protegerlas sin condiciones, garantizarles espacios donde ser y estar sin miedo, es también un acto político. No se trata solo de legislar o sancionar, sino de transformar el modo en que las pensamos, las escuchamos y las tratamos. Hace años que proponemos la creación de un Ministerio de la Infancia en Argentina, que no sea una promesa de campaña ni una oficina marginal, sino una estructura real, transversal, con poder de decisión política, presupuesto y capacidad de transformación cultural. Porque proteger a la infancia no puede seguir estando fuera de agenda ni ser entendido como un beneficio colateral de políticas destinadas a los adultos. Hay que garantizar a niñas, niños y adolescentes una vida protegida, digna, libre de violencias, afirmó Almada (Imagen Ilustrativa Infobae) Cuando naturalizamos el maltrato, lo perpetuamos. Dejamos a las infancias solas frente a un mundo que no las cuida, y al hacerlo, debilitamos el tejido emocional y ético de toda la sociedad. Desde la salud mental, sabemos que no hay desarrollo psíquico posible en un entorno que daña, ridiculiza o descuida. No hay confianza, ni deseo, ni proyecto vital que pueda florecer cuando el miedo se vuelve la atmósfera de la infancia. Ese miedo puede acompañar toda la vida en forma de tristeza y enfermedad. No hay futuro posible si seguimos fallando en lo más básico: garantizar a niñas, niños y adolescentes una vida protegida, digna, libre de violencias, donde puedan crecer sin miedo, sin vergüenza y sin heridas psíquicas que cueste toda una vida elaborarlas. * Sonia Almada: es Lic. en Psicología de la Universidad de Buenos Aires. Magíster Internacional en Derechos Humanos para la mujer y el niño, violencia de género e intrafamiliar (UNESCO). Se especializó en infancias y juventudes en Latinoamérica (CLACSO). Fundó en 2003 la asociación civil Aralma que impulsa acciones para la erradicación de todo tipo de violencias hacia infancias y juventudes y familias. Es autora de tres libros: La niña deshilachada, Me gusta como soy y La niña del campanario.

    Ver noticia original

    También te puede interesar

  • Examedia © 2024

    Desarrollado por