La belleza de lo incompleto
Aprendimos que las cosas deberían ser mejores, más lindas, más completas. Que deberíamos tener la casa soñada, el cuerpo deseado, la pareja ideal, los hijo
Vivimos intentando completar lo incompleto. Pero ¿y si lo incompleto también tuviera su propia belleza?
La naturaleza parece saberlo desde siempre. A la caña de azúcar le dio dulzura, pero no fruto. Al oro le dio brillo, pero no fragancia. Al sándalo le regaló un perfume maravilloso, pero no la belleza de las flores. Al loto le dio una belleza delicada y, sin embargo, lo hizo nacer del barro. Al océano le dio profundidad, pero no hizo dulce su agua. Al río le dio agua dulce, pero no le permitió quedarse en un solo lugar. Al sol le dio una luz capaz de iluminar el mundo, pero no le dio la frescura de la luna.
¿Acaso la naturaleza se equivocó? Tal vez no. Tal vez cada cosa tiene su don y también su límite, su belleza y aquello que no posee, su manera particular de existir. Y quizás nosotros también.
Una de nuestras mayores fuentes de sufrimiento puede ser creer que para estar bien necesitamos tenerlo todo.
Nos miramos y vemos primero la arruga antes que la historia que guarda ese rostro. Miramos nuestra vida y contamos lo que falta antes de reconocer todo lo que hemos atravesado. Miramos una relación y vemos aquello que el otro no nos da, olvidando tantas veces lo que sí nos ofrece.
También somos muy exigentes con nosotros mismos. ¿Cuántas veces pensamos que seríamos felices si fuéramos diferentes? Más seguros, más jóvenes, más delgados, más exitosos, más pacientes, menos sensibles, menos vulnerables.
Como si para poder querernos necesitáramos convertirnos primero en alguien que todavía no somos.
Pero aceptar no significa resignarse. Podemos querer crecer sin despreciar lo que somos hoy. Podemos transformar aquello que nos hace daño sin convertirnos en enemigos de nuestras propias imperfecciones.
Hay una diferencia enorme entre decir "quiero mejorar" y vivir sintiendo "como soy, no alcanzo". La primera nos impulsa; la segunda nos condena.
Y también buscamos perfección en quienes queremos. Esperamos personas que nos comprendan siempre, que nunca nos decepcionen, que sepan qué necesitamos sin que tengamos que decirlo.
Pero nadie lo tiene todo. Quien tiene dinero quizás no tenga tiempo. Quien tiene tiempo quizás esté buscando oportunidades. Quien parece tener una vida resuelta puede estar atravesando una batalla que desconocemos.
Cada vida tiene algo que le falta y algo que puede ofrecer.
Por eso también podemos mirar nuestros vínculos de otra manera. No se trata de aceptar aquello que nos lastima ni de con formarnos con cualquier relación.
Se trata de comprender que amar no es encontrar a alguien perfecto, sino encontrarnos con alguien real: con sus luces y sus sombras, sus heridas, sus límites y también su capacidad de elegirnos, acompañarnos y crecer.
A veces queremos entender por qué ese proyecto no salió, por qué aquella relación cambió, por qué el tiempo pasó tan rápido o por qué no podemos conservar para siempre aquello que amamos.
Quizás no todo tenga que ser comprendido para poder ser aceptado. Hay una sabiduría misteriosa en lo incompleto. El río necesita avanzar. El loto necesita del barro. El día necesita de la noche.
Y nosotros necesitamos atravesar cambios, pérdidas, errores y nuevos comienzos para convertirnos en quienes somos.
Entonces, quizás la pregunta no sea "¿Qué me falta?", sino: "¿Qué hay en mi vida que todavía no aprendí a valorar?"
Porque cuando dejamos de mirar permanentemente aquello que falta, comenzamos a descubrir todo lo que permanece: una conversación, un abrazo, una persona que se quedó, una oportunidad nueva, una mañana más, la posibilidad de empezar nuevamente.
Incluso ese cuerpo que hoy miramos con exigencia merece ser reconocido: es el mismo que nos sostuvo durante tantos años, atravesando alegrías, dolores, cambios y aprendizajes.
Tal vez la vida nunca estuvo destinada a ser perfecta. Tal vez estuvo destinada a ser vivida. Y quizás nosotros tampoco necesitamos completarnos para sentir que somos valiosos.
Podemos seguir creciendo, cambiando, aprendiendo y soñando, y al mismo tiempo abrazar lo que hoy somos.
Porque no todo lo incompleto está estropeado. Simplemente está vivo.
Entonces vuelvo a la pregunta del comienzo: ¿Quién dijo que tenía que ser perfecto?
Quizás fuimos nosotros quienes, sin darnos cuenta, empezamos a exigirle perfección a la vida, a los demás y hasta a nosotros mismos. Y cuando dejamos de hacerlo, algo cambia.
Ya no necesitamos que todo sea perfecto para sentir gratitud. Ya no necesitamos que el otro sea perfecto para poder amar. Ya no necesitamos ser perfectos para sentir que merecemos ser valorados y queridos.
Quizás la vida no se equivocó al dejarnos incompletos. Quizás, justamente allí, en aquello que nos falta, en aquello que todavía no entendemos y en aquello que estamos aprendiendo a aceptar, también habita una parte de su misterio y de su belleza.
Te mando un beso inmenso.
(*) IG Tona Galvaliz. FB/LinkedIn: María Antonia Galvaliz.