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TN hace 5 horas 10 min de lectura

Cómo es Nido de Águila, la casa de montaña que construyeron para Hitler y que casi nunca usó: US$170 millones, un ascensor y 12 obreros muertos

El jerarca nazi martin Bormann homenajeó al Fürer con una propiedad en un lugar imposible. El Nido de Águila, que sigue en pie hasta hoy, es otro ejemplo de la desmesura nazi.

Cómo es Nido de Águila, la casa de montaña que construyeron para Hitler y que casi nunca usó: US$170 millones, un ascensor y 12 obreros muertos
Foto: TN

Una casa que todavía funciona como metáfora de la desmesura. El Nido del Águila (o Kehlsteinhaus). Una de las pocas construcciones que pertenecieron a Hitler, que fueron construidas para él y que aún permanecen en pie.

Fue un regalo de cumpleaños fastuoso y desproporcionado: una casa encima de una montaña, casi inaccesible, pensada como sitio de descanso del Führer. Martin Bormann, uno de los más importantes jerarcas nazis, quiso homenajear a su jefe el día que cumplía 50. El precio fue muy costoso. Más de 170 millones de dólares (a valor actual) y al menos 12 vidas de los operarios.

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Una casa alpina en un lugar inverosímil. Lujosa, confortable, sólida pero nada excepcional. Sin embargo, su historia y el hecho de que todavía se mantenga en pie sí son extraordinarias.

Se inauguró en 1939. Contra todo pronóstico, llegaron a terminarla antes del cumpleaños de Hitler. Fue construida contra reloj. Nadie pensaba que los plazos se iban a cumplir. Pero llegar a tiempo era parte fundamental del proyecto.

Aunque oficialmente se dijo que fue un regalo del Partido Nazi, el que tuvo la idea y se encargó de todo fue Martin Bormann.

El jerarca eligió un terreno ubicado a una decena de kilómetros de Salzburgo, a 1.834 metros de altura, para construir una casa para que Hitler la utilizara en sus momentos de descanso.

A Bormann lo movía la necesidad de adular a su líder y también lo dificultosos de la empresa. Estaba convencido de que si llegaba en término con todas las complejidades que debió superar el proyecto, eso le haría ganar muchas posiciones en la consideración de Hitler. Parecía fascinarle la dificultad que el proyecto presentaba. Todo estaba por hacerse. Caminos para acceder a la base, perforar la montaña, llevar los materiales para la casa hasta la cumbre. El tiempo apremiaba.

Sin embargo la obra estuvo terminada puntualmente. Eso sí: el costo fue altísimo. Y no solo en lo que se refiere a lo económico. Más de una docena de obreros murieron en el proceso.

Bormann ordenó que se trabajara las 24 horas del día en varios turnos continuados. Por la noche unos precarios focos iluminaban las tareas.

La obra imposible que desafió a una montaña

Hubo que construir y asfaltar una ruta de más de 6 kilómetros, para eso se debió tallar la montaña, picar la piedra y alisar un terreno que parecía impenetrable, arreglar el sendero que por un largo trecho llevaba a la casa y disponer todo para instalar un ascensor para que Hitler llegara a la cumbre.

Eso fue lo más costoso (y también la parte de la faena que más vidas se llevó). Hubo que perforar la montaña. Hacer una cavidad dentro de ella, un túnel vertical para que pasara el ascensor.

Se construyó un teleférico para que los materiales arribaran a la cumbre. Se contrataron cientos de hombres para que acarrearan lo necesario para erigir la casa. Recibieron trato casi de esclavos debiendo soportar cargas y horarios de trabajo inhumanos.

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Se subieron bloques ya armados para acelerar los tiempos, como si se tratara de una vivienda prefabricada.

Bormann gastó una fortuna. Si el proyecto y su idea imperial ya eran caros, el apremio por llegar en fecha encareció todo mucho más.

En el pueblo se hizo popular un chiste mientras veían pasar a los obreros, a los dirigentes que controlaban el avance de los trabajos y a los contratistas llegar con sus máquinas.

Decían que era una situación similar a la de la fiebre del oro; llegaban día a día buscadores del metal precioso para que cambiara su vida. Pero que en vez de buscar oro en los cursos de agua o en las montañas solo debían ponerse debajo de una ventana. No había que encontrar oro, solo se debía esperar que Bormann lo lanzara por esa ventana.

El refugio alpino que se convirtió en el centro del poder nazi

Albert Speer escribió en sus Memorias: Esa obra gigantesca que se realizó en la montaña, y a pesar de sus críticas ocasionales por todo aquel dispendio, era característica de la transformación que se había operado en el estilo de vida de Hitler, y también de su tendencia a aislarse más y más del resto del mundo. No se puede explicar solo por su temor a sufrir atentados, pues casi todos los días permitía que miles de personas penetraran en el recinto para expresarle su adhesión.

Francois Poncet, el embajador francés en Alemania, fue quien bautizó esa gran obra arquitectónica, deslumbrado por la majestuosidad y por las dificultades que habían resuelto en el camino. El nombre fue adoptado de inmediato por los alemanes.

Además de su vista descomunal, uno de los principales motivos de la elección del lugar fue que el Nido del Águila se encontraba cerca del Berghof, la segunda residencia oficial de Hitler, en la que pasaba buena parte del año.

Tanto era el tiempo que Hitler pasaba allí que de lugar de descanso mutó en la sede alternativa gubernamental de Alemania. Años antes, luego de ser liberado de la prisión en 1924, Hitler alquiló una modesta casa alpina en la que descansó y se encerró a trabajar en sus siguientes pasos políticos.

Enamorado del lugar, Hitler compró la casa en 1932, según la versión oficial, con las regalías que produjeron las numerosas ediciones de Mi Lucha. Ya en 1936, esa ascética casa alpina, se transformó en una mansión de treinta habitaciones.

Para la ampliación, Hitler, cuyo fuerte no era reconocer sus limitaciones, quiso encargarse personalmente de realizar los planos. Le pidió prestado a su arquitecto y ministro Albert Speer varios implementos: mesas de dibujo, lápices, reglas y demás materiales necesarios.

Como estaba encariñado con la anterior casa la conservó, sumándole las nuevas construcciones. Este franskenstein arquitectónico tuvo que ser revisado por profesionales sin que su autor original se enterara.

Debían corregir sus errores de principiante pero también debían evitar que se diera cuenta y desatara su furia sobre ellos. Hitler decía que esa casa de montaña le proporcionaba paz interior y lo hacía pensar mejor. Allí elucubró sus discursos más importantes.

Pero no se trató solo de la ampliación monstruosa de la casa. El Berghof pasó a ser parte de algo mucho más grande, el Obersalzberg.

Ese era el nombre del complejo de viviendas y construcciones que se levantaron alrededor del Berghof. Martin Bormann, al ver la predilección del jefe por el lugar, salió a comprar todas las casas y terrenos vecinos.

El éxito fue total. Y no se trataba de que tenía grandes habilidades como negociador. Estuvieron los que aceptaron gustosos vender sus propiedades, otros se negaron pero debieron ceder ante las amenazas, algunos fueron expropiados y unos cuantos fueron lanzados de sus hogares sin indemnización alguna.

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Bormann tomó posesión, en nombre del estado alemán, de toda la zona. Evidentemente el dinero ya no surgía de los derechos de autor de Mi Lucha.

Demolió cada una de las viviendas. Tuvo también problemas con la iglesia local porque ordenó sacar todas las cruces con las que estaban marcadas las tumbas al costado del camino (una costumbre de varios siglos de antigüedad) porque el paisaje fúnebre mientras llegaba a su casa oscurecía el carácter del Führer.

Bormann, Albert Speer y Hermann Göring fueron algunos de los jerarcas que en esos terrenos construyeron viviendas cerca de la del Führer. Hacían reuniones de gabinete en ese paisaje agreste.

La zona se transformó por completo. También se levantaron hoteles de lujo, barracas para que duerman obreros y soldados, restaurantes, oficinas públicas, casas para la nueva oleada de empleados.

El Obersalzberg se había convertido en un nuevo centro del poder. Y el Nido del Águila era su corolario, la joya del nuevo poblado.

La falsa postal de Hitler que ocultaba el horror

El Berghof y también el Nido del Águila servían para brindar otra imagen de Hitler. Las fotos y filmaciones del líder en el paisaje paradisíaco, mostrándose al aire libre o en su mesa de trabajo, pretendían forjar un hombre público, un estadista sereno, firme y seguro de sí mismo.

Una falsa imagen idílica, una construcción que tapara las atrocidades que pasaban en el sistema concentracionario

Toda la zona de la Obersalzberg y el Berghof fue bombardeada después de la Segunda Guerra Mundial. Cada una de las construcciones fue destruida. Los Aliados no querían que subsistieran ni vestigios de la época nazi. Que ningún lugar se prestara para ser excusa de peregrinación y culto al régimen genocida.

Sin embargo, la ubicación en la cima de la montaña, la soledad y la complejidad para acceder a ella, debe haber hecho sentir ridículos a los generales norteamericanos cuando planearon bombardear el Nido del Águila, como hicieron con las propiedades cercanas, las que integraban el Obersalzberg.

Tal vez no quisieron parecerse a los nazis con su capacidad de destrucción gratuita. Algún historiador propone otra hipótesis; sostiene que los generales norteamericanos con Dwight Eisenhower a la cabeza quedaron extasiados con la vista de El Nido del Águila y no consintieron su destrucción.

Otro factor que puede haber influido fue que a pesar de su origen, de su destino inicial, la vivienda fue utilizada en muy pocas ocasiones por Hitler, situación que a Bormann le debe haber roto el corazón.

Algunos dicen que Hitler además sufría acrofobia, y que ese temor a las alturas hizo que sólo concurriera al faraónico proyecto menos de una decena de veces.

Meses antes de su inauguración, cuando promediaba la obra, Bormann llevó a su jefe a visitarla. Todo estaba a medio hacer, era difícil tener una idea clara de cómo iba a quedar debido a la complejidad de la empresa.

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Sin embargo, el Führer se mostró muy disgustado por el emplazamiento de la propiedad, no entendía las ventajas de que la casa estuviera tan arriba.

Los Aliados recién devolvieron El Nido del Águila a las autoridades bávaras en 1960. Durante un tiempo permaneció cerrada. Hubo muchas discusiones sobre qué destino conferirle.

En la actualidad es un restaurante con una vista única. Los beneficios económicos se destinan a organizaciones de bien público. En el mismo complejo se erigió un centro de documentación que recuerda a los visitantes las atrocidades cometidas por el nazismo.

Los turistas que acuden a esa zona de Baviera, saben que la Kehlsteinhaus o El Nido del Águila es un lugar de visita obligado.

El Nido del Águila, entre la memoria y el turismo

El acceso, como en el momento de su estreno, no es sencillo. Una opción es ir caminando por la montaña; el recorrido toma casi tres horas.

El otro es ir con auto hasta la base, tomar un colectivo hasta cerca del Nido del Águila y todavía desandar un sendero otros 20 minutos. También, todavía, se mantiene la posibilidad de ascender por el lujoso ascensor enclavado dentro de la montaña para acceder al restaurante.

El Kehlsteinhaus o Nido de Águila se mantiene en pie, sobrevivió a la destrucción de todo recuerdo nazi. Se mantiene como una edificación majestuosa, rodeada de una increíble belleza natural.

Y recuerda a cada visitante que el horror y la maravilla pueden convivir.

TN Esta nota se publicó originalmente en el medio.
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