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Viajes y Turismo
Rio Negro hace 8 horas 5 min de lectura

Mucho más que un rally: el viaje por la Patagonia profunda que resiste al tiempo

Cada mayo, decenas de vehículos clásicos se internan por la meseta santacruceña para recorrer algunos de los caminos más aislados del país. Pero el Rally Patagónico es mucho más que una caravana: es una forma de volver a la Patagonia de los mercachif

Mucho más que un rally: el viaje por la Patagonia profunda que resiste al tiempo
Foto: Rio Negro

Hubo un tiempo en que los caminos patagónicos no se medían por el tiempo que marcaba un GPS, sino por la cantidad de mates compartidos durante el viaje. Los mercachifles iban de estancia en estancia con sus pilcheros cargados de mercadería, las radios de banda de 80 metros mantenían comunicados a los pobladores y las señaladas reunían a vecinos de campos distantes en una verdadera fiesta comunitaria. Si alguien preguntaba por un alambrador o un domador, siempre aparecía alguien que sabía dónde encontrarlo.

Ese espíritu todavía sobrevive en algunos rincones de la meseta central de Santa Cruz. No como una postal congelada en el tiempo, sino como una manera de entender la vida y los vínculos. Cada mayo, un grupo de viajeros vuelve a ponerlo en movimiento durante el Rally Patagónico, una travesía donde lo importante nunca fue llegar primero, sino volver a recorrer una Patagonia que todavía conserva el ritmo de otros tiempos.

«La idea nunca fue hacer un rally», cuenta Wendt Von Thüngen, uno de los impulsores del proyecto. La propuesta nació hace varios años, cuando un grupo de amigos comenzó a imaginar un viaje inspirado en las antiguas carretas que transportaban lana por la Patagonia. «Queríamos salir de Puerto Deseado hasta Lago Posadas al ritmo del paisaje, haciendo unos 15 kilómetros por día, con campamentos. Esa era la idea original», recuerda.

El proyecto tomó forma en 2020 con una travesía encabezada por un camión Diamond T 6×6 de 1941, utilizado durante la Segunda Guerra Mundial. Aquel primer viaje reunió a unas cuarenta personas entre autos, motos y hasta veteranos de Malvinas. Sin proponérselo demasiado, habían dado origen a una experiencia que con el tiempo se conocería como Rally Patagónico.

«Lo de rally es bastante relativo», aclara Von Thüngen. «Es más bien un viaje de amigos que agrupa personajes de todos lados». Hoy participan viajeros de Chile, Uruguay y distintos puntos de Argentina, pero la esencia permanece intacta. «Se viaja a la velocidad del paisaje», resume.

Esa filosofía comienza mucho antes de poner primera. Durante meses circulan anécdotas de ediciones anteriores, aparecen repuestos para vehículos que parecían imposibles de recuperar y cada participante prepara su auto como quien alista un compañero de aventuras. «Se va armando una camaradería muy especial en la que cada uno pone lo que tiene. La idea es divertirse», explica.

Ese espíritu quedó reflejado este año en una historia que todavía emociona a los organizadores. Uno de los participantes históricos perdió su Mehari en un incendio pocos días antes de la largada y pensó que tendría que quedarse afuera. Sin embargo, un hombre de Mendoza, que iba a participar por primera vez, propuso organizar una colecta entre todos. «Finalmente compraron un Ami 8 y pudo hacer el rally», cuenta Von Thüngen. Para él, ese gesto resume mejor que cualquier definición el verdadero sentido de la travesía.

La ruta donde todavía late la Patagonia de antes

Cada edición cambia de recorrido, pero hay dos lugares que nunca faltan en el itinerario: la Ruta Provincial 41 y la estancia Casa Blanca. Para quienes ya hicieron la travesía, esos nombres despiertan algo más que el recuerdo de un camino. Son los escenarios donde el Rally Patagónico encuentra su verdadera identidad.

«Siempre hay nieve, barro, la sensación del fin del mundo e increíbles paisajes. Son rutas que prácticamente no se usan y menos en mayo. Por la 41 circula la gente de los campos en verano y algún turista aventurero. Por Casa Blanca ni los aventureros», dice Wendt Von Thüngen.

Para Von Thüngen, atravesar ese rincón del noroeste santacruceño es mucho más que sumar un destino al mapa. «Es descubrir la Patagonia vieja», resume. No habla de nostalgia ni de idealizar el pasado, sino de recuperar una forma distinta de habitar el territorio.

«No es que antes fuera mejor. Había otro tiempo. Había solidaridad entre los vecinos. Todos los campos tenían un equipo de radio de banda de 80 metros y, a determinada hora, los pobladores se comunicaban entre sí. Si preguntabas por un alambrador o un domador, siempre había alguien que sabía dónde estaba».

En su memoria también aparecen los mercachifles que recorrían las estancias con los pilcheros cargados de mercadería, los cocineros que acompañaban las largas temporadas de esquila y las señaladas que convocaban a familias enteras en torno al trabajo compartido. Eran tiempos en los que las distancias se acortaban gracias a la ayuda entre vecinos y donde cada visita era una excusa para encontrarse.

«En la meseta central todo eso sigue parecido, pero con menos gente. El rally revive algo de ese espíritu», asegura. Ese espíritu no solo aparece en los paisajes. También se refleja en quienes vuelven una y otra vez para recorrer esos caminos. Muchos participantes regresan por su cuenta después de haber vivido una edición del rally, impulsados por la necesidad de reencontrarse con una ruta que deja huella.

Entre ellos está el tío de Wendt. Tiene 94 años, sigue manejando solo y hace poco volvió a recorrer tres veces el tramo entre Los Antiguos y Lago Posadas. «Ha viajado por buena parte del mundo y conoce muchísimo, pero dice que la 41 le parece fantástica», cuenta.

Tal vez porque allí todavía sobrevive una Patagonia donde el silencio ocupa el lugar del apuro, donde los caminos conservan el ritmo de las viejas caravanas y donde viajar sigue siendo, antes que nada, una forma de encontrarse. Como imaginaron sus primeros organizadores, el Rally Patagónico invita a avanzar sin prisa, a la velocidad del paisaje.

Con información de Agencia El Rompehielos

Hubo un tiempo en que los caminos patagónicos no se medían por el tiempo que marcaba un GPS, sino por la cantidad de mates compartidos durante el viaje. Los mercachifles iban de estancia en estancia con sus pilcheros cargados de mercadería, las radios de banda de 80 metros mantenían comunicados a los pobladores y las señaladas reunían a vecinos de campos distantes en una verdadera fiesta comunitaria. Si alguien preguntaba por un alambrador o un domador, siempre aparecía alguien que sabía dónde encontrarlo.

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