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AnalisisDigital hace 9 horas 4 min de lectura

El buen samaritano no es el Estado | Análisis

La parábola, relato alegórico y didáctico, se registra en el Evangelio de Lucas (10, 25-37). Engloba honestidad, compasión y cercanía con quienes viven el sufrimiento en persona.

El buen samaritano no es el Estado | Análisis
Foto: AnalisisDigital

Sergio Dellepiane

La parábola, relato alegórico y didáctico, se registra en el Evangelio de Lucas (10, 25-37). Engloba honestidad, compasión y cercanía con quienes viven el sufrimiento en persona.

Así como la corrupción destruye sociedades, la indiferencia con las penurias de sus semejantes degrada a las personas indolentes. Ninguna nación puede aspirar a prosperar si el conjunto de sus componentes abandona a los más vulnerables.

La narración referenciada contine, además, una enseñanza institucional que pasa inadvertida para el común de los mortales toda vez que habitualmente se narra y contextualiza en un ámbito particular y de alcance restringido.

Sin embargo, cuando su textualidad es usada frente al poder político para marcar la cancha habilita a exégetas seculares a ejercer la libertad de efectuar un análisis propio según la audiencia a la que ha intentado movilizar, más allá de los límites de la religiosidad.

Lo primero que se nos aparece en la memoria es la figura de un hombre libre que decide actuar por propia voluntad. El Buen Samaritano se detiene, ante la fragilidad humana que observa a su paso, porque quiere. Utiliza sus propios recursos porque así lo decide según su libre albedrío. Negocia con el posadero y acuerda el pago por una estadía all inclusive para el doliente pasajero hasta su completa recuperación, asumiendo personalmente no sólo los costos, sino que entrega la promesa de regresar para responder, a su cargo, por cualquier gasto adicional que pudiera requerir la atención del padeciente.

En sus actos sólo hay compasión, propiedad privada, responsabilidad y cooperación voluntaria. Ninguna descripción más acertada y cercana a una sociedad civil justa para quienes la virtud aplicada, únicamente cobra sentido cuando nace de una decisión sin ningún tipo de condicionantes autoritarios, es decir, libre de imposiciones de cualquier tipo.

Esta diferencia que pasa desapercibida la mayoría de las veces no es un asunto menor. El Estado puede obligar a transferir recursos, pero no puede obligar a nadie a amar al prójimo. Puede recaudar impuestos de cualquier tipo, tamaño y color, pero no puede fabricar ni ordenar misericordia.

La solidaridad pierde buena parte o casi todo su contenido moral cuando deja de ser una elección para convertirse en una obligación ordenada desde el poder de turno. Casi como pretender reemplazar los vínculos espontáneos e informales que se generan por interacciones libres entre seres humanos comunes y corrientes por la omnipotencia del Estado Presente que enriquece a unos a costillas del esfuerzo de muchos otros; acrecentando al infinito un aparato estatal costosamente ineficiente mientras la pobreza como condición se apodera de una mayoría sometida a los caprichos de los administradores temporales del bien común.

Resultado paradójico. Nunca antes, a lo largo de nuestra historia, soportamos y sostuvimos un Estado tan grande y tan extenso mientras, al mismo tiempo, mantuvimos a tantos compatriotas como dependientes de la dádiva para sobrevivir.

La solidaridad terminó siendo administrada por la política mientras millones de ciudadanos perdían su autonomía económica (no son pocos los que aún hoy reciben asistencia social) y anulaban su capacidad para decidir respecto al fruto de su trabajo.

Nada de esto implica negar la existencia del sufrimiento como característica propia de debilidad y finitud de la condición humana. Nacemos indefensos y para prosperar necesitamos la ayuda imperiosa de nuestros semejantes.

Es momento de preguntarnos acerca de cuál es el mejor camino para construir una sociedad donde cada vez menos personas dependan del poder político y, cada vez más, puedan desarrollarse gracias a su propio esfuerzo, su iniciativa emprendedora y que la ayuda que reciban sea por libre y generosa decisión de sus congéneres.

Toda sociedad que progresa lo hace sobre la base de instituciones que permiten y alientan la cooperación espontánea entre sus habitantes pues ninguna institución puede reemplazar la responsabilidad moral de cada persona individualmente considerada.

Tenemos que abandonar definitivamente la idea de que toda necesidad humana debe ser resuelta irremediablemente por el aparato estatal.

El Buen Samaritano no acudió a ningún Ministerio ni oficina pública. Vio al doliente, se detuvo, ayudó. Pagó con lo suyo. Organizó la asistencia junto a otros semejantes y continuó su camino.

Diferencia abismal existente entre una comunidad organizada alrededor del poder y otra construida desde la libertad individual.

El Buen Samaritano no es, ni será nunca, el Estado.

(*) Sergio Dellepiane es profesor universitario en UCA - Universidad de Bologna.

AnalisisDigital Esta nota se publicó originalmente en el medio.
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