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La voz hace 10 horas 3 min de lectura

La mayor victoria de esta Selección no fue un Mundial: el legado que ya cambió a la Argentina

Más allá de las copas y los resultados, el equipo de Messi y Scaloni dejó una enseñanza que trasciende al fútbol: trabajo, resiliencia y compromiso como modelo para toda una sociedad.

La mayor victoria de esta Selección no fue un Mundial: el legado que ya cambió a la Argentina
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Opinión. La mayor victoria de esta Selección no fue un Mundial: el legado que ya cambió a la Argentina

Más allá de las copas y los resultados, el equipo de Messi y Scaloni dejó una enseñanza que trasciende al fútbol: trabajo, resiliencia y compromiso como modelo para toda una sociedad.

No es necesario ver otra vez a la selección argentina con un trofeo en la mano para comprobar la enorme herencia que dejará su conducta de tantos años, dentro y fuera de una cancha. Será cuestión de tenerla presente y llevarla a la práctica, según el lugar en la sociedad que cada uno ocupe, ya que su contenido ha trascendido largamente lo deportivo.

Sirve para eso recordar aquella imagen de Lionel Messi anunciando su despedida de la selección, cansado de ser pateado en el piso por avalanchas de opiniones que no admitían la fuerza adversa de un destino encaprichado en ofrecer sólo lágrimas y tristezas.

¿Se acuerda? Argentina, con la Pulga, parecía predestinada a salir segunda, a patear afuera un penal, o a que un árbitro maldito no se lo cobrara en el área adversaria. Eran tiempos bravos, en los que la incredulidad y el pesimismo parecieron acentuarse con la llegada de Lionel Scaloni, el hombre que impuso sin querer el a quien le ganaste, por su llegada cargada de prejuicios y por el temor de un futuro peor.

Pero nada de eso sucedió. Argentina revivió desde el barro. Resucitó entre las tinieblas. Armó un grupo que levantó al ídolo caído y lo acompañó con fidelidad y devoción hacia la nueva salida del sol. Así fue como su músculo volvió a ser fuerte y su confianza más plena. Por eso los triunfos se empezaron a notar.

Llegaron los títulos y las grandes emociones y, con ellos, la exaltación del trabajo, la capacidad y la prudencia. En medio de copas América, Finalíssima y Qatar no hubo revanchas, ni agresiones, ni venganzas. Sólo reivindicaciones a una camiseta que volvió a ser bandera, en la imagen de varias decenas de jugadores que, con su profesionalismo y su amor propio, lograron en los últimos ocho años que la crítica hasta despiadada diera lugar a la justificada aprobación.

Ese resurgimiento tiene como estandartes la idoneidad divina de Messi y su inacabable trayectoria destinada a ser ejemplo; la destacadísima asociación entre Scaloni y Pablo Aimar, Roberto Ayala y Walter Samuel, su cuerpo técnico, ex jugadores consagrados que supieron separar su estrecho vínculo con sus dirigidos y la obligación de privilegiar las necesidades del equipo, y el rendimiento regular y altamente productivo de un colectivo de futbolistas que expuso con autoridad un protagonismo acorde a su condición de campeón ecuménico.

Tanto como cuando Diego Maradona y Carlos Bilardo lideraron la epopeya mexicana en 1986, la selección de Messi y de Scaloni será intensa y agradecidamente recordada. Tienen en común haber soportado con entereza la inicial carga de descreimiento y de insatisfacción y la posterior reivindicación de sus principios y de todas sus capacidades expuestas en un tiempo mejor.

Más allá de gustos futbolísticos y de preferencias individuales, de poner o sacar al Dibu o a Julián, a Cuti o al Fideo, a Licha o a Enzo, esta selección ha dejado un fuerte mensaje de leal compromiso con las tradiciones más profundas de un país futbolero, que hoy goza por la enorme satisfacción de saberse tan bien representado.

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