La psicología afirma que los niños nacidos entre 1955 y 1978 no se volvieron más fuertes porque recibieron una mejor crianza, sino porque aprendieron a gestionar sus propias emociones
Quienes crecieron durante la segunda mitad del siglo XX suelen ser descriptos como más independientes y resistentes.
La psicología sugiere que muchas personas nacidas entre 1955 y 1978 no se volvieron más fuertes porque recibieron una mejor crianza, sino porque acumularon décadas de experiencia para reconocer, regular y atravesar sus propias emociones.
Quienes crecieron durante la segunda mitad del siglo XX suelen ser descriptos como más independientes y resistentes.
La psicología sugiere que muchas personas nacidas entre 1955 y 1978 no se volvieron más fuertes porque recibieron una mejor crianza, sino porque acumularon décadas de experiencia para reconocer, regular y atravesar sus propias emociones.
Muchas personas que crecieron durante las décadas de 1960, 1970 y 1980 recuerdan infancias con mayor autonomía cotidiana, menos supervisión permanente y menos espacios para hablar abiertamente de las emociones.
Esos recuerdos suelen transformarse en una conclusión: como debieron resolver más situaciones por cuenta propia, desarrollaron mayor fortaleza. Sin embargo, aprender a arreglárselas solo no siempre equivale a gestionar bien lo que se siente.
Una persona puede mostrarse autosuficiente y, al mismo tiempo, tener dificultades para pedir ayuda, reconocer el miedo o expresar tristeza. La independencia visible no permite saber si existe regulación emocional, ocultamiento o simple resistencia al malestar.
La Asociación Estadounidense de Psicología ha advertido sobre los riesgos de atribuir características rígidas a generaciones completas. Las diferencias observadas pueden responder a la edad, al momento histórico, a las condiciones económicas o a experiencias particulares, y no únicamente al año de nacimiento.
Laura Carstensen, profesora de Psicología de la Universidad de Stanford y directora fundadora del Stanford Center on Longevity, estudia desde hace décadas los cambios emocionales que ocurren a lo largo de la adultez.
En una investigación longitudinal, Carstensen y su equipo pidieron a adultos de distintas edades que registraran sus emociones varias veces por día. El procedimiento se repitió cinco y diez años más tarde.
Los resultados mostraron que el envejecimiento estaba asociado con mayor estabilidad emocional, mejor bienestar general y una convivencia más compleja entre emociones positivas y negativas.
Esto no significa que una generación haya nacido emocionalmente más preparada. Una explicación más prudente es que, con los años, las personas acumulan experiencias, reconocen patrones y aprenden qué situaciones evitar, cuáles priorizar y cómo recuperarse de algunos conflictos.
Por lo tanto, parte de la aparente fortaleza de quienes hoy tienen más edad puede estar relacionada con el desarrollo adulto y el aprendizaje acumulado, no solamente con la crianza que recibieron.
La autonomía puede favorecer la confianza cuando aparece de manera gradual y dentro de un contexto seguro. Resolver problemas adecuados para la edad permite desarrollar habilidades, criterio y sensación de competencia.
Pero la falta de acompañamiento no garantiza resiliencia. La investigación sobre desarrollo infantil muestra que los niños aprenden a regular sus emociones mediante varios caminos: observando a los adultos, recibiendo orientación y viviendo dentro de un determinado clima familiar.
Esto cuestiona la idea de que las generaciones anteriores se volvieron fuertes simplemente porque nadie intervenía. La capacidad emocional puede desarrollarse a través de la independencia, pero también mediante el apoyo, el lenguaje emocional y relaciones confiables.
De hecho, los metaanálisis sobre maltrato y abandono infantil vinculan esas experiencias con mayores dificultades de regulación, evitación y supresión emocional. La adversidad puede producir adaptación en algunos casos, pero no debe presentarse como una fórmula beneficiosa de crianza.
Durante años, determinadas familias y culturas asociaron la fortaleza con aguantar, no quejarse y continuar funcionando. Esa estrategia puede resultar útil en una emergencia, aunque no siempre es saludable como respuesta permanente.
Regular una emoción no consiste en eliminarla. Implica identificar lo que ocurre, tolerar su intensidad y elegir una respuesta adecuada. Reprimir sistemáticamente el miedo o la tristeza puede parecer fortaleza desde afuera, pero no necesariamente representa una buena gestión emocional.
El modelo de integración de fortalezas y vulnerabilidades, desarrollado por Susan Charles, de la Universidad de California en Irvine, sostiene que los adultos mayores suelen utilizar mejor estrategias para evitar o reducir situaciones negativas. Sin embargo, esas ventajas pueden disminuir ante un estrés intenso, prolongado e imposible de evitar.