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La Gaceta Tucuman hace 16 horas 8 min de lectura

37 noches, 13 vuelos y 17.000 kilómetros: lo que descubrimos siguiendo a la Selección

Aeropuertos, banderazos, contrastes y las cosas que la distancia nos hizo valorar de la Argentina

37 noches, 13 vuelos y 17.000 kilómetros: lo que descubrimos siguiendo a la Selección
Foto: La Gaceta Tucuman

Resumen para apurados

- Periodistas de LA GACETA cubrieron a la Selección en el Mundial de EE. UU. durante cinco semanas, recorriendo 17.000 km para relatar la pasión y la logística del torneo.

- A través de 13 vuelos por cinco ciudades, la cobertura enfrentó retos logísticos, altos costos de entradas y contrastes entre el orden local y el fervor argentino.

- La travesía evidenció el impacto global de Messi, que une a diversas nacionalidades, y cómo la distancia revaloriza la identidad cultural y la calidez social de Argentina.

Cubrir este Mundial implicó aprender a despedirse de las ciudades antes de terminar de conocerlas. En poco más de cinco semanas, la cobertura de LA GACETA nos llevó por más de 17.000 kilómetros, doce vuelos y cinco ciudades de Estados Unidos. Hubo noches en las que dormimos apenas un par de horas, notas escritas en aeropuertos, videos editados arriba de un taxi y valijas que no terminaban de desarmarse porque cada clasificación de la Selección modificaba el itinerario diseñado en tiempo real por Alas Turismo.

Cuando salimos de Tucumán imaginábamos que este viaje nos iba a enseñar cómo era Estados Unidos, pero no esperábamos que también nos enseñaría muchas cosas sobre nuestro país.

Kansas City, donde los dirigidos por Lionel Scaloni hicieron base durante buena parte del Mundial, fue la primera parada. El primer impacto. Todo parecía demasiado ordenado. Las calles estaban limpias, el tranvía gratuito cruzaba el centro y costaba encontrar gente caminando por las veredas. Nunca fue tan difícil hacer una callejera para televisión. Veníamos de una provincia en la que la vida transcurre en las plazas, en los bares y en la puerta de las casas. Ahí, en cambio, daba la sensación de que la ciudad esperaba que lleguen los vecinos. Era una maqueta.

Con el paso de los días entendimos que ese silencio no implicaba distancia: los empleados del hotel, los choferes de Uber y hasta desconocidos que se cruzaban con nosotros tenían una predisposición para ayudar que nos sorprendió. Más adelante descubriríamos que esa amabilidad es una marca registrada del centro de Estados Unidos, pero en Kansas City todavía todo era nuevo.

Ahí también apareció una constante que nos acompañaría durante toda la gira mundialista. Bastaba decir que éramos argentinos para que la conversación derivara en Lionel Messi. No nos olvidaremos de la recepcionista del hotel que nos regaló el desayuno del día siguiente simplemente porque nacimos en el mismo país del capitán de la Selección. En esos gestos dimensionamos el verdadero alcance de la luz que irradia una figura que en Argentina a veces naturalizamos.

Los días previos a los partidos bailábamos al mismo ritmo. Llegábamos cuando todavía no había demasiadas camisetas argentinas, recorríamos la ciudad casi en soledad y buscábamos historias. Después, el banderazo, que todo lo cambiaba. En horas, esos mismos lugares se llenaban de bombos, banderas y canciones. Hasta choripanes. En Kansas City, una familia tucumana convirtió su restaurante en una pequeña embajada argentina. Fuimos cayendo en la cuenta de que cada ciudad tendría dos versiones: la de los días tranquilos y la de las horas en las que desembarcaban miles de hinchas.

Dallas: pura sorpresas

Dallas, donde la Selección jugó el segundo y tercer partido, nos impresionó por su escala y su calor. Creíamos que no había humedad más insoportable que la de un enero en Tucumán. Nos equivocamos.

Ahí, el Mundial empezó a mostrar su costado menos romántico: conseguir una entrada dejaba de ser una cuestión de voluntad para transformarse en una carrera contra los precios, la reventa y las estafas.

Nos cruzamos con familias que pasaban horas actualizando páginas de internet esperando una baja de último momento, con hinchas que recorrían los alrededores del estadio buscando un ticket y con argentinos que recalculaban vuelos y hoteles después de cada clasificación. El Mundial era una fiesta, sí, pero también un negocio cada vez más gigantesco. Al final, las entradas terminaron valiendo lo mismo que comprar un auto usado en Argentina.

En el segundo banderazo en Dallas aprendimos otra lección inesperada. La señal de teléfono colapsó. Para poder enviar el material tuvimos que caminar varias cuadras alejándonos de la multitud hasta encontrar internet. Era extraño buscar desesperadamente una rayita de señal en el centro de una de las principales ciudades del primer mundo.

Miami: lujos y algo más

En Miami volvimos a escuchar el español, la lujosa avenida Ocean Drive se transformaba en una tribuna improvisada y, por momentos, parecía que la Argentina se había mudado unos días al sur de la Florida. Pero esa cercanía era una parte de la historia.

Acá vivís para trabajar, repetían argentinos que hacía años vivían ahí. Detrás de las playas con sargazos (algas), los edificios y los autos salidos de las películas o los videojuegos como el GTA aparecían jornadas interminables, alquileres altísimos y una rutina que poco tenía que ver con la imagen de vacaciones permanentes que muchas veces proyecta Miami.

También empezamos a asimilar algunas costumbres estadounidenses. Los bares cerraban cuando en Argentina recién estaríamos pensando dónde ir a cenar. Pedir comida por delivery casi siempre significaba elegir entre hamburguesas, pizza o pollo frito. Encontrar un plato con carne y verduras terminaba siendo mucho más difícil de lo que imaginábamos.

Y volvimos a encontrarnos con Messi. Más de una vez nos acercamos a alguien con la camiseta argentina convencidos de que nos iba a responder en español. Del otro lado aparecía un etíope, un bangladesí, un mexicano o un estadounidense. Todos llevaban la celeste y blanca. Ninguno había nacido en la Argentina.

Atlanta

Atlanta fue la segunda ciudad en la que más tiempo estuvimos y, probablemente, donde más cambió nuestra mirada. Al principio nos deslumbró. Era la imagen que uno construye mirando películas estadounidenses: rascacielos con más de 60 pisos, hoteles iluminados, avenidas enormes y un aeropuerto tan grande que durante los primeros vuelos llegar hasta la cinta de equipajes podía llevarnos más de 45 minutos y unas cuantas perdidas.

Con el correr de los días apareció la otra Atlanta. La ciudad en la que nació Martin Luther King, en la que un museo invita a recorrer la historia de la segregación racial y en la que, de noche, decenas de personas preparan un colchón sobre la vereda a pocas cuadras de edificios inteligentes y autos que se manejan solos.

También fue la sede de los partidos más tensos de la Selección. Vimos a los argentinos cantar, quedarse en silencio después del gol inglés y terminar abrazados cuando llegó la remontada. Vimos discusiones, empujones y peleas con piñas que duraron unos minutos antes de que el festejo volviera a adueñarse de las calles del centro.

A esa altura ya habíamos tomado nota de unas cuantas reglas no escritas sobre Estados Unidos. Que los controles de seguridad en los aeropuertos exigen paciencia (y tolerancia a la sorpresa porque siempre hay una pregunta extra que responder). Que hay que llegar dos horas antes porque antes de subir a un avión todavía queda una larga lista de trámites. Nunca nos vamos a olvidar de un estadounidense con el que conversamos en un bar de Kansas City. Hablábamos de las valijas y de los controles cuando, con ese tono tan característico de las películas, sonrió y dijo: We dont like the bags. We dont like the black bags. Nos reímos, pero en el fondo había una explicación a tantos controles: el miedo a los atentados atraviesa la vida cotidiana del país.

El balance final

Descubrimos que el cansancio cambia la forma de mirar las cosas. En algún momento de la travesía dejamos de extrañar solamente a nuestras familias y a nuestros amigos. Empezamos a desear una milanesa, una empanada, un asado, una charla con un mozo sin tener que pensar en el idioma o, simplemente, un día intrascendente. Un día sin vuelos, sin acreditaciones, sin editar videos arriba de un Uber y sin correr detrás de una historia. Sin grandes estímulos.

Los banderazos terminaron siendo el lugar en el que menos nos sentíamos lejos. Bastaba escuchar un ¿de qué parte de Argentina sos? para que desaparecieran las distancias. Compartíamos un mate con desconocidos, hablábamos de nuestras provincias, comparábamos recorridos y volvíamos a sentir que estábamos en casa.

Estados Unidos nos deslumbró con su infraestructura, su tecnología y la dimensión de todo lo que hace. Pero la distancia también nos hizo valorar más la calidez con la que vivimos los argentinos, la facilidad para hacer amigos, las sobremesas interminables y esa costumbre de sentirnos cerca incluso cuando no nos conocemos. Recorrer más de 17.000 kilómetros detrás de la Selección terminó siendo una forma inesperada de volver a encontrarnos con nuestro propio país.

La Gaceta Tucuman Esta nota se publicó originalmente en el medio.
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