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Neuquén
LM Neuquen hace 15 horas 8 min de lectura

La Ruta de los Siete Lagos en invierno: los mejores miradores y un recorrido entre nieve, bosques y lagos

Se trata de uno de los recorridos más fascinantes de la Patagonia: los 107 kilómetros de la Ruta Nacional 40 que unen San Martín de los Andes con Villa La Angostura.

La Ruta de los Siete Lagos en invierno: los mejores miradores y un recorrido entre nieve, bosques y lagos
Foto: LM Neuquen

Se trata de uno de los recorridos más fascinantes de la Patagonia: los 107 kilómetros de la Ruta Nacional 40 que unen San Martín de los Andes con Villa La Angostura.

Todavía no amanece del todo en San Martín de los Andes. Las primeras luces apenas alcanzan a dibujar la silueta de los cerros mientras una fina capa de nieve cubre los techos de madera y las veredas. En la costanera del lago Lácar el viento apenas roza el agua y el vapor que se desprende de la superficie parece flotar entre los árboles. El invierno tiene esa capacidad de volver más lento el paisaje, de invitar a mirar con calma.

A esa hora comienza uno de los recorridos más fascinantes de la Patagonia: los 107 kilómetros de la Ruta Nacional 40 que unen San Martín de los Andes con Villa La Angostura a través del Camino de los Siete Lagos. No es un trayecto para llegar rápido. Es un viaje para detenerse una y otra vez, bajar del vehículo, respirar el aire frío de la cordillera y descubrir por qué este rincón del Parque Nacional Lanín enamora en cualquier época del año, pero especialmente cuando la nieve se convierte en protagonista.

Antes de salir conviene hacer una pausa más: consultar el estado de la ruta, llevar las cadenas reglamentarias y revisar el pronóstico. En invierno las condiciones pueden cambiar en cuestión de minutos. Un cielo despejado puede transformarse en una nevada intensa y, precisamente por eso, el camino merece ser recorrido sin apuro.

Apenas se dejan atrás las últimas casas de la ciudad, la ruta comienza a internarse en el bosque andino patagónico. Los coihues, lengas y cipreses aparecen vestidos de blanco, formando un túnel natural que parece sacado de una película. El silencio es casi absoluto. Solo se escucha el sonido de los neumáticos sobre el asfalto húmedo y, de vez en cuando, el golpe seco de un puñado de nieve cayendo desde las ramas.

El primer gran mirador aparece frente al lago Machónico. En verano sorprende por sus colores intensos; en invierno, por su serenidad. El agua adquiere un tono azul oscuro, casi metálico, mientras las montañas nevadas se reflejan sobre la superficie cuando el viento da una tregua. Es una de esas postales que obligan a guardar el teléfono por un momento y simplemente contemplar.

Uno de los desvíos lleva precisamente al lago Hermoso. Su nombre no necesita explicación. En invierno, la playa desaparece bajo una delgada capa de nieve y el bosque se refleja en un agua tan quieta que parece inmóvil. La única interrupción suele ser el vuelo de una bandurria o el paso silencioso de un cauquén buscando alimento cerca de la orilla.

Mientras avanza el recorrido, la vegetación cambia de forma casi imperceptible. Hay sectores donde los árboles forman una bóveda natural sobre la ruta y otros donde el paisaje se abre de golpe para mostrar montañas completamente blancas. Cada curva ofrece una fotografía distinta.

La siguiente gran parada llega en los lagos Falkner y Villarino, separados apenas por un corto arroyo. Desde el mirador, el Falkner se presenta imponente. En invierno, sus playas quedan cubiertas por nieve y las embarcaciones desaparecen casi por completo. El lago recupera una calma difícil de encontrar durante el verano, cuando cientos de visitantes llegan para pasar el día.

Muy cerca, el Villarino ofrece otra perspectiva. Más íntimo, parece resguardarse entre el bosque. Desde la banquina es posible escuchar el agua golpeando suavemente contra las piedras mientras el viento mueve las ramas cargadas de nieve.

Existe una curiosidad que muchos desconocen. Aunque hoy resulte difícil imaginarlo, hasta hace poco más de una década gran parte de este recorrido era de ripio. Viajar entre San Martín de los Andes y Villa La Angostura demandaba mucho más tiempo y requería una conducción muy diferente. El asfaltado definitivo transformó la experiencia y convirtió a este tramo de la Ruta 40 en uno de los corredores escénicos más importantes del país, sin alterar la esencia salvaje que lo caracteriza.

Después de dejar atrás los lagos Falkner y Villarino, la Ruta Nacional 40 vuelve a perderse entre el bosque. Las ramas de los coihues se inclinan por el peso de la nieve, el blanco domina el paisaje y el silencio solo se rompe por el crujido de algún árbol o el paso de un vehículo que avanza con prudencia. La Patagonia neuquina muestra aquí una de sus facetas más auténticas: austera, imponente y profundamente cautivadora.

La siguiente parada es el lago Escondido, uno de los más pequeños del circuito y, paradójicamente, uno de los que más sorprende. Desde la ruta apenas se adivina entre los árboles, como si quisiera permanecer oculto. Solo al detenerse en el mirador aparece completo, enmarcado por un bosque cubierto de nieve. En los días de cielo gris, el agua adquiere un tono verde profundo; cuando asoma el sol, refleja las montañas blancas con una nitidez que parece irreal.

Unos kilómetros más adelante llegan uno de los sitios más esperados del recorrido: el lago Espejo. Su fama no responde únicamente a la belleza del paisaje. Durante las mañanas frías y sin viento, la superficie permanece tan inmóvil que las montañas, los árboles y las nubes se reflejan como si existiera otro mundo debajo del agua. En invierno, ese efecto se vuelve aún más impactante. Los bosques nevados duplican su imagen sobre el lago y el contraste entre el blanco de la nieve y el azul oscuro del agua crea una postal difícil de olvidar.

Muy cerca se encuentra el lago Espejo Chico, menos conocido y muchas veces ignorado por quienes recorren el camino con el tiempo justo. Sin embargo, los habitantes de la zona suelen recomendar detenerse allí unos minutos. El bosque parece abrazar por completo el lago y, cuando comienza a nevar, apenas se escuchan los copos caer sobre las ramas.

A esta altura del viaje resulta fácil comprender por qué el Camino de los Siete Lagos es considerado uno de los corredores escénicos más importantes de Sudamérica. Aunque su nombre haga referencia a siete espejos de agua, el recorrido atraviesa un paisaje modelado hace miles de años por enormes glaciares que excavaron los valles y dieron origen a lagos, arroyos y mallines. Cada curva cuenta una parte de esa historia geológica que todavía puede leerse en la forma de las montañas y en la profundidad de los valles.

Los miradores oficiales, distribuidos a lo largo de la ruta, permiten descubrir esa inmensidad desde distintos ángulos. Algunos ofrecen panorámicas abiertas donde los lagos parecen fundirse con la cordillera; otros invitan a observar pequeños rincones del bosque donde el agua asoma tímidamente entre los árboles. No importa cuántas veces se haga el recorrido: siempre hay una perspectiva nueva.

El último gran protagonista aparece cuando el camino comienza a descender hacia Villa La Angostura. El lago Correntoso, de aguas transparentes y rodeado de bosque nativo, anuncia que el viaje está llegando a su fin. Desde allí nace el río Correntoso, famoso por ser uno de los más cortos del mundo. Con apenas unos cientos de metros de extensión, conecta este lago con el Nahuel Huapi y, desde hace décadas, atrae a pescadores deportivos de distintos países por la calidad de sus aguas y la presencia de grandes truchas.

En invierno, la Ruta 40 deja de ser simplemente una conexión entre dos de las localidades más bellas de la Patagonia. Se transforma en un viaje donde el tiempo parece desacelerarse, donde el blanco de la nieve realza el azul profundo de los lagos y donde cada mirador invita a detenerse unos minutos más.

Quizás por eso quienes la recorren por primera vez casi siempre hacen la misma promesa antes de regresar: volver. Porque la nieve nunca cae dos veces de la misma manera, el bosque siempre encuentra una nueva forma de sorprender y la Ruta de los Siete Lagos demuestra, invierno tras invierno, que algunos paisajes no se visitan; se viven.

Recomendaciones

La Ruta Nacional 40 Siete Lagos se puede recorrer con vehículo particular o contratando excursiones a prestadores habilitados por la Administración de Parques Nacionales.

Antes de emprender el viaje, es importante consultar el pronóstico meteorológico y el estado de la ruta, ya que las condiciones pueden modificarse rápidamente.

Si hay nieve o hielo sobre la calzada:

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Llevá cadenas y conocé cómo colocarlas. En caso de ser obligatorio su uso, instalalas únicamente en los sectores indicados y antes de ingresar a zonas con nieve o hielo.

Reducí la velocidad. Conducí de manera suave y mantené una distancia mayor con el vehículo que circula adelante. Sobre hielo, la distancia de frenado puede multiplicarse varias veces.

Evitá maniobras bruscas. Frenadas repentinas, aceleraciones fuertes o giros rápidos pueden provocar la pérdida de adherencia.

Utilizá marchas bajas en pendientes para aprovechar el freno motor y disminuir el uso del pedal de freno.

No adelantes a otros vehículos en sectores con baja visibilidad o donde la calzada presente nieve compactada o hielo.

Prestá atención a las zonas de sombra. Allí suelen formarse placas de hielo, conocidas como "hielo negro", que son difíciles de detectar porque la calzada puede parecer simplemente húmeda.

Mantené las luces bajas encendidas durante todo el recorrido para mejorar la visibilidad, incluso de día.

Verificá el estado del vehículo antes de salir: neumáticos en buen estado, líquido anticongelante, limpiaparabrisas funcionando correctamente y suficiente combustible.

Respetá las indicaciones de Vialidad Nacional, Vialidad Provincial, Parques Nacionales y las fuerzas de seguridad. Si las condiciones climáticas empeoran, lo más seguro siempre será esperar hasta que el camino vuelva a estar en condiciones.

LM Neuquen Esta nota se publicó originalmente en el medio.
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