El grooming no empieza con una amenaza: empieza con una conversación
(*) Columnista invitada. Los agresores construyen vínculos de confianza durante semanas o meses antes de dar el siguiente paso.
Existe una idea equivocada sobre el grooming que puede hacer que muchos padres bajen la guardia: creer que un agresor se presenta desde el primer momento con malas intenciones. En realidad, ocurre exactamente lo contrario.
El grooming casi nunca empieza con una amenaza. Empieza con una conversación.
Con un ¿Cómo estuvo tu día?, un comentario sobre un videojuego, una charla sobre música o una reacción a una historia de Instagram. Del otro lado puede haber un adulto que, durante semanas o incluso meses, construye un vínculo de confianza con un niño o adolescente hasta convertirse en alguien importante para él.
Ese es el verdadero peligro: el proceso es tan gradual que suele pasar desapercibido.
Hoy los chicos socializan tanto en el mundo digital como en el presencial. Lo hacen a través de videojuegos, TikTok, Instagram, Discord o WhatsApp. Y, así como pueden hacer amigos reales, también pueden encontrarse con personas que ocultan su verdadera identidad.
Los groomers saben exactamente cómo acercarse. Escuchan, contienen, halagan y generan la sensación de que son los únicos que entienden al adolescente. Recién cuando existe una relación de confianza aparecen los pedidos de fotos, los secretos compartidos o incluso las propuestas para encontrarse personalmente.
Por eso, el control tecnológico por sí solo no alcanza.
Podemos instalar filtros, configurar controles parentales y limitar horarios de uso, pero ninguna aplicación reemplaza una conversación cotidiana entre padres e hijos.
Los especialistas coinciden en que la mejor prevención es que los chicos sepan que pueden contar cualquier situación incómoda sin miedo a ser castigados. Si un adolescente cree que perderá el celular por contar lo que pasó, probablemente elija callarse.
También es importante desterrar la idea de que a mi hijo no le pasaría. El grooming no distingue edad, nivel educativo ni contexto familiar. Los agresores buscan vulnerabilidades emocionales, no perfiles específicos.
Como adultos, necesitamos involucrarnos en la vida digital de nuestros hijos con la misma naturalidad con la que sabemos quiénes son sus amigos del colegio. Preguntar qué juegos usan, qué redes sociales prefieren, con quién hablan y qué contenido consumen no debería verse como una invasión, sino como una forma de acompañarlos.
Internet ofrece enormes oportunidades para aprender, divertirse y relacionarse. El objetivo no es generar miedo, sino enseñar a navegar con criterio y confianza.
La tecnología cambia todos los días. Sin embargo, hay algo que sigue siendo tan importante como siempre: que nuestros hijos sepan que, ante cualquier duda o situación que los haga sentir incómodos, el primer lugar al que pueden acudir sigue siendo su casa.
(*) Magali Dos Santos es ingeniera informática y directora de EDS Informática