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El Mundial que empezó un año antes

Fernando Nicola, autor de esta nota, es fotógrafo y camarógrafo del multimedios El Litoral, acreditado por Fifa para la copa del mundo de Estados Unidos, México y Canadá. De principio a fin realizó la cobertura de un evento que será inolvidable para

El Mundial que empezó un año antes
Foto: El Litoral

Fernando Nicola, autor de esta nota, es fotógrafo y camarógrafo del multimedios El Litoral, acreditado por Fifa para la copa del mundo de Estados Unidos, México y Canadá. De principio a fin realizó la cobertura de un evento que será inolvidable para los argentinos.

Fernando "Coto" Nicola, fotógrafo y camarógrafo de El Litoral.

El 5 de junio salí de Santa Fe rumbo a Buenos Aires para tomar un avión con destino a Miami. Podría decir que ese fue el comienzo de mi Mundial. Pero estaría mintiendo. Mi Mundial había empezado mucho antes. Había comenzado casi un año atrás, cuando las sedes todavía eran un mapa sobre la computadora, cuando los hoteles se reservaban sin saber si Argentina llegaría hasta allí y cuando las ciudades eran apenas nombres que uno repetía una y otra vez tratando de imaginar cómo serían.

Descubrí que una Copa del Mundo empieza mucho antes de que ruede la pelota. Empieza con planillas de Excel, presupuestos, kilómetros, vuelos, alquileres de autos, acreditaciones, cálculos imposibles y una pregunta que nadie puede responder: ¿hasta dónde llegará la Selección?

Porque de esa respuesta depende todo. También empieza en casa. Porque uno no arma solamente una valija. También deja una parte de su vida esperando el regreso. Había fotografiado cientos de partidos. Clásicos, finales, ascensos, descensos, entrenamientos y campeones. Pero nunca un Mundial.

Esta vez el viaje lo compartí con Enrique Cruz, jefe de Deportes de El Litoral. Durante semanas hablamos más de rutas, aeropuertos y distancias que de fútbol.

Fernando "Coto" Nicola y Enrique Cruz, los enviados de El Litoral para cubrir la Copa Mundial de Fútbol de 2026.

La primera emoción llegó en la sala de prensa del Hard Rock Stadium. Cuando me entregaron la acreditación de FIFA, la sostuve unos segundos entre las manos. Era apenas una credencial de plástico. Pero después de tantos meses de preparativos significaba mucho más que eso. Ahí comenzaba mi Mundial.

Miami todavía parecía una ciudad cualquiera. Hasta que empezaron a llegar los argentinos. Primero fueron unos pocos. Después decenas. Más tarde cientos. De golpe Ocean Drive empezó a llenarse de camisetas celestes y blancas, bombos, banderas y canciones.

Había algo muy argentino en esa manera de apropiarse de una ciudad ajena. Una tarde libre salí a correr por Ocean Drive. Cubrir un Mundial significa pasar casi todo el día trabajando: estadios, conferencias, rutas, hoteles, computadoras, horarios y equipos sobre la espalda.

Salir a correr era una forma de no perder la rutina. Mientras avanzaba vi a lo lejos una enorme bandera azul flameando sobre la avenida. Cuando me acerqué distinguí el número 10 de Diego Maradona. La llevaba Daniel Maces, un hincha que ya había recorrido varios mundiales con ese mismo trapo. Saqué el teléfono y empecé a grabar. Lo que había empezado como una salida para correr terminó convertido en un contenido para las redes sociales.

Ahí entendí que, durante un Mundial, uno nunca deja de trabajar. Pero tampoco deja de emocionarse. Otro de esos días encontré una carpa donde chicos y familias intercambiaban figuritas. Podría haber estado en cualquier plaza de la Argentina. Las mismas carpetas, las mismas discusiones por una repetida, las mismas sonrisas cuando aparecía la que faltaba.

Todavía no había estadios llenos ni himnos. Pero el Mundial ya estaba ahí. Después viajamos a Kansas para el debut de Argentina. Nos alojamos cuatro periodistas en una casa alejada de la ciudad. A Enrique le tocó una habitación junto a un gallinero. Cada mañana, el gallo lo despertaba antes del amanecer. Nunca supimos si era un gallo puntual o un periodista demasiado dormido.

Lionel Scaloni. Foto: Fernando Nicola

El día anterior al partido recorrimos el estadio, ubicamos el Media Center y fotografiamos la conferencia de Lionel Scaloni. Al día siguiente llegamos seis horas antes. Además de hacer fotos, producíamos contenido para la web, las redes sociales y el canal de televisión de El Litoral. Cuando terminó el móvil en vivo, desarmé todo y entré al estadio. Los controles parecían los de un aeropuerto. Después venía una caminata de casi un kilómetro cargando tres cámaras y varios lentes. Trabajaba con un 16-35, un 70-200 y un 400 milímetros.

Cada uno tenía un momento. Cada uno esperaba su oportunidad. Antes del partido, FIFA reunió a todos los fotógrafos detrás de una soga para registrar la salida de los equipos. Entonces apareció Messi. Cuando Messi entra a una cancha cambia el sonido. No es un grito. Es una lluvia de obturadores. Miles de fotografías empiezan a nacer al mismo tiempo.

Messi en la previa al partido contra Suiza. Foto: Fernando Nicola

A los pocos minutos llegó el primer gol. Después el segundo. Después el tercero. En uno de los festejos corrió directamente hacia mi posición. Primero lo seguí con el 400. Cuando estuvo demasiado cerca, cambié de cámara y levanté el angular. Todo ocurrió en segundos.

Ser fotógrafo e hincha es una contradicción permanente. Uno no puede abrazarse con nadie. No puede levantar los brazos. No puede perder una imagen por quedarse mirando el festejo. Hay que seguir fotografiando. La emoción queda guardada para más tarde.

Mientras yo vivía todo eso, en casa el Mundial también era distinto. Los partidos de Argentina siempre habían sido un ritual familiar. Esta vez no. El papá estaba lejos, trabajando. La familia siguió el Mundial desde distintos lugares. Y mi compañera, la madre de mis hijos, quedó sola frente al televisor. Pensaba mucho en ella. En cómo viviría cada partido. Si gritaría los goles. Si miraría por costumbre hacia el sillón de al lado, esperando compartir un abrazo que esta vez no estaba.

Después, Argentina empezó a ganar. Y aquella manera distinta de vivir el Mundial terminó convirtiéndose, casi sin querer, en una cábala. Ella sola frente al televisor. Yo detrás de una cámara. Argentina avanzando. En un Mundial nadie discute una cábala. Simplemente la respeta. Quizás no sirva para nada. Quizás no cambie absolutamente nada. Pero cuando un equipo llega hasta una final, uno empieza a creer también en esas pequeñas historias que solamente tienen sentido para quienes las viven.

Más allá del resultado final, este viaje ya me cambió. No solamente como fotógrafo. También como persona. Descubrí que una Copa del Mundo no está hecha únicamente de goles, figuras y estadios. También está hecha de kilómetros, de silencios, de llamadas a casa, de una acreditación sostenida entre las manos, de una bandera de Maradona flameando en Ocean Drive, de un gallo que despierta periodistas en Kansas y de una mujer que, sin proponérselo, terminó convirtiéndose en parte de una cábala mundialista.

El domingo volví a entrar a un estadio con tres cámaras colgadas del cuello. Busqué el mejor lugar, controlé el foco y esperé el momento justo. Después, el resto lo hizo el fútbol. Y, como millones de argentinos, siempre elegiré creer.

El Litoral Esta nota se publicó originalmente en el medio.
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