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La Gaceta Tucuman hace 18 horas 6 min de lectura

¿No pensaste en volver?, el sacerdote que creyó haber cerrado esa puerta

Pedro Gramajo dejó el seminario cuando era joven, construyó una familia y atravesó uno de los golpes más duros de su vida. Décadas después descubrió que algunas decisiones todavía podían reescribirse

¿No pensaste en volver?, el sacerdote que creyó haber cerrado esa puerta
Foto: La Gaceta Tucuman

El mate nunca deja de estar tibio entre sus manos. Lo sostiene con naturalidad mientras hace girar un rosario de madera entre los dedos, como quien repasa una costumbre aprendida hace muchos años. Afuera, el silencio de La Ramada de Arriba apenas se rompe con el canto de algún pájaro y el viento que mueve los árboles alrededor de la capilla Cristo Redentor. Hace apenas unos días, Pedro Gramajo se arrodilló frente al altar para ser ordenado sacerdote. Tiene 66 años.

Llegó hasta ese momento después de recorrer un camino que pocas vocaciones conocen. Fue seminarista cuando era joven, dejó el seminario para cuidar a sus padres enfermos, se enamoró, formó una familia, crió cuatro hijos, quedó viudo y aprendió a ser padre y madre al mismo tiempo. Trabajó durante décadas como docente, enseñó en escuelas de alta montaña y, cuando muchos empiezan a pensar en la jubilación, volvió a escuchar aquella pregunta que había quedado suspendida durante más de treinta años.

La esperanza es encontrar un camino donde parece que no existe, dice ahora.

La frase se parece demasiado a su propia vida. Porque Pedro insiste en que la suya nunca fueron dos historias. Fue una sola.

Capitulo uno

La primera parte empezó incluso antes de que pudiera recordarla.

Nació siendo gemelo. Su hermano murió poco después del parto y él sobrevivió gracias al esfuerzo de su madre, una mujer profundamente creyente que terminó marcando para siempre su relación con la fe. Fue ella quien lo llevó a bautizarse apenas unos días después de nacer y quien lo acompañó en cada paso de la vida parroquial de San Martín de Porres.

Allí hizo la comunión, la confirmación y, siendo adolescente, empezó a participar de Acción Católica. Entre reuniones de jóvenes apareció una pregunta que terminaría acompañándolo durante décadas. ¿Qué quería hacer con su vida?

A los 18 años ingresó al seminario. Vivió allí seis años. Y pensaba que el sacerdocio era el destino definitivo hasta que la realidad llamó a la puerta de su casa.

Su padre atravesaba problemas de salud. Su hermana todavía era una adolescente y su hermano cumplía el servicio militar. Volvió. No sintió que estaba renunciando a Dios. Sintió que Dios lo estaba esperando en otro lugar.

Comencé a trabajar como docente y tiempo después intenté regresar al seminario una vez más, pero durante el discernimiento comprendí que todavía no era el tiempo, rememora.

Entonces cerró esa puerta. O creyó haberla cerrado. Mucho después entendería que algunas puertas solamente esperan.

Capitulo dos

Fue también en San Martín de Porres donde conoció a la mujer con la que compartiría casi dos décadas de vida. Primero fuimos amigos. Ella conocía mi pasado de seminarista y al principio tuvo miedo, y aunque yo la entendía con el tiempo descubrimos que la vocación que compartíamos era otra, dijo.

Se casaron en la misma parroquia donde se habían conocido. Llegaron cuatro hijos. María Emilia, María Fernanda, Pablo Santiago y María del Rosario.

Pedro recuerda esa etapa sin grandes discursos: La verdad es que fuimos muy felices.

Trabajaba como profesor de Religión en distintos colegios. Su esposa, arquitecta de profesión, eligió quedarse cerca de los chicos y acompañar la vida familiar. Los proyectos crecían junto con los hijos. Hasta que dejaron de hacerlo.

La crisis económica de 2001 golpeó también la tranquilidad de la casa. Su esposa sufrió un cuadro de estrés que derivó en una hemorragia cerebral. Logró superar esa primera crisis, pero días después, cuando viajaban hacia un control médico, sufrió una trombosis.

Murió.

Sus hijos tenían 12, 10, 8 y 6 años. Y no recuerda haber encontrado respuestas inmediatas, sino otra pregunta que le hizo a Dios. ¿Qué querés decirme con esto?, rezó al cielo.

Capitulo 3

Lo demás vino después. Aprender a peinar una hija. Preparar la comida. Acompañar los dolores de cada uno. Escuchar los silencios. Descubrir que también había tareas que nunca había imaginado hacer. Tuve que aprender a ser papá y mamá al mismo tiempo, comentó.

Nunca buscó reemplazar a su esposa. Intentó, en cambio, que sus hijos crecieran libres. Ese fue siempre mi objetivo. Que pudieran hacer su propio camino.

Quizás por eso, cuando muchos años después les contó que estaba pensando volver al sacerdocio, ninguno intentó detenerlo.

Las reacciones tan diferentes como cada uno de ellos. No obstante coincidieron en un punto. Al fin y al cabo todos dijeron: Papá, es tu vida. Si vos sos feliz ahí, adelante.

Pero antes de esa conversación ocurrió otra.

Durante años Pedro enseñó en escuelas públicas. En 2010 eligió un cargo en Anfama, una escuela de alta montaña a la que muchas veces debía llegar caminando o a caballo.

Cada subida terminaba convirtiéndose también en un viaje interior. Por lo que en una de esas épocas volvió a encontrarse con el entonces párroco Carlos Sánchez, quien hoy es el arzobispo de Tucumán. Le contó que estaba pensando en ser diácono permanente.

La respuesta fue otra pregunta: ¿Y nunca pensaste en volver a ser sacerdote?.

Pedro dijo que no. Entonces el hombre le recordó una conversación que había tenido muchos años antes con su esposa, en una noche que habían hablado sobre la muerte.

Él le dijo que, si alguna vez moría primero, quería que ella reconstruyera su vida.

Ella respondió algo que quedó guardado durante décadas. Si algún día yo me muero primero, quiero que vos retomes el camino que una vez dejaste.

Esa frase volvió a aparecer mientras subía y bajaba la montaña. Así comenzó un nuevo discernimiento.

Volvió a estudiar. Hizo otra vez las evaluaciones psicológicas. Actualizó toda su formación teológica junto a seminaristas que tenían la edad de sus hijos. Fue en ese momento también cuando una psicóloga le dijo algo que todavía recuerda: La mayoría de las personas, a su edad, está cerrando puertas. Usted está abriendo una.

Sonríe cuando lo cuenta.

Probablemente porque resume perfectamente lo que estaba ocurriendo. Fue ordenado diácono en 2022. Después llegaron Trancas, Ranchillos y, finalmente, la pequeña comunidad de Cristo Redentor, en La Ramada de Arriba.

Ahora al padre Pedro le gusta sorprender en las misas para niños aparece con personajes, utiliza títeres, cambia la voz o interpreta escenas del Evangelio. Está convencido de que los chicos necesitan recuperar la capacidad de asombro.

Todo está en una pantalla. Yo quiero que descubran que Dios también puede sorprenderlos, manifestó.

Cuando termina de bendecirlos les hace tres pequeñas cruces sobre la frente. Jesús te quiere. Jesús te bendice. Jesús te cuida. Después les acaricia la cabeza y agrega una frase más. María te ama mucho.

Los chicos levantan la vista. Él sonríe.

Entre sus dedos continúa pasando el rosario. Y sobre la mesa sigue el mate tibio que lleva grabada en letras plateadas su lema sacerdotal: Dios abrirá caminos donde no los hay.

Después de escuchar su historia, esa frase parece una conclusión.

La Gaceta Tucuman Esta nota se publicó originalmente en el medio.
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