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Mdzol hace 18 horas 8 min de lectura

Desde hoy y para siempre: simplemente gracias, Leo

Messi cerró una de las etapas más hermosas y gloriosas en la historia del deporte: el Diez no volverá a jugar un partido en un Mundial.

Desde hoy y para siempre: simplemente gracias, Leo
Foto: Mdzol

Terminó la función y se bajó el telón. Esta vez, a diferencia de tantas otras, no hubo un último truco de magia, ni un escape milagroso al mejor estilo Houdini. Lionel Messi nos acostumbró en el último tiempo a eso. Pero ese maldito MetLife Stadium nuevamente fue la catedral de una frustración del Diez. Justo diez años después de que Argentina perdiera la Copa América del Centenario ante Chile en ese recinto.

En aquella ocasión, Messi pronunciaría su tristemente célebre frase se acabó la Selección para mí. Millones de corazones se paralizaron, incrédulos de lo que estaban escuchando. En ese entonces, la Selección acumulaba cuatro finales perdidas, y los reproches hacia la Pulga estaban a la orden del día. Sin embargo, el rosarino recapacitó, volvió y, a fuerza de talento, torció su destino para escribir una de las historias más bonitas de siempre. Soy distinto de aquel, pero casi igual, dice una afamada canción de Los Rodriguez, titulada, casualmente, Diez años después. Mirando atrás, esas líneas pintan a la perfección a Messi: las lágrimas vertidas por el Capitán no son para nada iguales a las de 2016.

Todavía sin anuncio oficial, se cierra uno de los capítulos más importantes de la Selección argentina el más glorioso. Messi ya no jugará otro mundial, y habrá que ver si tenemos el deleite de volverlo a disfrutar en algún partido con la camiseta albiceleste. Ahora, hay que mirar atrás para entender cuán ilógico y trascendental fue el -hasta ahora- Capitán, y agradecer lo afortunados que fuimos de tenerlo.

Porque, en general, Messi le ganó a cuanto rival se le pusiera enfrente. Admiradores, odiadores, escépticos y rivales. Todos en algún momento quedaron de rodillas desde aquellos excelsos futbolistas contemporáneos que intentaron disputarle el reinado y no pudieron sostenerle el pulso, pasando por algún talentoso advenedizo que amagó con ser el nuevo rey del deporte más popular del mundo, hasta una nueva generación, que presumía con el pecho inflado ser la que desplazaría definitivamente al Diez.

A lo largo de sus más de veinte años de carrera pasaron los Kaká, los Cristiano Ronaldo, los Modrictambién los Neymar. Y llegó Mbappé, que también terminó cayendo rendido ante la magia inagotable del crack rosarino.

Y en el medio también pasó una horda de detractores encarnizados, cegados por la frustración que les generaba que el Diez pusiera de rodillas una y otra vez a su equipo, selección o jugador favorito. Ese odio, impulsado por un fanatismo ferviente hizo que se llegaran a poner cada una de las camisetas de los equipos que se interponían entre Messi y sus sueños, y a celebrar cada uno de sus tropiezos. Así de gigante es el Capitán albiceleste, cuya alargada sombra parece abrazar todo.

También existió un grupo de escépticos, aquellos que supieron poner en duda el alcance de la genialidad del rosarino. Nobleza obliga, quien escribe estas líneas alguna vez fue uno de ellos. En algún tiempo hubo peros y me gustaría ver qué pasa si. Con el correr de los años las dudas se disiparon. Incluso antes de sus consagraciones con la Selección. En lo personal, hace años que ya depuse las armas y me rendí Messi también me ganó, por goleada.

Y apareció Lamine Yamal, ese joven irreverente que constantemente es comparado él por sus orígenes barcelonistas, por su talento, por su posición en la cancha. Y por esa icónica foto en la que Messi lo sostiene en una bañera cuando apenas era un bebé de seis meses y que ya es historia del deporte. Lo de esa foto es una locura, dijo Messi hace algunos días. Y razón no le falta. Porque La Pulga es el genio más ilógico que haya pisado un campo de fútbol.

Es posible (o no) que Maradona haya tenido un pico de genialidad más elevado Diego era más vistoso o artesanal. Pero Leo... Leo es otra cosa, es la constancia de hacer de lo excepcional algo que parece hasta normal. Quizás nadie haya jugado nunca como lo hizo Pelusa, pero tampoco nadie lo hizo como Messi. Porque a lo largo de más de dos décadas (¡20 años!) el rosarino hizo algo que parecía imposible: si bien no pudo con la España de Yamal, sí le ganó al rival más infalible que existe en el mundo le ganó al tiempo. Que se haya enfrentado a ese bebé que hace 19 años tuvo en brazos, da cuenta de ello. Y es solo uno de tantos ejemplos. Para ver otros, solo hace falta mirar la formación argentina.

Hace diez años, tras la renuncia de Messi en la zona mixta del MetLife Stadium Enzo Fernández, apenas un adolescente en 2016, publicó una carta en la que le pedía que recapacite. Hacé lo que vos quieras Lionel, pero por favor, pensá en quedarte. Pero quedate para divertirte, que es lo que esta gente te ha quitado() Jugá para divertirte que cuando vos te divertís, no te das una idea lo que nos divertimos nosotros. Gracias y perdón Lionel Messi, escribía quien años después sería uno de sus laderos en cada una de sus gestas albicelestes. Incluido el último baile que Leo nos regaló en el Mundial 2026.

Desde su retorno, Messi no paró de ganar: Copa América 2021, Finalíssima ante Italia en la previa de Qatar, el Mundial de 2022, y nuevamente otro torneo continental en 2024. A fuerza de talento y resiliencia (y acompañado por un grupo de futbolistas dispuestos a dejar la piel por él) borró de un plumazo todo atisbo de crítica y resistencia nos regaló siete años de gloria y alegrías. Logró que por un tiempo un país acostumbrado a las penurias pueda mirar al resto del mundo desde otro lugar.

Luego de Qatar 2022 rogaba que Messi se retirara. Era un final soñado, imposible de igualar. Estaba en el ocaso de su carrera y tuvo un rendimiento impensado. Si se quedaba existía el riesgo de manchar ese final. Por una cuestión lógica de su edad, su desempeño iría en picada. Pero, nuevamente, Messi demostró que la lógica no aplica a él y nos volvió a ganar a todos. Volvió a ganar la Copa América dos años después y, a sus 39 años, brindó una de las actuaciones más increíbles en la historia de los mundiales.

Hoy, pese a la amargura del resultado, agradezco haberme equivocado por enésima vez. La mutación de ese chico introvertido que se transformó el en Gran Capitán de la historia de la Selección argentina (con todo lo que eso significa) fue el cuento mejor guionado. Las muestras de agradecimiento de un pueblo entero, unido bajo su liderazgo, brotaron de cada rincón del país y del mundo. Allí donde hubiera un argentino viendo la final emanó un aplauso interminable para agradecer a un joven de 39 años que nos devolvió la ilusión. Porque con cada remontada agónica nos enseño a no bajar los brazos, a seguir, a luchar, a levantarnos después de caernos. Y esta final perdida es solo eso, una caída más de la que hay que levantarse con la hidalguía que mostró Messi en uno de los momentos más duros de su carrera deportiva. Porque incluso en ese instante, el Diez nos regaló algo: el saber perder, eso que a los argentinos tanto nos cuesta y eso es algo que también debe agradecerse.

El posteo que hizo en sus redes sociales horas antes de la final tenía un dejo de despedida nostálgica que es imposible de dejar de lado. Sus lágrimas, que parecían las de un chico con espíritu amateur que está dando sus primeros pasos en el mundo del deporte, denotan su hambre de gloria, inconformismo pero también otra cosa: sabe que su historia en la Selección posiblemente haya concluido. Tal vez haya lugar para un pequeño epílogo y dispute algún partido más. Pero sus grandes gestas quedarán guardadas en un cajón o en la repisa de una estantería cargada trofeos y reconocimientos. Somos historia pura, le dijo Leo a Scaloni tras la increíble victoria ante Inglaterra en semifinales y vaya si tenía razón.

Queda la nostalgia de saber que ya no se pondrá la camiseta argentina en un gran escenario, ya no vendrá ese momento de magia impensada que sale desde su zurda aterciopelada para rescatarnos por millonésima vez. Argentina no perdió la Copa del Mundo, perdió algo mucho más valioso e importante: perdió la ilusión que genera saber que el Diez nos defenderá en el césped.

El árbitro esloveno Slavko Vincic pitó el final del partido. La función terminó y se bajó el telón. No hubo un último truco de magia. El ciclo de Messi en los mundiales concluyó. Justo diez años después de que entre lágrimas amagara con abandonar la Selección. Las lágrimas de hoy tienen otro contexto y sabor. El paso de Leo en la Albiceleste fue una linda primavera, la más hermosa que haya existido. Por eso, pese al dolor de la derrota y a la nostalgia, hay que mirar atrás y agradecer lo que este genio irrepetible nos regaló porque el mejor jugador de todos los tiempos se desvivió por defender la camiseta argentina hasta que alcanzó todos y cada uno de sus sueños, dándonos años de gloria. Porque, como dicen Los Rodríguez, mejor reir que llorar Para siempre, gracias Leo.

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