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Opinión
Clarin hace 18 horas 4 min de lectura

A la Selección, por el fuego y por las lágrimas, gracias

Más allá de lo deportivo, el equipo y su técnico dieron varias lecciones y mostraron la cara de un país que nos gustaría ver también afuera de la cancha.

A la Selección, por el fuego y por las lágrimas, gracias
Foto: Clarin

La Historia la registra como La tregua de Navidad. Fue el 24 de diciembre de 1914 cuando, hartos de combates y muerte, soldados alemanes y británicos depusieron las armas, entonaron villancicos al unísono, enterraron a sus caídos, decoraron improvisados arbolitos y, según la leyenda, disputaron un partido en la tierra de nadie entre ambos bandos, en distintos puntos del Frente Occidental, en plena Primera Guerra Mundial.

Una carta del cabo A.Wyatt, reproducida en un diario de la época, habla de el día más histórico vivido jamás en el campo de batalla y parece confirmar la teoría del encuentro futbolístico en esa extraña circunstancia. Yo fui uno de los que jugué, les cuenta a sus padres. Aun cuando no hay certezas definitivas respecto al particular match, el 17 de diciembre de 2014, al cumplirse cien años de aquella jornada inolvidable del alto el fuego no oficial en las trincheras de Flandes, cuya foto apareció en la tapa del The Daily Mirror, la UEFA (Unión de Asociaciones Europeas de Fútbol) decidió conmemorarla en Ypres (Bélgica) y en algunas otras locaciones.

En Aldershot, Reino Unido, el Ejército británico jugó un amistoso oficial contra las Fuerzas Armadas Alemanas como parte de la celebración. Michel Platini, entonces presidente de la UEFA, inauguró un monumento en Ploegsteert, cerca del antiguo frente de batalla belga, y en el Reino Unido se emplazó una escultura conmemorativa en bronce, que muestra a un soldado británico y a otro alemán dándose la mano, junto a una pelota de fútbol.

No es casual que en una circunstancia así el fútbol haya estado presente, como realidad o como expresión de deseo. Albert Camus, que antes de escribir El extranjero, La Peste y otros títulos memorables y ganar el Premio Nobel de Literatura fue arquero del Racing Universitaire d'Alger en su Argelia natal dijo que todo lo que sé con mayor certeza sobre la moral y las obligaciones se lo debo al fútbol.

A eso mismo podríamos suscribir los argentinos al cabo de este Mundial. Más allá del resultado final, al margen de lo estrictamente deportivo, hubo como nunca un romance entre la gente y su Selección, o entre la Selección y su gente. Son dos caras de la misma moneda. Porque como nunca, también, el equipo argentino derrochó, dentro y fuera de la cancha, un abanico de valores que no abundan hoy por hoy. Desde el campo de juego, y afuera, dieron varias lecciones y mostraron la cara de un país que es el que nos gustaría ver lejos de las canchas. Sin polarizaciones extremas alentadas desde lo más alto del poder, sin insultos ni descalificaciones, poniendo por delante el bien común y no los intereses particulares o sectoriales.

La Scaloneta fue un equipo, o un grupo, como le gusta decir al técnico Lionel Scaloni, que siempre funcionó unido, poniendo por delante de cualquier individualidad el todo, sin perder de vista el objetivo común y final; en el que se impuso el mérito y no el amiguismo; en el que el nosotros y no el yo fue el pronombre utilizado.

Que se mostró educado y respetuoso, más allá de algunos lamentables episodios aislados en el último partido; que no habló mal de sus rivales ni intentó justificar los errores propios aludiendo a culpas ajenas. Que supo pelear hasta el final, sin darse por vencido aun cuando las condiciones fueran las más adversas. Que se levantó y remontó derrotas que hubieran minado a otros equipos con menos amor propio, con menos garra, con menos compromiso con su camiseta o con menos responsabilidad frente a una hinchada incondicional e inquebrantable, que, con toda justicia, lo saludó con una ovación en la despedida en Nueva Jersey, después de caer ante una España que en la final hizo las cosas mejor y, nobleza obliga, fue un digno campeón.

Un párrafo aparte merece Lionel Messi, el gran capitán. En tiempos en que mediocres de toda laya, sin distinción de género o factor, se suben al pony en segundos, él, que podría encaramarse en el monumento más alto, sigue exhibiendo la misma humildad con que, en la escuela primaria, corría a impedir que su mamá exhibiera orgullosa los trofeos que él había ganado en sus primeros torneos.

Por eso, además de su habilidad increíble, el mundo lo idolatra. Por eso conmueven tanto sus lágrimas; las de emoción a lo largo de la Copa y las de ayer, las del final, con todo lo que uno intuye que encierran. Porque además de todo, Scaloni - un llanto desconsolado en la conferencia de ayer, y un ejemplo a imitar en muchos aspectos- y los suyos dejaron bien en claro que los hombres también lloran.

Que la realidad no destruya lo que el fútbol ha unido.

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