Un duro golpe contra la realidad de un equipo que nos hizo felices
La selección chocó de frente contra un conjunto más joven, rápido y convencido que lo sometió durante los 120 minutos que duró la final del Mundial y le ganó con justicia. El plantel de Scaloni llegó disminuido físicamente y nunca pudo imponer su jue
El segundo tiempo contra Inglaterra nos ilusionó. Daba la impresión de que no podíamos llegar mejor a esta final: entonados anímicamente, con fútbol brotando a borbotones, con la magia intacta en la zurda (y en la derecha) de nuestro capitán. Pero fue sólo eso: un espejismo. Porque el recorrido futbolístico de la selección argentina durante el mundial, en general, se pareció más al deslucido de hoy que a esos 30 minutos mágicos ante Kane, Bellingham y compañía. Y una mala tarde ante un equipo talentoso, jovial y convencido como España se convierte en algo letal, algo que ya le había ocurrido a Francia, el cuco del campeonato.
Como en esos videojuegos noventosos en los que la dificultad crecía pantalla a pantalla, hoy nos esperaba el monstruo más bravo de todos. Y encima llegábamos con baja batería y sin vidas extra: las habíamos gastado todas ante Cabo Verde, Egipto, Suiza y los ingleses, un raid demoledor psíquica y físicamente que hoy se manifestó en la temprana lesión de Lisandro Martínez y la posterior salida de Cuti Romero, dos ausencias futbolística y espiritualmente muy sensibles dentro del campo.
La final fue un suplicio. España ratificó que es la reina de la posesión y no dejó que pateáramos siquiera un solo tiro al arco. Por la mala puntería ajena y la buena actuación del Dibu nos mantuvimos en carrera hasta la roja de Enzo, que inclinó aún más hacia nuestra propia meta un terreno de juego que parecía en declive desde el pitazo inicial. Algo similar al partido con Brasil en Italia 90: sólo nos encomendábamos a un milagro para sacarle provecho a algún contragolpe o para sostener el cero y llegar a los penales. Pero ni bien comenzó el segundo suplementario, Nico Williams le ganó a Molina la disputa de un centro pasado y Ferrán Torres le puso justicia al marcador con un bombazo. El milagro se mudaba de arco, con poca nafta y escasos minutos por delante.
Desesperadas y jugadas al todo o nada, las 10 camisetas albicelestes empujaron sin jugar para tener alguna ocasión que nos acercara a un empate muy lejano en los merecimientos. Y generoso como es, el fútbol nos regaló dos: un centro al área chica que Senesi no pudo empujar (mirá lo torcida que vino la final que hasta tuvo que entrar el que se metió en la lista por la ventana) y una volea frontal de Simeone que se fue bastante por arriba. Esos fueron, al cabo, los únicos dos remates al arco que contará la estadística. Demasiado poco para un campeón que quiere conservar la corona.
Aunque cueste separar la emoción de lo estrictamente deportivo, porque el fútbol son ambas cosas, este fue un mundial mucho más emocional que futbolístico para la selección argentina. El equipo no jugó como lo hemos visto antes, nos costó muchísimo ganarles a rivales presuntamente inferiores, pero la perseverancia, las gestas individuales y hasta el azar parecían empecinados en hacernos soñar. Dicen que el fútbol le debía un mundial a Messi. ¿Y si le debía dos?, nos repetía la publicidad, mientras veíamos como el 19, el 7 y hasta el 4 de la cuarta estrella aparecían en sumas de goles o en fotos previas a cambios de Scaloni. Nos costaba asumirlo porque el equipo mostraba poco, pero el aura de Leo nos llevaba una vez más al Elijo Creer.
Esta vez no hubo ningún milagro. Sí hubo un plantel sacrificado, un cuerpo técnico humilde y trabajador, un líder generoso que siguió entregando destellos de su magia pese al paso del tiempo y un país que se volvió a ilusionar. Motivos suficientes para ser agradecidos y estar orgullosos de este equipo que nos representó. Faltó la frutilla del postre, pero fue hermoso mientras duró.
Ah. Y las Malvinas son y serán siempre argentinas.