A una Selección Argentina a la que se le pedía más, sólo queda decirle gracias por siempre
No llegó el bicampeonato. Si el aplauso general para el equipo que corporizó una generación dorada y que conmovió a todos.
A una Selección Argentina a la que se le pedía más, sólo queda decirle gracias por siempre
No llegó el bicampeonato. Si el aplauso general para el equipo que corporizó una generación dorada y que conmovió a todos.
El pecho lleno de orgullo. Tanto que pasa por encima la pena por la final perdida de la Selección Argentina contra España, en la definición del Mundial 2026. Es un sentimiento unánime. Todos querían más y nadie tendrá el derecho de reprochar algo, porque este equipo conducido por Lionel Scaloni y liderado por un Lionel Messi conmovedor, se ganó el respeto por siempre.
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Muchos todavía están disfónicos por los goles heroicos en la memorable batalla contra Inglaterra, el partido que no se podía perder, y que catapultó a la Scaloneta a otra final. España envolvió en su telaraña a la Selección y aún en notoria superioridad fútbolistica y numérica, por la expulsión de Enzo Fernández, terminó piediendo la hora ante un equipo indomable que formó la prórroga y al final fue al frente, rozando otra hazaña.
Honor y gratitud para esta Selección de un Messi sublime, récord a los 39 años, sobrenatural por sus ocho goles, los más de 20 en Mundiales, la docena de asistencias, las pulseadas titánicas contra monstruos como Kylian Mbappé y Cristiano Ronaldo, y la grandeza de reponerse a todo. Desde aquella final perdida en 2014, a esa aciaga Copa América 2016 contra Chile en Nueva Jersey, mismo escenario de esta final; en la que dijo no va más. Y firmó la renuncia a la Selección, quizá por sentirse indigno, injustamente.
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Recapacitó, sobrevivió a los cuestionamientos, se galvanizó y maduró como un fruto exquisito o el vino más delicioso. Vendría lo mejor. Las Copas América, el oro en Qatar, la consagración brillando tanto como la tercer estrella. En ese pecho tan lleno de orgullo que tenemos. Y contagió a sus compañeros, y le agregó más voltaje a un Mundial electrizante, colmado de emociones. Cómo no perdirle más, si se lo merecían el 10 y el equipo. Y cómo no agradecerle, por todo.
SELECCIÓN, GRACIAS POR LAS EMOCIONES
El pueblo salió a las calles y a dar la cara por esta Selección, que puso el pecho a las adversidades, a los ataques de todas partes, al hostigamiento, a la sensación de que todos la quería ver caer. Era el mundo contra Argentina. Aún así alcanzó otra final, y rozó la epopeya.
Pasó una primera fase inmaculada, la del Messi imparable y récord mundial de goles, que al final quedó en manos de un feroz Mbappé. Como será de altísima la vara, que en mismo torneo se batieron dos marcas: la del capitán argentino superando a Miroslav Klose y sus 16 tantos, y la del propio delantero francés contra el 10 Albiceleste: 22 contra 21. Escalofriante.
El viaje junto a la Selección se convirtió en una montaña rusa. Con los banderazos de los hinchas haciendo época, con el Himno Nacional cantado más fuerte que ninguno, contra los rivales sin historia en el fútbol, y que querían hacerla contra Argentina, como fueron los dramáticos cruces con Cabo Verde y Egitpo, y hasta la propia Suiza en cuartos.
Hasta llegar a ese partido aparte contra los ingleses, y que era más que un partido, obvio. Por Malvinas y por el Diego, a 40 años de nuestra reivindicación en la cancha. Con la casaca azul que no podía fallar. Con "el que no salta es un inglés" colapsando a su "Dios salve al Rey", por ese trapo glorioso que flamearon Lo Celso y el equipo, porque nuestras islas son más que un mapita. Sépanlo de una vez, cipayos.
Si el Mundial hubiera terminado allí mismo, todos habrían quedado conformes por estas latitudes. Lo cambiaban por la final, si hubiera hecho falta, lo firmaban ya. Así tan a flor de piel se vivió esta Copa del Mundo que se despidió ya cerca de su centenario, que comenzará a rodar en la Argentina en 2030. Gracias Selección. Bicampeona, tristemente no. Grande, sí.