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Opinión
TN hace 19 horas 5 min de lectura

La última gran lección de Messi, el hombre que venció al tiempo e inmortalizó a una generación irrepetible

Perdieron la final ante España, pero la camada que dejó la vida por este jugador dejó un legado que nadie podrá borrar: durante cinco años hizo sentir a millones de argentinos que esos jugadores eran parte de su propia familia.

La última gran lección de Messi, el hombre que venció al tiempo e inmortalizó a una generación irrepetible
Foto: TN

Ya está. A desatar los nudos, a devolver los santos a los altares y las estampas a los misales; a descruzar los dedos y a apagar velas e incienso que, además, apestaban la casa entera. Ya no será. El Mundial lo ganó España. El sueño de esta selección extraordinaria terminó. Y el sueño nuestro, el de sus hinchas, también. Gloria a este grupo de atletas: no habrá ninguno igual.

En la granja que imaginó George Orwell, los cerdos festejan; en los chiringuitos de la mediocridad, los gusanos babean felices; la canallada argentina que afiló los colmillos a lo largo de cincuenta días, que descalificó a estos jugadores que dejaron el alma y los trató de desclasados, o los infamó por ser millonarios, o los culpó de publicitar comida chatarra, o les adjudicó desinterés, indiferencia, despreocupación; la canallada que esbozó una campaña anti Messi, que atacó al Seleccionado con el mismo facilismo político que hace medio siglo llevó al desastre a una generación, también debe estar de fiesta: la derrota de Messi, es su victoria.

Sin embargo, a contramano de cerdos, de chiringuitos y de canallas, ya no hay quien le quite grandeza a esta veintena de deportistas, muchos encarnan el espíritu griego del deporte, que a lo largo de cincuenta días hicieron lo que no hacen en las granjas, en los chiringuitos ni en los antros de la canallada: nos mantuvieron en estado de ilusión permanente. Gabriel García Márquez hace que alguien le diga al coronel que no tuvo quien le escriba, que la ilusión no se come. Y el coronel responde: No se come, pero alimenta.

Eso hicieron Messi y compañía hasta este chivo partido final que España ganó bien, en el que, rotos como estaban, dejaron el alma. Con perdón de los británicos, que a estas horas desde el rey Charles III para abajo siguen devastados, y se comprende, Winston Churchill diría que Messi y los suyos dejaron sangre, sudor y lágrimas; o sintetizaría en otra de sus frases el espíritu que campea en esta tarde gris, de extraño jubileo: nunca tantos debieron tanto a tan pocos.

Algo extraño sucedió con esta selección desde que en 2021 ganó la Copa América, luego el Mundial de Qatar y ahora estuvo a punto de ser bicampeón mundial: se nos hicieron entrañables. De alguna manera todavía no explicada y quién sabe si explicable, quienes seguimos sus andanzas a lo largo de los últimos cinco años sentimos que quienes salían a la cancha con la albiceleste eran nuestros primos, nuestros sobrinos, nuestros hijos, nuestros hermanos, nuestros amigos de la barra quilombera; les conocemos alguna intimidad, alguna madre nos ha contado cómo tomaba la leche el hijo hoy célebre, sabemos cuáles bromas se gastan, qué música escuchan, cómo se divierten; se nos hicieron tan cercanos que sufrimos sus lesiones, sudamos sus sudores, amparamos sus picardías, entendimos sus furias y hasta desciframos sus tatuajes; sentimos, tal vez como nunca antes con otra selección, que jugaban para nosotros.

En este mundial, política y guerra se colaron como invitados de piedra en el deporte. Pero con la selección de Scaloni sucedió al revés: el equipo, su director técnico, su capitán, el Messi que dice adiós, y sus principales figuras surgen de golpe como un ejemplo a imitar, como el paradigma de la sociedad que deberíamos ser. Es un disparate. El fútbol da alegrías, no hace milagros.

Por ahora, siguen plena vigencia los secanucas, la corrupción amparada por la Justicia, los jueces que miran hacia otro lado, los enriquecimientos súbitos, la droga, el rencor por sobre el remordimiento, la injuria, la ofensa, la humillación, los abismos, la mugre.

Mientras escribo estas líneas, y como hace cuatro años, una multitud marcha hacia el Obelisco, ese monigote de piedra que es nuestro muro de lamentos y nuestro tótem de las victorias. Marchan codo a codo sin grieta, sin presentir; piensan diferente, sienten diferente, casi se diría que hablan diferente, cuando toque, votarán candidatos diferentes; pero ahora caminan con banderas, camisetas de la Selección, cornetas, falsa nieve; hombres, mujeres y chicos andan sin edad, de la mano de sus padres, o de la de sus abuelos, o vigilados por sus nietos; saltan, cantan, se abrazan, ríen; aunque parezca mentira, ya que se trata de fútbol donde lo importante es ganar, celebran una derrota. ¿De dónde salimos? ¿Quién nos parió? Lo hicieron esos muchachos que esta vez recibieron con la cabeza en alto sus medallas de subcampeones, y después se pararon con pose de gladiadores frente a una tribuna colmada de argentinos para llorar como chicos. Los vamos a extrañar.

La generación dorada de Qatar y del Mundial 2026 se despide a lo grande. Se lo ganaron, sobre todo por el estoicismo con el que bancaron a cerdos, chiringuitos y canallas, mientras el mundo admiraba al sufrido Messi, a quien algún idiota hasta amenazó por televisión. Hay que ver quién hace crecer ahora la semilla que plantó esta generación.

Sonará pomposo y tal vez lo sea, da igual. Para Messi y compañía, toda la gloria. Nadie podrá quitarles los laureles que supieron conseguir.

TN Esta nota se publicó originalmente en el medio.
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