Una tristeza que huele a pueblo | Análisis
La pena es de azabache, y se canta con voz de madera. El silencio abruma, tiene una pureza cóncava como de interior de aljibe. El dolor cuelga del árbol como una extraña fruta. ¿Qué hacer con este presente deshabitado, desnudo? La tristeza muestra su
Final Messi, De Paul y Otamendi, tras la caída en la final.
José Luis Lanao
La pena es de azabache, y se canta con voz de madera. El silencio abruma, tiene una pureza cóncava como de interior de aljibe. El dolor cuelga del árbol como una extraña fruta. ¿Qué hacer con este presente deshabitado, desnudo? La tristeza muestra sus vísceras. Se la oye venir desde lejos, poderosa. Huele a pueblo vacío, que ahora espera que la vida escampe, en estos tiempos humanos de rencor de clase y prejuicios de piel y de pobreza.
La brecha entre el país que habitamos y el que tenemos la responsabilidad de reconstruir sí se sostiene sobre una obligación moral: la de tener esperanza. Con la selección la tuvimos a trompicones, y nos convenció luego del excelente segundo tiempo ante Inglaterra.
El partido se presentó como se esperaba. Una primera parte trabada, de mucha exposición física, con un mejor trato del balón por parte de España, y con un conjunto argentino retrasado, esperando, sin regalar espacios, pero con poca profundidad ofensiva. En la segunda parte se agudizó el dominio español. España fue más que Argentina, con esa idea fuerza de robarte el balón, de hacerlo suyo y de progresar ofensivamente de forma incisiva, con la ambición en el corazón y el toque en el cerebro. Argentina no apareció ofensivamente en todo el partido. Un segundo puesto digno, para pensar y pensarnos, con luces y muchas sombras.
El Mundial se acabó. Las bombas siguen cayendo. El estruendo del fútbol y la metralla se refugia en algún recoveco del cerebro. El amo del imperio -destruya lo que destruya, sangre lo que sangre- entregó la Copa, como estaba previsto.
Hoy la tristeza lo inunda todo, y alimenta el estómago de los hambrientos. Tal vez lo mejor esté por venir. Vaya uno a saber. Aun así, dejemos una lamparita encendida, que el sueño americano da mucho miedo.
(*) José Luis Lanao es exjugador de Vélez, clubes de España y campeón del Mundo 1979. Este artículo de Opinión fue publicado originalmente en el diario Página/12.