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Pasión Deportiva
Diario de Cuyo hace 20 horas 2 min de lectura

El Mundial de Messi: el pibe de 39 que sostuvo a un equipo que mostró falencias futbolísticas

El 10 fue el goleador y máximo asistidor

El Mundial de Messi: el pibe de 39 que sostuvo a un equipo que mostró falencias futbolísticas
Foto: Diario de Cuyo

El Mundial de Lionel Messi no fue una simple despedida ni el último baile protocolar de una leyenda; fue una auténtica epopeya futbolística, un despliegue de vigencia absoluta que desafió cada ley de la naturaleza y del deporte de alto rendimiento. Llegar a la máxima cita con 38 años y completarla habiendo soplado las 39 velas en pleno certamen ya representaba una anomalía para la élite. Sin embargo, para el mejor jugador de todos los tiempos, el calendario biológico dejó de ser una limitación y pasó a ser un mero dato estadístico, una cifra incapaz de condicionar el genio de un futbolista que juega con el mapa del partido en la cabeza.

Su influencia en el torneo trascendió lo puramente táctico para transformarse en un sostén absoluto, tanto en la red como en el espíritu de un plantel que se hamacó bajo su liderazgo. En un campeonato donde los centrodelanteros naturales sufrieron la sequía y la falta de efectividad, y cuando los caminos al gol parecían dinamitados por las defensas rivales, Messi asumió la responsabilidad total del grito sagrado.

Sus 8 goles y 4 asistencias grafican una bestialidad estadística, pero lo verdaderamente descomunal fue el momento y el peso de cada una de esas intervenciones. Apareció cuando las papas quemaban, destrabando partidos cerrados y poniéndose el traje de bombero en los momentos de mayor zozobra colectiva.

Lo conmovedor de su travesía fue la metamorfosis de su propio juego en pos del bien común. Cuando el libreto exigió la lucidez del enganche clásico, frotó la lámpara; pero cuando el trámite mutó en una batalla física y de dientes apretados, no tuvo reparos en ponerse el overol de obrero. Se lo vio presionar, retroceder a recuperar pelotas en campo propio y batallar lejos de las luces del área, contagiando a sus compañeros a base de puro sacrificio.

Jugó cada minuto con la intensidad de quien sabe que no hay mañana, despojándose de cualquier postura corporativa para entregarse al llanto genuino y al desahogo tras victorias agónicas como la de Egipto.

Este Mundial dejó en claro que su grandeza no solo reside en su talento inigualable, sino en la inquebrantable condición humana de un jugador de 39 años que, cuando lo necesitaron, se cargó el destino de todo un equipo al hombro.

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