El Mundial que no vamos a olvidar y que ya comenzamos a extrañar
La Copa del Mundo de la que todos dudaban nos fue enamorando en el camino. Partido a partido, nos hizo sufrir, nos emocionó, nos conmovió y finalmente nos conquistó.
2026. El Mundial que no vamos a olvidar y que ya comenzamos a extrañar
La Copa del Mundo de la que todos dudaban nos fue enamorando en el camino. Partido a partido, nos hizo sufrir, nos emocionó, nos conmovió y finalmente nos conquistó.
Julio fue un mes de locura para nosotros. No fue un mes más, fue una locura de las lindas, de esas que te dibujan una sonrisa pícara en el rostro. Cada cuatro años, millones de argentinos nos volvemos a ilusionar. Por un mes olvidamos nuestras vidas para pasar a vivir una vida colectiva en la que todos somos parte de lo mismo. Y cómo no serlo, si cuando nos juntamos hacemos locuras. Locuras de las lindas.
Es increíble nuestra capacidad para reconvertirnos. A mediados de junio nadie hablaba de lo que era inminente. No hay clima de Mundial; es porque ya la ganamos; es porque la situación está jodida. Y todas son verdades. El Mundial no alivia la inflación. No abulta nuestras billeteras. No evita juicios, condenas ni pesares. Pero hace algo más, algo todavía más difícil en una sociedad tan agrietada como la nuestra: nos une. Nos une y nos abraza unos a otros aferrados a la ilusión.
Y fuimos de menos a más, como si estuviera guionado. Cuando todo comenzó parecía interminable. Las tres sedes parecían exageradas, las distancias ridículas y la cantidad de participantes una demencia. Ninguno se esperaba todo lo que se venía ni lo disfrutable que terminó siendo esta Copa del Mundo.
Es más, por aquellos primeros días uno podía cuestionarse si llegaríamos a extrañar algo de este Mundial. ¿Por qué habríamos? Si estuvo lleno de cosas ajenas a lo que consideramos fútbol. Si de tres shows de apertura ninguno fue memorable. Si no nos sabemos ni cuatro párrafos seguidos de su canción. Si apareció el tan detestable cooling break.
Entonces, ¿por qué?
Y capaz la respuesta es más simple de lo que creemos: lo vamos a extrañar porque el futbolero ama el Mundial. Los argentinos amamos el Mundial. Pero ojo, amamos el Mundial; no amamos a la Fifa, no amamos al país anfitrión, no amamos a la organización. Amamos al Mundial.
Cuando la pelota gira nos abstraemos. Cuando suena el himno nos abstraemos. Cuando nos quieren chicanear nos abstraemos. Cuando sufrimos, festejamos, rezamos e imploramos nos abstraemos.
Encima este año tuvimos semanas ininterrumpidas de Copa. Fue una dosis extrema de fútbol directa a las venas de los que amamos este deporte. Tanto que cuando los partidos comenzaron a alejarse uno del otro nos hizo extrañar hasta el Uzbekistán vs. RD Congo.
Pasó volando y entre tanto tole tole llegó el 104. No sabemos cómo, no sabemos en qué momento, pero llegó el 104.
O bueno, un poco sí sabemos. En esta parte del mundo lo sabemos porque lo vivimos. Lo sabemos porque nosotros también llegamos. Porque el destino tenía en sus planes colocarnos una vez más en el partido final de una Copa única.
Claro, no sin hacernos sufrir. Porque ese 104 llegó con sufrimiento. Llegó con angustia, con las partes nobles arriba hasta la garganta y después de hacernos insultar, gritar, celebrar y llorar en los momentos más desesperantes. Con todo eso, lo importante es que llegó. Que llegó y que llegamos.
Fue un vaivén emocional. Angustiante hasta la médula. Aunque para afuera decíamos que lo importante era lo que ya conseguimos, por dentro sabíamos que esta tenía un sabor distinto: Por Malvinas, por el Diego, por la última de Leo.
Nos emocionó, pero también nos asustó. ¿Y si sí es la última? Bueno, si fue la última, este extraterrestre se despidió como sólo él podía hacerlo. Nos hizo jugar todos los partidos para que todos podamos decirle chau genio, gracias. Gracias. Y otra vez gracias.
Él no podía irse de otra manera. Nos regaló sus últimas funciones, nos volvió a hacer creer, nos volvió a dar ilusión y nos hizo olvidar del tiempo como sólo él lo sabe hacer.
Porque fue todas sus versiones. De a ratos era el diez armador, después el wing derecho, otras veces el falso nueve. Fue todos y todos brillaron para nosotros.
No sabemos si este fue el mejor Mundial. No sabemos si fue el más memorable. Ni siquiera sabemos qué cosas nos iremos olvidando a medida que pasen los años. Lo que sí sabemos es que fue único. Que fue especial. Que tuvo un gustito diferente a los otros y eso ya es mucho.
Julio fue un mes de lágrimas, de gargantas rotas, de abrazos que quedarán para siempre y de despedidas que nos harán emocionar de por vida. Gracias julio, fuiste un mes de locuras. De esas locuras lindas, esas que te dibujan una sonrisa pícara en el rostro.