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Sociedad
TN hace 3 días 6 min de lectura

Se conocieron en Bariloche, pasaron años sin hablar y una foto cambió sus vidas para siempre

Gonzalo y Rocío son de Mar del Plata, pero el destino hizo que su historia de amor comenzara en el sur. Después de recorrer varios países y hacer todo tipo de trabajos, hoy viven en Copenhague, donde conquistaron a los daneses con un emprendimiento q

Se conocieron en Bariloche, pasaron años sin hablar y una foto cambió sus vidas para siempre
Foto: TN

No sabían que vivían en la misma ciudad. Se conocieron por casualidad durante el viaje de egresados a Bariloche, compartieron algunos momentos y cada uno siguió con su vida. Recién dos años después, gracias a una foto publicada en Facebook, descubrieron que ambos eran marplatenses.

Hoy, más de una década después, Gonzalo y Rocío viven en Copenhague, tienen un hijo y lograron algo que jamás imaginaron: conquistar a los daneses con medialunas hechas al estilo de Mar del Plata. La historia de ambos parece escrita por el destino.

Nos conocimos de suerte en Bariloche, sin saber que los dos éramos de Mar del Plata. Pasaron dos años hasta que Ro me encontró en Facebook porque un compañero mío había subido una foto conmigo y él había viajado con ella. Ahí nos dimos cuenta de que éramos de la misma ciudad, recordó Gonzalo durante una charla con TN.

Del viaje de egresados a una vida juntos por el mundo

Cuando retomaron el contacto descubrieron otra coincidencia: los dos estaban por viajar con una visa de trabajo a Estados Unidos. Ella iba rumbo a Nueva York y él a Colorado. Decidieron encontrarse allá y ese viaje terminó marcando el comienzo de la relación.

Nos vimos en Estados Unidos, ahí nos pusimos de novios y cuando volvimos dijimos que queríamos empezar a viajar. La idea era juntar plata para seguir recorriendo el mundo, recordó Gonzalo.

Ese fue apenas el comienzo. Regresaron a Mar del Plata, volvieron a Estados Unidos, más tarde se casaron y emprendieron un nuevo desafío en Francia. Vivieron primero en Burdeos, después trabajaron en Toulon él en la cocina del tradicional club de rugby de la ciudad y ella en un café y más tarde pasaron una temporada en los Alpes franceses, donde Gonzalo hacía pizzas por la noche mientras Rocío atendía una cafetería durante el día.

Fue un amigo quien les habló por primera vez de Dinamarca. No conocían prácticamente nada del país, pero decidieron probar suerte. Llegaron a Copenhague en verano y quedaron maravillados.

Parecía una maqueta. Todo el mundo andando en bicicleta, disfrutando en la calle. Dijimos: Esto es una locura. Nos enamoramos de la ciudad, recordó Gonzalo. Tiempo después consiguieron la ciudadanía italiana, regresaron definitivamente a Dinamarca y formaron una familia. Allí nació Pino, su hijo de tres años, mientras ambos trabajaban en distintos empleos para sostenerse.

Un antojo, un cuaderno y la receta que conquistó Copenhague

La idea que terminaría cambiándoles la vida apareció de la manera más inesperada. Durante el embarazo, Rocío empezó a extrañar las medialunas marplatenses. Un día de lluvia me fui en bicicleta al centro a buscar lo más parecido que había, que eran unas donas. Volví empapado y dije: Nunca más. La próxima vez las hacemos nosotros. Ahí empezó todo, contó Gonzalo.

Las primeras pruebas estuvieron lejos de ser exitosas. Las hicimos para el cumpleaños de Pino y salieron horribles, incomibles. Pero todos nuestros amigos nos decían que estaban buenísimas. Ahí nos quedó dando vueltas la idea, recordó entre risas. Poco después Gonzalo dejó su trabajo y decidió apostar por un proyecto propio. Rocío fue quien terminó de convencerlo. Agarré un cuaderno y empecé a anotar absolutamente todas las recetas. Todos los días hacía una distinta. Tenía claro el sabor que quería encontrar: el de las medialunas de la Boston de Mar del Plata.

Durante casi dos meses repitieron el mismo ritual. Horneaban, probaban, corregían y volvían a empezar. Cada detalle quedaba registrado. Tengo un cuaderno donde anotaba la receta, la humedad, la temperatura, si había llovido o salido el sol.

Después pasé todo a Excel. Las medialunas cambian muchísimo según el clima, explicó Gonzalo. Hoy el trabajo está perfectamente dividido. Rocío se ocupa principalmente de la producción mientras él atiende el food truck. Los martes, cuando permanecen cerrados, elaboran la producción que les alcanza para toda la semana. Intentamos trabajar cuando Pino no está en casa. Y los martes hacemos toda la producción grande para el resto de la semana.

Desde las seis de la mañana Gonzalo ya está en el puesto, ubicado junto a la salida de una estación de metro que conecta con la Universidad de Copenhague. Allí termina de hornear las medialunas y abre a las ocho. Muchas veces ya hay clientes esperando.

Hay días que abro y tengo veinte o treinta personas haciendo cola. Nunca estoy solo. Siempre llega alguien a comprar dos medialunas, media docena o una docena, relató. Con el tiempo, el menú fue creciendo. A las clásicas medialunas se sumaron versiones rellenas con pastelera y dulce de leche, vigilantes, criollitos, chipá, alfajores, sándwiches de miga y hasta pizza porteña cuando juega la Selección argentina.

Los daneses tampoco tardaron en adoptar algunas costumbres argentinas. Gonzalo recordó que al principio muchos no entendían qué estaban vendiendo, pero hoy algunos productos son verdaderos éxitos.

La de pastelera con dulce de leche fue un boom. Y la medialuna de grasa les encanta. No asocian que una factura pueda hacerse con grasa vacuna, pero cuando la prueban les fascina, aseguró. Además, explicó que trabajan con una producción limitada y que, una vez que se termina lo que hornearon para ese día, ya no vuelven a hacer más hasta la jornada siguiente. Esa dinámica, lejos de jugarles en contra, generó un público fiel que suele llegar temprano para asegurarse las últimas piezas.

El emprendimiento ya les permite vivir exclusivamente de ese proyecto. Rocío dejó su empleo en una reconocida cadena de ropa y ambos trabajan a tiempo completo en La Bristol.

Por suerte hoy La Bristol paga el alquiler. Paga el techo, resumió Gonzalo con orgullo. Sin embargo, el crecimiento también trajo un desafío inesperado: la casa dejó de ser solamente su hogar y pasó a convertirse en el lugar donde producen casi todas las facturas. Por eso, el siguiente paso será encontrar un espacio propio para separar el trabajo de la vida familiar.

Aunque el presente los encuentra consolidados en Dinamarca, los sueños siguen creciendo. El objetivo inmediato es abrir un local donde puedan producir con mayor comodidad y, más adelante, sumar una cafetería que complemente el food truck. Si soñamos en grande, me encantaría que La Bristol llegue algún día a Japón. No sé por qué, nunca fui, pero sería increíble, confesó Gonzalo.

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