El mal uso de la inteligencia artificial está matando al arte
¿Aceptaremos un mundo en el que la música sea generada en lugar de compuesta; los libros, fabricados en lugar de escritos; y las interpretaciones, simuladas en lugar de vividas?, se preguntan los autores. Llegó el momento de plantear un debate jurí
La forma en que las grandes corporaciones están utilizando la Inteligencia Artificial para producir réplicas de la creatividad humana está matando al arte y a los artistas que lo crean.
La obra de escritores, músicos y poetas que enriquecen día a día el patrimonio cultural de la humanidad está siendo saqueada de manera brutal y sistemática por sistemas diseñados para generar réplicas artificiales del arte e imitaciones cada vez más convincentes de los propios artistas.
Hace algunos meses se publicó un libro titulado Hipnocracia, atribuido al supuesto escritor hongkonés Jianwei Xun. Tanto el libro como su presunto autor despertaron atención y curiosidad en todo el mundo, hasta que se reveló que Jianwei Xun no existía. Había sido una invención del filósofo italiano Andrea Colamedici, quien escribió el libro interactuando con Inteligencia Artificial.
Se nos dice, con absoluta seguridad, que la Inteligencia Artificial no es más que un nuevo capítulo en la larga historia del progreso tecnológico. La comparación es siempre la misma: la imprenta, la cámara fotográfica, el sintetizador. En su momento, se afirmó que cada una de estas innovaciones amenazaba las formas existentes de expresión artística y que, con el tiempo, todas terminaron integrándose al proceso creativo. Pero esa comparación no solo es anacrónica: es profundamente equivocada.
Lo que hoy enfrentamos no es una nueva herramienta puesta en manos de los artistas. Es un sistema concebido, desde su origen, para desplazarlos. Esto resulta particularmente evidente en la actual avalancha de contenidos generados por Inteligencia Artificial que está saturando las plataformas culturales.
Cada día, Spotify incorpora decenas de miles de canciones generadas por IA, publicadas bajo los nombres de artistas ficticios. Eso no es arte; es una industria dedicada a fabricar imitaciones de la creatividad humana para captar reproducciones y generar ingresos. Del mismo modo, Amazon está siendo inundada por libros creados con IA de todos los géneros imaginables, producidos a una velocidad que ningún escritor humano podría igualar.
El auge de la Inteligencia Artificial ha generado un conflicto sin precedentes entre la creatividad humana y la sistematización estadística de todo lo que ya fue creado. Los escritores representan y simbolizan de manera ejemplar ese impulso creador. Defender sus derechos de autor significa, en última instancia, defender la capacidad exclusivamente humana de crear, la cualidad que nos distingue de los autómatas, por más veloces o fascinantes que esas máquinas puedan llegar a ser.
Algo importante ocurrió en Buenos Aires
El domingo 10 de mayo ocurrió un hecho significativo durante el Debate de Clausura de la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires.
Ese día, el escritor y productor cultural estadounidense Jonathan Taplin presentó, ante un panel de filósofos argentinos y cientos de jóvenes asistentes, un manifiesto sobre la violación de los derechos de los creadores mediante el uso indebido de la Inteligencia Artificial. Con autorización del autor, reproducimos a continuación los pasajes centrales de ese manifiesto.
"Nos dicen que este es el precio del progreso. Que resistirse es inútil. Que el mercado resolverá todos los problemas. Pero los mercados, abandonados a su propia lógica, no preservan el valor cultural. Optimizan la eficiencia, la escala y la rentabilidad. Y al hacerlo, tienden a concentrar el poder en manos de quienes controlan la infraestructura.
Ese es el patrón más profundo. La Inteligencia Artificial no es simplemente una tecnología. Es una estrategia económica. Les permite a quienes son dueños de las plataformas y de los modelos apropiarse del trabajo de los artistas prácticamente sin costo alguno y luego competir contra esos mismos artistas utilizando sus propias obras.
La cuestión que enfrentamos, por lo tanto, no es si la Inteligencia Artificial moldeará el futuro del arte. Ya lo está haciendo. La verdadera pregunta es si ese futuro incluirá a los artistas como algo más que materia prima.
¿Aceptaremos un mundo en el que la música sea generada en lugar de compuesta, los libros sean fabricados en lugar de escritos y las interpretaciones sean simuladas en lugar de vividas?
¿Aceptaremos el argumento de que copiarlo todo equivale a citar algo?
¿O trazaremos un límite jurídico, cultural y moral e insistiremos en que la creatividad humana no es un recurso que pueda ser explotado sin restricciones?
Estas no son preocupaciones abstractas. Afectan el corazón mismo de lo que entendemos por cultura.
Una cultura no es simplemente una acumulación de contenidos. Es una conversación a través del tiempo entre personas que crean, responden a las obras de otros y construyen sobre ellas.
Si esa conversación es reemplazada por un sistema que consume el pasado para automatizar el futuro, entonces algo esencial se pierde.
No de golpe. No de manera espectacular. Sino gradualmente, casi de forma imperceptible, hasta que desaparece la diferencia entre crear y replicar.
Y cuando eso ocurra, tal vez descubramos que hemos conservado la forma exterior de la cultura, pero la hemos vaciado de su contenido.
Ese es el riesgo que tenemos por delante. Y, pese a lo que nos dicen, no es un destino inevitable".