Éramos hermanos de distintas guerras: la emoción de Bassedas al recordar al Vélez campeón con Bianchi
El exvolante y referente del Fortín pasó por Random y repasó la época dorada en la que vencieron al Milan, sus días en la Premier League y dejó una cruda radiografía sobre las presiones del fútbol actual.
Pocos protagonistas en el fútbol argentino pueden jactarse de haber mirado el juego desde todos los ángulos posibles. Christian Bassedas es uno de ellos: brilló como jugador, lideró proyectos como director deportivo y se sentó en el banco como entrenador.
Tras su última experiencia laboral en Chile, regresó al país para recargar energías en su hogar: Estoy pleno en el sentido de que estoy en casa. El futbolista inicia desde muy chico con mucha disciplina, pero cuando se termina la carrera tenés que buscar nuevos horizontes. No podés vivir mirando para atrás, le confió a Leo Montero.
La gloria con Vélez en los 90: Éramos hermanos de distintas guerras
Hablar de Bassedas es hablar del Vélez multicampeón de Carlos Bianchi que tocó el cielo con las manos al vencer al Milan en Japón en 1994. Al recordar aquel plantel, el exmediocampista define a ese grupo como una verdadera hermandad.
Aquel Vélez fue una etapa inolvidable que queda en nuestra memoria como un viaje de egresados. Cuando nos reencontramos con los muchachos, nos acordamos de las boludeces que hacíamos en el vestuario. Es una sensación difícil de poner en palabras: somos hermanos de distintas guerras. Nos conocemos muy profundamente; nuestros miedos, esfuerzos y familias.
Al buscar las claves de un equipo que rompió la hegemonía de los grandes, destaca el factor colectivo: El líder verdaderamente fue el equipo. Bianchi y el profe Santella imponían un respeto absoluto; hacían de padres y psicólogos. Éramos pibes y la pasábamos bien, pero a la hora de trabajar, se trabajaba de verdad. Terminamos jugando la final del mundo con siete futbolistas surgidos de las inferiores del club.
Su paso por la Premier League: el respeto de Robson y las tardes de Guinness
En el año 2000, Bassedas dio el salto a Inglaterra para vestir la camiseta del Newcastle, una experiencia de tres años que lo marcó profundamente, tanto en lo profesional como en lo cultural.
Me encantó Newcastle, pero no pude asentarme del todo y empecé a extrañar. Sin embargo, me llamó mucho la atención el respeto absoluto que había. Nos dirigía Bobby Robson, un emblema total. Al equipo no le iba bien, y a mí me daba hasta vergüenza la situación, pero la gente y la prensa mantenían un trato sumamente amable. Eso en Argentina es impensado.
Entre las curiosidades de la Premier de aquellos años, recordó entre risas las costumbres británicas: Tomaban cerveza como nosotros tomamos agua. Al otro día iban a entrenar y se la bancaban perfecto. Cada tanto, después del almuerzo en el club, se iba directo a los bares y pasábamos toda la tarde ahí. A mí me gustaba mucho la Guinness (cerveza negra); eran momentos de relajación muy placenteros.
El peligro del ego en el vestuario y los líderes estilo Chilavert
Habiendo transitado el fútbol desde las oficinas como mánager, Bassedas analizó la convivencia interna y recurrió a la música para definir al principal enemigo de un grupo humano:
Como dice un disco de Charly García, todos tenemos demasiado ego. Pero el ego malo es el peor enemigo en un vestuario. Es el jugador que piensa que está por encima de la historia del club, del escudo y de sus compañeros. El ego bueno lo demostrás dentro de la cancha y no hace falta más nada; el malo te confunde".
En ese sentido, trazó un paralelismo con figuras de liderazgos fuertes como José Luis Chilavert o el Dibu Martínez: Chilavert tenía un ego fuerte, pero lo demostraba constantemente a la hora de la verdad. Con hechos demostraba su personalidad y, además, en el vestuario era un excelente compañero que quería ganar. ¿Cómo no vas a aceptar eso? Como decía Luis Enrique: los futbolistas no somos especiales. Tuvimos la fortuna de tener buenos salarios y ser famosos, pero somos todos lo mismo.
Ser DT es el rol más difícil de todos
Bassedas ofreció una mirada lúcida sobre las diferentes presiones que componen este deporte, diferenciando la etapa del jugador de la del director técnico.
La etapa del jugador es la más placentera. Es lo que sabés hacer desde chiquito, te preparás para eso y te desplazás con libertad, más allá de las críticas, explicó. Sin embargo, el banco de suplentes muestra otra realidad: Ser DT fue lo más complicado y difícil de llevar. Te exige una obsesión total; no te permite distracciones, la cabeza te funciona a mil por hora las 24 horas. Y encima, si dirigís al club de tu amor como me tocó a mí con Vélez, la carga emocional multiplica la frustración por diez si las cosas no salen.
Para graficar la resiliencia que exige el fútbol argentino, apeló a una referencia cinematográfica: No hay mejor frase que la de Rocky Balboa cuando le dice a su hijo que nadie va a pegar más duro que la vida. En el fútbol sucede exactamente eso: tenés que estar preparado para soportar golpes y golpes, levantarte y seguir.
Hacia el final, al ser consultado sobre el miedo a la muerte, el exvolante reafirmó su amor por las cosas simples de la vida: Le tengo un diez de miedo. No me quiero morir, me gusta mucho vivir, estar cerca de mis hijos y acompañarme con mi mujer. Esperemos lo que dicte el destino, pero ojalá sea compartiendo una buena cerveza negra.