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Provinciales
AnalisisDigital 12/07/2026 17:10 3 min de lectura

Carlitos | Análisis

Hay personas a las que uno conoce mucho antes de conocerlas de verdad.

Carlitos | Análisis
Foto: AnalisisDigital

Carlos María Fenés.

Hay personas a las que uno conoce mucho antes de conocerlas de verdad.

A Carlos María Fenés lo conocí cuando era una niña. Yo iba a estudiar declamación con su madre, Mirtha De los Santos, una mujer que hizo de la poesía una forma de enseñar y de querer. Mientras yo aprendía versos entre cuadernos y libros, él era un joven serio, educado, que estudiaba Abogacía en Santa Fe.

Para Mirtha, Carlitos era un orgullo inmenso. Vivía cada examen como si también tuviera que rendirlo ella. Celebraba cada materia aprobada y sufría cada espera. Quienes pasábamos por esa casa de calle Cervantes conocíamos de memoria esas conversaciones que mezclaban poesía, alumnos y las novedades de su hijo.

Con el tiempo abrió su estudio en la misma casa familiar. Yo seguía asistiendo a mis clases y, cada tanto, él aparecía en la sala. Venía de atender a un cliente, se sentaba un rato a tomar unos mates con su madre, hacía algún comentario amable y volvía a trabajar. Eran escenas sencillas, cotidianas, que entonces parecían insignificantes y que hoy regresan con una claridad asombrosa.

Creo que empecé a quererlo mucho antes de tratarlo. Lo quise desde el amor inmenso que Mirtha le tenía.

También fui testigo, sin saberlo, de otra historia que empezaba a escribirse en esa misma sala. Allí conoció a Patricia, quien sería su compañera y la madre de sus hijos.

Carlitos tampoco faltaba nunca cuando su madre organizaba un recital. Ella lo buscaba con la mirada entre el público; él siempre estaba. Era una relación construida sobre una admiración mutua.

Los años lo encontraron convertido en un abogado reconocido, pero nunca perdió aquello que ya se adivinaba en aquel muchacho reservado: la rectitud, la coherencia y un profundo sentido de la justicia. Defendía trabajadores, como le gustaba decir. Peleó por los derechos de los canillitas y de tantos otros que encontraron en él un profesional comprometido con sus convicciones.

Hace un par de años volví a verlo. Fui a su estudio por una consulta jurídica, pero hablamos bastante menos de expedientes que de la vida. De la salud, de la familia, de sus hijos y de su nieta. Mientras lo escuchaba, advertí algo que me conmovió: hablaba de Federico, su hijo mayor, con el mismo orgullo con el que, décadas atrás, Mirtha hablaba de él cuando todavía era estudiante.

Hace apenas unas horas supe de su muerte. La noticia me sorprendió y me entristeció profundamente. Entonces la memoria volvió, inevitable, a aquella casona de calle Cervantes, a los libros de poesía, a los mates compartidos y a esa madre que siempre esperaba a su hijo.

Me gusta imaginar que, en algún lugar donde el tiempo ya no duele, Mirtha volvió a recibir a Carlitos con un abrazo largo y un mate caliente, como tantas veces lo hizo al verlo regresar a casa.

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