El milagro diario de sobrevivir a nuestra propia pasión
Tras el agónico pase de ayer, la locura colectiva y el recuerdo de René Favaloro nos invitan a reflexionar sobre la salud de un motor que late al límite.
El milagro diario de sobrevivir a nuestra propia pasión
Clasificamos, sí, y Concepción del Uruguay amaneció hoy flotando en ese limbo de alivio y cansancio físico extremo. Pero esa frase, tan nuestra y tan cruda, me dejó pensando en el costo invisible de nuestras pasiones cotidianas...
El exitismo no es patrimonio exclusivo de las tribunas de la Copa del Mundo; es, lamentablemente, el aire que respiramos todos los días en la oficina, en la facultad y hasta en la mesa familiar. Vivimos bajo la dictadura del "ganar como sea", un mandato feroz que nos obliga a estar siempre arriba, facturando, sonriendo para la foto de las redes y mostrando una productividad implacable.
Esta cultura de la efectividad nos exige ser gerentes exitosos de nuestras propias vidas, convirtiendo el descanso en un pecado y el ocio en tiempo desperdiciado. Nos autoexplotamos con una sonrisa en la cara, creyendo que el agotamiento es un sinónimo de dignidad... y así nos va. La ansiedad se vuelve el síntoma de una sociedad que no sabe parar, que no tolera el empate y mucho menos la derrota.
Cuando medimos nuestra existencia únicamente por el marcador del silbatazo final, estamos fritos... porque tarde o temprano el cuerpo, la edad o el propio desgaste de la vida nos van a ganar la posición. El verdadero fracaso no es perder un partido, sino creer que solo valemos si salimos campeones.
Lo veo a diario en las aulas: el pibe joven, estudiante universitario, devorado por la ansiedad y el insomnio porque un ocho en un parcial le parece una catástrofe irreversible. Y del otro lado de la vida, el jubilado que siente culpa por sentarse en la plaza de la ciudad a ver pasar la tarde sin un "propósito productivo".
Es la factura cara de una salud mental que no da abasto. El superyó colectivo se ha vuelto un director técnico desquiciado que nos grita desde la línea de cal que corramos más rápido, incluso cuando las piernas ya no nos dan.
El neurótico es aquel que no puede disfrutar de la realidad porque está demasiado ocupado rindiéndole cuentas a un juez implacable. Hoy, ese juez viste de traje corporativo o de gurú de la autoayuda que te dice que "el que quiere, puede". Mentira... no siempre se puede, y no poder también es parte de estar vivos.
Hoy, con la clasificación en el bolsillo pero con el cuerpo todavía temblando por el esfuerzo, esa advertencia cobra una vigencia brutal... porque el desahogo de ayer se sintió casi como volver de la muerte.
El fútbol en este rincón de Entre Ríos se vive con los dientes apretados, con la mística del que sabe que nada le va a resultar fácil en la vida. No se trata solo de la alegría de clasificar; se trata del viaje emocional de sostener la ilusión colectiva cuando todo parece perdido y de cómo esa mística se nos mete directo en el cuerpo.
Hoy es 12 de julio y la coincidencia de la fecha golpea con una sincronicidad hermosa e inevitable. Se conmemora el natalicio de René Favaloro, el hombre que nos enseñó a mirar el pecho no solo como un mapa de arterias y venas, sino como el territorio donde se libra la verdadera batalla de nuestra subjetividad.
Favaloro solía decir que la prevención en salud no es solo una cuestión de pastillas, sino de calidad de vida y de lazos sociales fuertes. Él sabía que el corazón sufre por los desarraigos, por las crisis cotidianas y por esa intolerable costumbre argentina de vivir constantemente al borde del colapso emocional...
¿En qué momento permitimos que nuestras emociones biológicas quedaran tan expuestas a las inclemencias de un resultado deportivo? Es una locura hermosa, sin dudas, pero también una factura cara que le pasamos al cuerpo sin pedirle permiso.
Freud, en sus tardes de tertulia en Viena, afirmaba que el ser humano se enferma cuando no puede amar ni trabajar. Yo me animaría a agregarle, desde mi consultorio, que también enfermamos cuando perdemos la capacidad de jugar por el juego mismo, cuando el disfrute se vuelve un mandato de vida o muerte.
Esta lógica de la autoexigencia y el "sufrir para gozar" es especialmente injusta con quienes la sociedad de consumo decide correr del centro de la cancha. Lo veo a diario en mi laburo con las personas mayores, hombres y mujeres que acumulan décadas de partidos encima y que ayer gritaron el último gol de la clasificación como pibes de veinte.
Para una persona mayor, ver a la Selección no es un simple entretenimiento pasivo en la televisión; es reactivar la memoria emotiva de toda una vida, es el abrazo con el nieto que la tecnología a veces aleja, es volver a sentirse parte del latido de un pueblo entero.
Por eso me rebelo cuando los tratan como simples objetos de cuidado, como si su único derecho fuera recibir la pastilla a tiempo. El "Envejecimiento Activo" que defendemos en el territorio no es un eslogan; es la conquista diaria de la autonomía, de la pasión y de la rebeldía de seguir sintiendo fuerte...
El viejo es un sujeto de derecho, autónomo y deseante, capaz de bancarse un partido no apto para cardíacos con la sabiduría que solo dan las batallas ganadas y perdidas en el lomo. Ayer nos dieron cátedra de templanza, manejando el síncope con una dignidad envidiable mientras los más jóvenes se comían las uñas.
Tampoco es cuestión de romantizar el peligro de un infarto por un penal atajado, claro está. El desafío que tenemos por delante es aprender a transitar esta pasión bendita sin que se nos vaya la vida en cada cruce, entendiendo que el cuerpo tiene límites que la mente, obnubilada por los colores de la camiseta, prefiere ignorar.
Qué sanador sería empezar a mirarnos con un poco más de ternura colectiva, bajando los decibeles de la exigencia diaria que nos autoimponemos. La Selección nos regala la excusa perfecta para encontrarnos en la plaza Ramírez, para abrazar al desconocido y llorar de alegría, pero la verdadera competencia es la que jugamos adentro.
¿Seremos capaces de apagar un rato el marcador de las urgencias y empezar a cuidar este único corazón que nos late en el pecho, para poder seguir festejando los triunfos que la vida todavía nos tiene guardados?