De un laboratorio casero a un proyecto científico: una estudiante de 23 años creó un dispositivo para ayudar a pacientes renales
Paulina Juich tiene 23 años, vive en un pequeño pueblo de Córdoba y se moviliza en silla de ruedas. A partir de una inquietud personal, aprendió electrónica, programación y conceptos de nefrología hasta desarrollar un prototipo de bajo costo que está
En la mesa del living de su casa, entre cables de colores, una placa Arduino, sensores y una notebook siempre encendida, Paulina Juich empezó a construir algo que todavía no sabía nombrar.
Después de tres años, ese trabajo terminó dando origen al Proyecto Hugo, un dispositivo experimental de bajo costo diseñado para estimar la salinidad en muestras de sudor y orina a partir de sensores electrónicos y procesamiento de datos. Este hallazgo podría resultar una ayuda valiosa para pacientes renales.
Empezó intentándolo en su espacio cotidiano, donde no parecía posible que ocurriera nada extraordinario. Ese lugar se transformó durante meses en un pequeño laboratorio improvisado. Allí probaba, se equivocaba, desarmaba y volvía a empezar. Cada intento era parte de una búsqueda que todavía no tenía forma definida.
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La escena se repitió una y otra vez: cables conectados, mediciones inestables, ajustes de código, nuevas pruebas. En ese proceso, lo que parecía un experimento aislado empezó a tomar la forma de un proyecto más ambicioso.
La idea no era construir un producto terminado, sino entender si era posible acercar ciertos parámetros vinculados a la salud renal a un formato más accesible.
Pero, en realidad, todo lo que Paulina todavía no terminó empezó mucho antes.
Aprender como parte de la búsqueda
El punto de partida fue una conversación personal. Tras conocer la historia de un paciente renal, abuelo de quien era su novio, Paulina (Técnica Analista Universitaria en Sistemas y estudiante de la Licenciatura en Informática) empezó a preguntarse si existía una forma más simple de medir ciertos indicadores relacionados con esa condición.
Quise transformar una preocupación muy humana en algo útil, cuenta. Comenzó entonces un recorrido completamente autodidacta. Sin formación previa en electrónica ni en ingeniería, empezó a estudiar desde cero: tutoriales, manuales, simuladores, programación en C++, nociones básicas de sensores y conceptos de nefrología.
La búsqueda no era lineal. Cada avance abría nuevas inquietudes. Cada error obligaba a revisar lo aprendido. Y cada pequeño logro habilitaba el siguiente paso.
En paralelo, su vida atravesaba otro proceso complejo. Paulina, que se moviliza en silla de ruedas a raíz de una discapacidad motriz, debió someterse a una cirugía ortopédica de alta complejidad y atravesar una larga recuperación.
En ese contexto, el proyecto no se detuvo. Estudiar, investigar y construir el dispositivo también fue una forma de sostenerme, recuerda.
Del living de su casa a una investigación científica
El Proyecto Hugo es un prototipo que utiliza sensores para medir tres variables: conductividad eléctrica, temperatura y pH. A partir de esos datos, un algoritmo desarrollado por la propia Paulina procesa la información y estima la salinidad del líquido analizado.
La lógica es simple en su idea, pero compleja en su implementación: traducir señales eléctricas en datos interpretables que puedan aportar información sobre la composición de una muestra biológica.
El objetivo del dispositivo no es reemplazar estudios médicos ni ofrecer diagnósticos clínicos. Tampoco busca competir con equipamiento de laboratorio. Se trata de una herramienta experimental que explora la posibilidad de acercar este tipo de mediciones a formatos portátiles y de bajo costo que eventualmente podrían complementar el seguimiento de pacientes.
Así como una persona hipertensa puede medirse la presión con un tensiómetro en su casa, o una persona con diabetes puede medirse la glucosa, este prototipo busca explorar la posibilidad de medir de forma simple la salinidad de una muestra para observar variaciones en la concentración de sales, detalla Paulina. Este control le sirve al paciente para detectar tempranamente un posible desequilibrio que requiera consultar al nefrólogo.
Por ahora, el prototipo no se comercializa. Se encuentra en etapa de ajuste, mejora y validación en la universidad Siglo 21 donde Paulina estudia. Investigadores de esa casa de estudios la acompañan en el desarrollo desde distintas disciplinas.
Ocupa el mismo espacio que una caja de zapatos. Se puede seguir reduciendo su tamaño en futuras versiones para facilitar su transporte. En cuanto a costo, la idea es que sea significativamente menor que el de muchas otras soluciones existentes, sin resignar calidad en el proceso de investigación y validación, se entusiasma Paulina.
Además de registrar la autoría intelectual del desarrollo ante la Dirección Nacional del Derecho de Autor (DNDA), la inventora tomó una decisión poco habitual: publicó en acceso abierto el código fuente y la documentación técnica en GitHub.
La idea es que el conocimiento quede disponible para que estudiantes, docentes o investigadores puedan replicarlo, adaptarlo o mejorarlo.
Ese enfoque lo vincula con lo que se conoce como ciencia ciudadana, es decir, iniciativas en las que personas que están fuera de los ámbitos tradicionales de investigación generan conocimiento a partir de problemas concretos y lo comparten de manera abierta.
Humanizar la tecnología
Para la rectora de la Universidad Siglo 21, María Laura Rosso, el Proyecto Hugo demuestra que la innovación puede comenzar con una pregunta personal y que el conocimiento cobra sentido cuando se pone al servicio de mejorar la vida de otras personas.
Desde la institución destacan que el caso también funciona como ejemplo pedagógico: muestra cómo una inquietud individual puede convertirse en un proceso de investigación con potencial impacto social.
El dispositivo es una solución concreta y accesible, pero para nosotros representa una de las transformaciones más valiosas de la educación porque humaniza la tecnología al ponerla al servicio del cuidado de los demás, destaca Rosso.
La rectora apuesta a que este invento inspire a más jóvenes a confiar en sus propias ideas, a investigar y a experimentar. La expectativa es que despierte en los alumnos la posibilidad de crear algo que trascienda su propia experiencia y beneficie a la comunidad.
El doctor Sergio Conde, director del equipo de investigación que acompaña esta etapa, coincide en ese enfoque. Señala que el desarrollo no nació de la lógica de un laboratorio corporativo, sino de la empatía.
En un contexto global donde la tecnología médica suele estar ligada a costos restrictivos y patentes cerradas, este proyecto es una bocanada de aire fresco y un ejemplo de innovación con propósito. Es un medidor no invasivo con un potencial enorme para el seguimiento de patologías críticas como la fibrosis quística, los desequilibrios metabólicos o el monitoreo de pacientes renales. Es apto para entornos clínicos rurales, escuelas técnicas, instituciones con recursos limitados y el autocuidado de pacientes en sus hogares, elogia Conde.
El proyecto atraviesa ahora una fase clave: la validación científica. Esto implica contrastar los resultados del dispositivo con estándares médicos y ajustar sus modelos de medición para evaluar su precisión y posibles aplicaciones futuras.
El Proyecto Hugo todavía no cambió la vida de miles de personas. Todavía.
Pero ya logró algo extraordinario: que una joven de 23 años, desde la curiosidad, decidiera no abandonar una pregunta, aprender lo que no sabía, construir lo que no existía y transformar una inquietud personal en un proceso de investigación que puede hacer más fácil la vida de miles de pacientes.