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El Heraldo 11/07/2026 15:32 2 min de lectura

Cruzo el mar de la locura y vuelve a tu lugar. Hermano perro - Almendra

AMANECER DE LOS BOULEVARES

Cruzo el mar de la locura y vuelve a tu lugar. Hermano perro - Almendra
Foto: El Heraldo

- Hola Chato ¿cómo estás? -

- ¡Bien! Pasá vasco, Sentate, arrimá un banco-.

Mirá lo que es este parral... la luz que deja pasar arriba de las tejas. Esas tienen encima

más inviernos de los que te podés acordar, pero acá nos cuidan. Y te digo vasco, para mí,

el barrio no es un dibujo en un plano ni una dirección que anotas en un papel. El barrio es

un latido, ¿entendés? Es el calorcito que te salva cuando el mundo se pone frío de

intemperie de afuera.

Creo tener el compromiso de rescatar del olvido esas cosas que el tiempo, medio

testarudo, siempre intenta callar.

Fíjate cómo es la cosa: a la mañana, el barrio como que junta aire, abre el pecho y larga a

su gente para el centro. Van a laburar, a ponerle el cuerpo al asfalto. Es una danza de

todos los días, un engranaje necesario. Y te digo una verdad grande como una casa: esa

maquinaria del centro, sin el aliento de nuestras orillas, no sabría ni cómo arrancar.

Cuando el sol empieza a asomar y raspa el horizonte, la vieja Concordia se va

desperezando en esta cuna que arman sus cuatro bulevares.

Para nosotros, los bulevares no son un cartel de tránsito; son el cinturón que abraza el

alma del casco viejo. Tenés el San Lorenzo allá al norte; el Chacabuco al sur, amigo del

río; y el viejo boulevard Yuquerí, que ahora le llaman Humberto Primo, que es justo donde

el empedrado se cansa y le entrega el terreno a la gramilla del campo.

¿Y viste qué cosa curiosa tiene nuestra ciudad? Hay pueblos que se ordenan paralelos a la

costa, bien cómodos. La nuestra no. Concordia nació apurada, con una urgencia vertical.

Las calles cortan derecho y van a morir al río, bajando con fuerza hacia el embarcadero

del puerto, como si llevaran en la sangre la prisa de fundar algo grande.

Si miras para arriba, las torres de las iglesias, San Antonio, Pompeya, el Sagrado Corazón,

los Capuchinos, están ahí apostadas. Son faros de piedra que miran desde lo alto cómo

se despierta el laburo de nuestra gente. Un laburo que siempre tuvo su color, sus

anécdotas, pero que se hace con el lomo curtido, sin quejarse.

Acá, en este rincón del mapa, somos nuestra propia historia. También la cercanía, el

silencio y el aprendizaje en la resistencia. Vasco tomate otro mate, que todavía queda

historia.

Jorge Totón Sequeira

El Heraldo Esta nota se publicó originalmente en el medio.
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