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Provinciales
Clarin 11/07/2026 10:19 3 min de lectura

Recuerdos de Japón: ¿un buda? ¿una geisha? Nada que ver

El hombrecito de Kamakura y lo primero que vuelve en el mapa de la memoria. ¿Qué sobrevive cuando regresamos de un viaje?

Recuerdos de Japón: ¿un buda? ¿una geisha? Nada que ver
Foto: Clarin

La pregunta se volvió frecuente desde que Tokio acortó la distancia con Buenos Aires. Es cierto, nos siguen separando más de 18.000 kilómetros, pero con el yen devaluado y el dólar planchado nunca había parecido tan cerca. Cada vez son más los argentinos que se animan a la travesía. Y con ellos vuelve también una pregunta:

- ¿Qué fue lo que más te gustó de Japón?

Una cree que la respuesta va a salir enseguida. Pero hay que remontar el río de la memoria para descubrir qué quedó flotando en la superficie después de tantos años. Y ahí aparece una sorpresa.

No son los templos. Ni las geishas. Tampoco el vértigo de Tokio ni la solemnidad del Gran Buda de Kamakura. Lo primero que vuelve es un hombrecito. Lo veo todavía apurando el paso por una calle cercana al templo Kotoku-in. De golpe retrocede unos metros. Se le había caído un bollito de papel. Lo levanta enseguida. Lo guarda en el bolsillo. Y antes de seguir camino hace una leve reverencia. No era para el Buda. Era para mí.

Yo venía unos pasos detrás y había sido la única testigo de su pecado: haber dejado caer un papel en uno de los países más limpios del planeta. No dijo una palabra. Sólo juntó las manos delante del pecho e inclinó la cabeza con una mezcla de pudor y disculpa. Duró unos segundos pero aún lo recuerdo.

Qué extraño funciona la memoria. Uno cree que viaja para conocer monumentos. Después pasan los años y descubre que lo que sigue intacto son los gestos.

Me pasó también en Segovia. Había caminado hasta el monasterio de clausura de San Antonio el Real, un rincón escondido que suele quedar fuera del recorrido de quienes llegan para ver el acueducto romano, la catedral o el Alcázar. Golpeé la puerta casi por curiosidad. Me abrió una mujer de ochenta y tantos años, doblada como un garabato.

- ¿Cómo llegaste hasta aquí? - me preguntó con un asombro que todavía escucho.

No entendía ella qué hacía yo en aquel convento. Después levantó la vista hacia los artesonados mudéjares como si fuera la primera vez que lo veía. Empezó a hablar del gótico, de los Reyes Católicos, de la España anterior a Colón. La historia desfilaba por sus palabras como si ella misma hubiera estado allí. Lo que quedó de aquella tarde no fue la arquitectura. Fue ese pedacito de mujer, porque hay sonrisas que envejecen mucho más despacio que las personas.

Y pienso también en un peregrino que conocí saliendo de Melide, en el Camino de Santiago. Arrastraba una pierna lesionada. Todavía faltaban 50 km de piedra y camino hasta Compostela.

- De rodillas, aunque sea de rodillas voy a llegar.

Lo dijo sin dramatismo, como quien solo informa un dato. Le ofrecí mis bastones. Y seguimos caminando juntos.

Cada viaje deja una postal distinta. Y cuando los años empiezan a hacer su trabajo las fotos se destiñen. Los castillos se confunden. Los museos cambian de lugar en la memoria. Hasta los nombres terminan escapándose. Por eso nunca sé qué contestar cuando me preguntan qué me gustó más de Japón. O de España. O de cualquier otro rincón del mapa.

Los mapas están hechos de ciudades.

La memoria, de personas.

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