El escándalo de la Crotoxina, la droga argentina derivada del veneno de serpiente que supuestamente curaba el cáncer y desató una ola de sugestión colectiva
Hace 40 años, médicos argentinos liderados por el Dr. Juan Carlos Vidal aseguraran haber encontrado la cura a la enfermedad con la droga que provenía del veneno de la serpiente de cascabel.
Principios de julio de 1986. En el país no parece haber otro tema que Maradona y el nuevo título del mundo de Argentina. La hazaña del equipo de Bilardo en tierras mexicanas monopolizó las informaciones. Todo pareció quedar suspendido, opacado por la consagración. Sourrouille, el Plan Austral, los militares que aumentaban su presión al poder una vez más, Alfonsín, Ubaldini, cada cuestión o personaje quedó en segundo plano.
Hasta que de pronto llegó otra noticia que logró sacar a Diego de las tapas de revistas. Unos médicos argentinos habían descubierto la cura contra el cáncer. La Crotoxina y el Dr. Juan Carlos Vidal se convirtieron en los grandes protagonistas de los siguientes dos meses.
Fueron semanas de confusión, escándalos, esperanza, acusaciones cruzadas, protestas amargas, sensacionalismo y gran tensión. Después, el tema se fue apagando hasta que lo cubrió un manto de olvido, incomprensión y hasta de vergüenza.
Tres médicos llevaban adelante una investigación con pacientes oncológicos en el Instituto de Neurobiología bajo un convenio del CONICET. Eran Guillermo Hernández Plata, Luis Costa y Carlos Coni Molina. El líder del proyecto era el Dr. Juan Carlos Vidal, un investigador con cierto prestigio y experiencia, que para esa altura de 1986 vivía y trabajaba en Estados Unidos.
Decían haber descubierto una droga que parecía provocar una revolución en todo lo conocido respecto a los tratamientos oncológicos. Tanto que a veces sus efectos se parecían a un milagro: reducían masas tumorales que hasta ese momento parecían invencibles.
Se llamaba Crotoxina y provenía del veneno de la serpiente de cascabel. Los doctores decían que la habían probado en 83 pacientes y que los resultados habían sido contundentes.
La estrategia mediática detrás del fenómeno
El caso salió a la luz en julio del 86 debido a que el Instituto de Neurobiología y el CONICET prohibieron a los doctores seguir suministrando crotoxina a los pacientes porque la experimentación no cumplía con los requisitos científicos mínimos.
Para saltear esta prohibición y el infierno administrativo que significaría darla vuelta, los doctores eligieron la vía mediática. Hasta ese momento eran muy pocos los que sabían del tema.
Martha Gavensky, una mujer que había estado exiliada en Francia durante la Dictadura, es una pieza clave en esta historia. Escritora, artista plástica, periodista y personaje oscuro con varias conexiones tanto en Francia como en el país. Ella era una de las 83 personas que recibía el tratamiento experimental de Crotoxina.
Cuando el Instituto de Neurociencias Biológicas y el Conicet decidieron cortar el suministro del compuesto por deficiencias graves en la metodología, ella fue la que diseñó la estrategia mediática para revertir la decisión. Convenció a los tres médicos de armar una conferencia de prensa el 8 de julio de 1986.
El concepto general que debían transmitir era denunciar que ellos habían encontrado la cura contra el cáncer y que el gobierno, por presión de las grandes laboratorios, malignas multinacionales, impedía que se conociera el descubrimiento y que continuara el desarrollo.
Lo que eso provocaba, según esta narrativa, era evidente: se impedía salvar miles, acaso millones, de vidas.
Con el tiempo se supo que Gavensky se resistía a recibir tratamiento de quimioterapia por considerarlo muy agresivo y que centró sus expectativas en la crotoxina (un oncólogo que luego defendería el uso de la crotoxina sostuvo que por esa época la enfermedad de ella estaba en una fase inicial y que con los tratamientos convencionales de ese tiempo hubiera tenido muchas posibilidades de curarse).
Gavensky lograba filtrar sus columnas sobre el tema tanto en la revista Crisis -la renacida revista cultural de izquierdas- o en El Informador Público, medio de derecha y con información (y operaciones) atribuidas a los servicios.
La televisión que convirtió a la Crotoxina en un fenómeno nacional
En el inicio, el plan de difusión pareció fracasar. Gavensky se encargó de utilizar sus contactos en redacciones de diarios y noticieros televisivos para la conferencia de prensa. Pero no bastó: la convocatoria fue un fracaso rotundo. No fue casi nadie. Sólo un medio: el diario Tiempo Argentino, un matutino que había nacido con la fuerza del nuevo aire democrático y que por ese entonces ya se desinflaba irremediablemente.
El periodista que acudió cumplió con su promesa de difusión y al día siguiente, en la edición del 9 de julio, Tiempo publicó una nota en la que se transcribían las declaraciones de los tres médicos. El editor le puso un título esperanzador pero nada bombástico Descubren en el país una nueva droga contra el cáncer.
Esa mañana de feriado una reunión de producción en ATC cambiaría esta historia. Con los diarios sobre la mesa, Raúl Becerra era uno de los que armaba el programa del día de La Noticia Rebelde, programa cómico-periodístico, que provocó una revolución en la manera de comunicar por esos años. Raúl Becerra, Adolfo Castello, Jorge Guinzburg y Carlos Abrevaya, junto a la irrupción de Nicolás Repetto, eran quienes estaban al frente del programa y habían logrado desacartonar la televisión local.
Hacían una entrevista por día, por lo general a una celebridad y comandada por Guinzburg y Abrevaya, en la que el primero abría con una pregunta incómoda e incorrecta para romper el hielo, decía.
Para esa jornada el entrevistado se había bajado (nadie quería ir el feriado porque había menos audiencia) y Becerra, al ver la noticia en Tiempo Argentino, le pidió a la productora que le consiguiera para la tarde a esos tres doctores que decían haber descubierto la cura del cáncer.
La entrevista fue correcta, no hubo ripios ni momentos incómodos. Ninguno de los que ese atardecer estaba en el estudio mientras se desarrollaba la entrevista pudo suponer lo que ocurriría minutos después.
Los teléfonos del canal se saturaron de llamados. Miles de personas querían más información. De pronto, la puerta de ATC por Figueroa Alcorta se fue poblando de gente que quería ver a los doctores o al menos obtener información sobre la dirección de sus consultorios.
Muchos miembros de la producción de La Noticia Rebelde debieron quedarse en el canal hasta bien entrada la madrugada respondiendo a los requerimientos del público. Había comenzado el fenómeno de la crotoxina.
La esperanza de miles de pacientes y la presión sobre el Gobierno
Los grandes medios nacionales se tomaron el día siguiente para averiguar sobre la cuestión. La noche del 10 de julio los noticieros televisivos tuvieron como tema central a la Crotoxina. Los diarios lo pusieron en tapa el 11 de julio. Y ya no saldría de allí durante al menos un par de meses.
El martes 15 de mayo por la tarde la Plaza Mayo se colmó con miles de personas. Pacientes oncológicos y sus familiares pedían que se liberara la entrega del compuesto que les salvaría la vida según lo que sostenían algunos de los investigadores y buena parte de los medios. Crotoxina, la droga es argentina. Crotoxina, la droga es argentina, cantaban hasta quedarse sin voz.
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Una buena estrategia -posiblemente diseñada por Gavensky- fue la de jugar la carta del nacionalismo. Si un par de semanas antes la Plaza se vio desbordada por los que vivaban a Diego y a los campeones en México, ahora teníamos otro título del mundo en las manos: la cura del cáncer.
Estos tres médicos son patriotas. Y lo que el resto quiere impedir es que patentan la droga en el país ¡Para que se lleve el descubrimiento una multinacional!, decía ante un micrófono uno de los que protestaba. Con un plus adicional, la serpiente de cascabel era un animal sudamericano. Otro motivo de orgullo chauvinista.
Vidal, el científico en el centro de la tormenta
¿Qué pasaba mientras tanto con el Dr. Vidal? Cuando estalló el tema, él se encontraba en Estados Unidos. Las llamadas a su laboratorio eran respondidas con un lacónico: No tengo tiempo de responder sus preguntas. Pero la presión fue tan grande y su fama tan creciente (tapa de Gente y La Semana -las dos revistas de actualidad más vendidas- dos números consecutivos, por ejemplo) que viajó a Buenos Aires.
Algunos periodistas sostienen que ante el acoso de los cronistas, sus primeras declaraciones fueron: Yo nunca dije que la crotoxina curara. Luego él desmintió haber dicho eso. Hablaba con un lenguaje algo solemne y encriptado, con mucha terminología científica. Se presentó ante las autoridades del CONICET y del Ministerio de Salud. Daba entrevistas y recibía a los familiares de los pacientes.
Hasta que de pronto, antes de que la Comisión de expertos se expidiera y cuando la presión mediática era casi insoportable, el Dr. Juan Carlos Vidal regresó sin avisarle a casi nadie a Estados Unidos.
A principios de los ochenta, Vidal trabajaba en el CONICET, más específicamente en el Instituto de Neurobiología dirigido por Juan Tramezzani. Integraba un equipo que hacía investigaciones sobre venenos ofídicos y sus posibles usos terapéuticos.
El director del programa murió y en el 81, Juan Carlos Vidal quedó a cargo del equipo. Los experimentos avanzaron y se dice que el primer paciente en el que aplicó el veneno de la serpiente de cascabel fue en su padre que padecía un cáncer de pulmón avanzado. Es probable que se haya tratado de un acto desesperado, de amor. Luego siguió utilizándolo en otros pacientes y dándoles esperanzas.
Las regulaciones sobre testeos de nuevas drogas están reguladas con claridad desde la posguerra. Los Protocolos de Nuremberg y la Declaración de Helsinki establecían los pasos a seguir y los requisitos previos a las pruebas en humanos. Un dato no menor: en esos años se calculaba que desarrollar un medicamento requería como mínimo varios millones de dólares.
En el momento de mayor auge y presencia del tema en la conversación pública del tema había tres niveles de acción que ocurrían en simultáneo, a veces entrecruzándose pero no siempre. Por un lado, la presencia del tema en los medios y en la conversación pública. Por el otro, los mecanismos que se activaron de control de los procedimientos previos y de la fiabilidad de la droga: una cuestión de rigor científico.
En el medio de esas dos dimensiones, las implicancias políticas y sociales: la necesidad del gobierno de dar una respuesta a los pedidos desesperados de los enfermos y de poner claridad sobre qué era cierto y qué falso en la historia.
En este caso no bastaba con determinar que no se habían cumplido algunos trámites previos o que había algún tipo de deficiencia formal en las presentaciones de los doctores que se atribuían la creación de esta droga revolucionaria: había que probar si servía o no para eliminar el cáncer.
Era la única manera de frenar los rumores, la tensión, la ola de demandas populares. Había una multitud que estaba convencida que la Crotoxina los iba a salvar. Una ola de sugestión pública casi sin antecedentes.
Ante la parálisis de las pruebas de Vidal y sus discípulos y las exigencias de otros pacientes oncológicos y la primera postura oficial que fue la de respetar los tiempos científicos antes de expedirse, lo que vino después fue previsible.
Llovieron en Tribunales los recursos de amparos para que los pacientes oncológicos recibieran las dosis de esa droga presuntamente milagrosa. Algo que hubiera hecho cualquiera en su lugar. El derecho vulnerado en el que fundaban la presentación era el derecho a la vida.
La comisión que puso fin al mito de la Crotoxina
La Justicia se enfrentaba a un problema de difícil solución no desde el punto de vista jurídico y científico, sino desde lo social y lo mediático. Resolvió de manera salomónica teniendo en cuenta las implicancias de la cuestión.
Decidió que los que se encontraban dentro del supuesto protocolo de Vidal y los tres médicos, los que ya recibían crotoxina siguieran con las dosis, mientras se continuaban los estudios y se expedían los especialistas.
Conrado Storani, el ministro de Salud de Alfonsín, se mostró de acuerdo con la medida y aclaró: La decisión es política y humanitaria pero no científica.
En medio de la polémica y el griterío mediático y popular, el gobierno radical sacó una carta que le había funcionado un par de años antes: la comisión de notables. Convocó a 12 de los oncólogos más prestigiosos del país para que estudiaran el tema y se expidieran en un plazo de 180 días.
Ese plazo era también el que originalmente se le había fijado a la CONADEP (Comisión Nacional para la Desaparición de Personas), aunque debido al volumen y la complejidad de las tareas el grupo comandado por Sábato consiguió 90 días más de prórrogas.
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A su vencimiento entregó el impecable informe conocido como el Nunca Más. Aunque no se llamó de esa manera, la gente entendió que se había conformado una CONADEP del cáncer.
Los defensores de la crotoxina y los que veían en ella su última posibilidad o la de un ser querido pusieron sobre la mesa argumentos sonoros, que generaban discusión, pero que encajaban más dentro de las teorías conspirativas que en la verdad de los hechos.
Se hablaba de que el CONICET quería que el 50% de los ingresos por el patentamiento de la nueva droga quedara en sus arcas -lo que correspondía por estatuto-, de una mafia de oncólogos preocupados porque se habían vaciado sus consultorios, de intrigas internacionales y demás teorías sin el menor sustento.
Las investigaciones de la comisión de notables, de miembros del CONICET y del Ministerio de Salud determinaron muy rápidamente que ni Vidal ni los tres médicos habían seguido los protocolos para la experimentación de nuevos fármacos. Presentaron una monografía firmada por Vidal y los otros tres doctores que luego se descubrió que buena parte había sido plagiado de otro trabajo.
Además se probó que las imágenes que se presentaron con las pruebas de las supuestas reducciones de los tumores en los pacientes que recibían crotoxina habían sido sacadas de un libro publicado años atrás en Estados Unidos.
Esas fueron algunas de las inconsistencias e irregularidades que, de todas maneras, no lograron convencer a un buen porcentaje de la población. De los tres médicos sólo Coni Molina era oncólogo (y era respetado por sus colegas pese a su juventud).
El final del sueño de la Crotoxina
Mucho antes del final del plazo, apenas transcurridos 68 días, la comisión de especialistas dio su veredicto. El comunicado lo emitió el Ministerio del Interior y llevó la firma de los 12 oncólogos, aunque luego uno de ellos, el doctor Tagle, dijo que él no estaba de acuerdo con lo afirmado en el documento final.
La conclusión fue contundente: no había evidencia científica alguna de que la crotoxina curara el cáncer o mejorara el estado de los pacientes.
No se había probado ninguno de sus supuestos efectos terapéuticos como tampoco se había eliminado fehacientemente la posibilidad de que el veneno tuviera toxicidad que se convirtiera en peligrosa para los pacientes.
La comisión de oncólogos designada por el gobierno de Alfonsín afirmó que no hubo ninguna respuesta antitumoral atribuible a la crotoxina.
También afirmaban lo que a esa altura todos los que habían prestado atención sabían: no se habían seguido los protocolos mínimos que requiere la investigación científica y mucho menos los de las pruebas de nuevas drogas terapéuticas en humanos.
La investigación no había sido realizada con rigor, que no había habido experimentación con animales y que los resultados presentados habían sido falseados.
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Como consecuencia del informe, el gobierno prohibió la crotoxina. La reacción popular fue de furia e incomprensión. Las presentaciones ante la justicia se seguían acumulando.
Pasadas las semanas, y con la producción de nueva información, los jueces fueron rechazando los amparos y las distintas acciones.
El caso terminó llegando -meses después- a la Corte Suprema que fue contundente en su fallo: La administración de esas sustancias al ser humano debe ser precedida por una metodología de evaluación rigurosa, objetiva y segura, que la farmacología clínica brinda al paso que garantiza, una vez cumplidas sus distintas fases de investigación, tales sustancias posean la actividad que se les atribuya, y seguridad a los sujetos en los que se ensayan. Y aquí eso no sucedió.
La crotoxina fue desapareciendo de los medios y de la conversación pública, casi sin que nadie se diera cuenta. Un tema que había obsesionado a los argentinos de pronto se había difuminado.
Como si nadie quisiera recordar lo que había pasado, esa ola de locura que envolvió a la sociedad argentina durante un par de meses, cuarenta años atrás.
Durante el gobierno de Menem, el tema volvió a salir y el Dr. Raúl Mattera se comprometió a continuar las investigaciones pero quedó en la nada.
La ciencia siguió estudiando la crotoxina, al igual que otros venenos ofídicos, y demostró algunos beneficios terapéuticos pero no que lograran curar el cáncer.